Martes, 17 de enero de 2017

| 2001/06/11 00:00

Tesoro en el desierto

Los arqueólogos han desenterrado la ciudad más antigua de América, demostrando con ello que la civilización comenzó en nuestro continente unos 1.500 años antes de lo que se creía.

Tesoro en el desierto

Caminaron poco menos de un kilómetro, deteniéndose de cuando en cuando para llenar sus canastos con cerca de 35 kilos de piedras recogidas en el lecho del río y en las lomas cercanas. Al retornar a la terraza localizada unos 24 metros por encima del nivel del río los trabajadores lanzaron las rocas, con todo y canastos, dentro de los muros de contención construidos en piedra tallada que formaban la base rectangular de una pirámide que finalmente alcanzaría poco menos de 20 metros de altura. Luego regresaron por más material. Nada de esto sería particularmente notable a no ser por el lugar y el tiempo en que estaba ocurriendo. El sitio, denominado Caral, no se encuentra en Egipto sino a 180 kilómetros al norte de Lima, Perú, y a 18 kilómetros de la costa Pacífica, en las estribaciones de los Andes. La semana pasada un grupo de arqueólogos anunció que el complejo urbano de Caral data del año 2627 antes de la era cristiana, la misma época en que los esclavos egipcios estaban construyendo las grandes pirámides y 1.500 años antes del momento en que los científicos creían que las culturas urbanas habían aparecido en el nuevo mundo. “Este es el asentamiento humano complejo más antiguo hallado en América”, dice la arqueóloga Ruth Shady Solís, de la Universidad Mayor de San Marcos, en Lima, quien lideró las excavaciones. Por consiguiente Caral podría ser “la cuna de la civilización americana”, según indica la arqueóloga Winifred Creamer, de Northern Illinois University, miembro del equipo arqueológico. Caral consiste en un grupo de colinas desérticas cubiertas de arena tostada por el sol que rodean una serie de montículos de tierra que no son particularmente notables. Sin embargo cada uno de los montículos esconde una compleja estructura piramidal construida hace más de 4.000 años. Aunque desde 1905 los arqueólogos sabían que algo había existido en Caral el sitio no suscitó tanto interés como otros que contenían objetos de oro. No obstante, cuando Shady se interesó en Caral en 1994, encontró que había allí algo aún mejor que el oro, como ella y sus colaboradores lo informan en la revista Science. Seis pirámides se hallan en el corazón de la ciudad, junto con dos plazas hundidas, ocho barrios residenciales y numerosas ‘plataformas’ que se extienden más allá del perímetro de la conurbación. Sobre los costados de la pirámide mayor, construida en gradas y que tiene una altura equivalente a la octava parte de la altura de la pirámide egipcia de Khufu (Keops), hay escaleras que conducen a una cúspide plana sobre la cual se encuentran una serie de cuartos y un pozo para fuego que probablemente se utilizaban en rituales religiosos. Las otras cinco pirámides pueden haber sido el equivalente de los templos de adoración de una ciudad moderna o de sus clubes de reunión. “La gente de Caral estaba comenzando a formar clases sociales y cada estrato social puede haber contado con su correspondiente pirámide”, dice Rocío Aramburu, quien estaba dirigiendo las excavaciones la semana pasada. Dentro de los cimientos de una de dichas pirámides los arqueólogos hallaron los restos de un niño de 18 meses de edad, que quizá fue sacrificado de acuerdo con la práctica de muchos pueblos preincaicos de sacrificar varoncitos de esa edad para ofrecerlos a los dioses. Cada una de las seis pirámides se erguía en medio de un conjunto de casas de habitación rigurosamente organizado según un plano preconcebido y que se constituía de acuerdo con el patrón de las primeras comunidades planificadas. Pirámides más pequeñas, cada una con una escalinata que conducía a cuartos de habitación dotados de una espectacular vista, constituían probablemente las residencias de la élite de Caral. Un grupo de casas de adobe conformaba posiblemente un barrio de clase media de “artesanos, gentes que hilaban el algodón, tejían telas, fabricaban herramientas, manejaban la irrigación o trabajaban directamente al servicio de los sacerdotes y los gobernantes”, dice Creamer. Una de las estructuras más sorprendentes de Caral es el Templo del Anfiteatro, una de las dos plazas circulares cavadas en el suelo, en las cuales probablemente se reunían los habitantes de la urbe para participar en las ceremonias religiosas. El templo también cuenta con un atrio elevado que los arqueólogos piensan era un espacio reservado para ceremonias en grupos de cerca de 20 personas. “La mayoría de las estructuras son ceremoniales, dice Aramburu. Si construían algo, lo hacían con propósitos religiosos. Por ejemplo, no hemos encontrado edificios grandes para el almacenamiento de alimentos”. Sin embargo hallaron rastros de los sistemas de irrigación que hicieron de Caral una de las primeras civilizaciones americanas que se liberaron de los caprichos de los dioses de la lluvia. Los canales de riego alimentaron vastas plantaciones de algodón que le procuraron el sustento a más de 3.000 personas. Este fue indudablemente el medio que hizo la prosperidad de Caral en desafío a las hipótesis de los antropólogos que creían que las grandes civilizaciones del Perú habían nacido cerca del mar porque se basaban en una economía marítima. Caral y los otros 17 centros urbanos del valle del río Supe probablemente dieron lugar al imperio de los incas, que gobernaban los Andes en el momento de la llegada de los europeos 4.000 años después. Las excavaciones continúan, y con ellas los arqueólogos procuran comprender “qué era lo que pensaban estas gentes, qué sentían, qué conocimientos adquirieron”, según comenta Aramburu. “La excavación arqueológica es una actividad equivalente a la lectura del pensamiento”, de esa mente que —ahora lo saben los científicos— comenzó a crear una cultura urbana en América poco tiempo después de que las grandes ciudades de Mesopotamia y más de 1.000 años antes de lo que hasta ahora nos decían los libros de texto.

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