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| 9/8/2012 12:00:00 AM

Todos en la cama

Nuevos estudios demuestran que dormir con los hijos pequeños en la misma cama no es tan malo como se ha pensado. Por el contrario, tendría ventajas. Sin embargo, hay pediatras que sostienen lo contrario.

Ningún papá quiere aceptar que duerme con su hijo, y cuando el tema surge en una conversación todos lo niegan a capa y espada. Esto se debe a que en el mundo occidental esta práctica es mal vista porque supone un riesgo de desarrollar problemas emocionales, como la falta de independencia y la baja autoestima.

James J. Mckenna, antropólogo y director del Mother and Baby Behavioral Sleep Laboratory, de la Universidad de Notre Dame, señala que muchos padres no han salido del clóset en esta cuestión por miedo a que familiares, amigos y pediatras frunzan el ceño en señal de desaprobación. Para disimular la cosa, algunos solo dicen dónde se acuestan los niños pero no dónde se despiertan. Como les sucede a Pablo y María. “Yo le leo cuentos a Sofía en su cuarto hasta que se queda dormida –dice ella–. Pero a la madrugada casi siempre se pasa a nuestra cama”. De ahí en adelante ninguno logra conciliar el sueño.

Y es que de estos padres que duermen con sus hijos, un porcentaje desearía que las cosas fueran diferentes. La mayoría ha llegado a esta situación por accidente. Básicamente se rinden muy pronto ante la difícil tarea de enseñarle a un niño a dormir en su propia cama. Cuando los oyen llorar de noche lo más fácil para estos agotados papás, que probablemente madrugan a trabajar al otro día, es hacerles campo en su cama y así calmarlos. Lo que muchos ignoran es que una vez el pequeño pasa allí una noche, lo más seguro es que lo haga muchas más, y por años.

Pero hay buenas noticias para ellos. Una investigación hecha por Nils Bergman de la Universidad de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, señala que esta práctica ayuda a un mejor desarrollo del cerebro durante los tres primeros años de vida de los bebés. El experto encontró que los recién nacidos que pasan la noche al lado de sus madres se desarrollan mejor físicamente porque duermen de manera plácida. Por el contrario, los que duermen en cunas, así sea en el mismo cuarto de los papás, se despiertan muchas más veces y presentan altos niveles de cortisol, la hormona del estrés. Lo anterior podría hacer que en el futuro estos bebés estresados tengan dificultades para establecer relaciones con otros.

Algo similar había encontrado ya en sus investigaciones Michel Commons, psiquiatra de la Universidad de Harvard. Según sus estudios, la proximidad con la madre hace que el bebé regule su respiración, sueño, ritmo cardíaco y temperatura corporal. El experto enfatiza que esta práctica ayuda a prevenir la muerte en la cuna. Además, el trabajo de
Commons confirma que cuando a los bebés se les deja llorar solos experimentan altos niveles de cortisol, lo que le hace daño al cerebro en crecimiento y los predispone a los efectos del estrés.

Estas investigaciones se suman a evidencia científica que desmitifica la noción tradicional de que compartir la cama con los papás va a crear niños dependientes, ansiosos y con baja autoestima. Según el controvertido pediatra William Sears, uno de los fundadores de la tendencia conocida como crianza natural o attachment parenting, en los últimos 30 años los estudios científicos han demostrado todo lo contrario: los niños crecen a su máximo potencial físico y emocional.

A pesar de estos hallazgos, muchos pediatras no están de acuerdo y recomiendan a los padres enseñar a sus hijos hábitos de sueño desde el nacimiento. “Si se condiciona a dormir en la cama de los papás es difícil que aprenda a dormir solo más tarde. Por eso hay que fijar esas pautas desde muy temprano”, dice Marco Aurelio Venegas, neurólogo especialista en sueño.

Con él coincide la pediatra Martha Páez para quien compartir la cama no es recomendable ni saludable a ninguna edad. La excepción son los recién nacidos que requieren de una vigilancia permanente y en ese caso “se aconseja que duerman en el mismo cuarto hasta máximo los seis meses”. Agrega que los niños que pasan la noche con sus papás son inseguros y esto afecta todo su desarrollo.

La posición de la Sociedad Colombiana de Pediatría es parecida. Según Juan Fernando Gómez Ramírez, coordinador del programa de Crianza y Salud del gremio, el ‘colecho’, como se le llama a esta práctica, tiene riesgos que superan las ventajas. Y uno de ellos es que mueran sofocados como consecuencia de “aplastamiento, que puede ocurrir durante el sueño de los padres, asociado al estado de cansancio y fatiga nocturnos frecuentes durante la crianza o al hábito de fumar o de ingerir alcohol”, dice.

Aunque el contacto físico es importante, Gómez Ramírez cree que este se puede dar en horas de vigilia o mientras los papás arrullan a sus hijos. En ese momento, “los padres pueden establecer contacto piel a piel, tan necesario para un buen desarrollo así como acariciar y mecer”. Para Páez los niños necesitan espacio para dormir. Además para que aprendan buenos hábitos de sueño deben acostumbrarse a su cama y a su cuarto, y si los adultos esperan más de seis meses para hacerlo va a ser muy difícil después que salgan de la habitación conyugal.

Kathleen Dyer, experta en Familia de California State University señala que muchos estudios cuestionan el ‘colecho’ porque impide al niño tener buenos hábitos de sueño. Pero asegura que estos se basan en estudios hechos con simples reportes de padres, lo que crea un sesgo a la hora de medir los resultados. “Esto ha llevado a que se sobredimensionen los peligros que tiene para el sueño del niño compartir la cama”, dice. Dyer cree que es obvio que los padres que duermen con los niños reporten más interrupciones en el sueño de ellos porque están ahí, mientras que los que duermen aparte tienden a no darse cuenta de si se despiertan o no.

La otra preocupación es que dicho hábito tenga efectos nocivos en la relación de pareja. Los expertos señalan que esto tiende a ser problemático especialmente cuando uno de los padres no está de acuerdo con la situación. Este es un tema de discusión cuando uno de ellos termina durmiendo en el sofá, en el cuarto de huéspedes o expuesto a las patadas que el pequeño reparta a diestra y siniestra durante la noche.

Para los padres que ya han pasado por esta situación y han visto cómo sus hijos terminan siendo individuos normales a pesar de que se pasaron a su cama en las noches, todas estas observaciones de los pediatras suenan demasiado alarmistas. “Tampoco es tan terrible”, dice un papá cuyas niñas acostumbraban a hacerlo. Cristina, otra madre cuya hija hoy tiene 20 años no se arrepiente de haberle dado espacio en su cama cada vez que ella lo necesitaba. “Yo vivía angustiada por eso, como si estuviera haciéndole un mal terrible –dice–. Pero un buen día, cuando ella tenía seis años, me desperté y no estaba ahí sino en su cama. Nunca más quiso dormir con nosotros. Ese día me di cuenta de que cuando ellos están listos, toman vuelo y sin decir nada se van”.
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