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| 11/26/2011 12:00:00 AM

"Tú no eres mi mamá"

De ser las malvadas en los cuentos, en la vida real las madrastras pasaron a ser las víctimas de sus hijastros. Un libro explora el drama de muchas mujeres que crían hijos de sus parejas.

Gracias a los cuentos de hadas, miles de niños crecen con la idea de que las madrastras son intrínsecamente malas. Ese imaginario, en un momento en que la mitad de los matrimonios fracasan y las segundas nupcias están a la orden del día, perjudica gravemente dichas relaciones. Se calcula que tres cuartos de estos matrimonios que involucran hijos de previas relaciones terminan en separación o divorcio. Y lo curioso es que en la vida real, las víctimas no son los pequeños sino ellas. Casi todas las mujeres comienzan su nueva relación con la idea de desafiar el estereotipo de la bruja entrometida que no les da un respiro a los hijos de su marido. Pero ante las tensiones, los conflictos y las comparaciones, con frecuencia tiran la toalla antes de cumplir dos años de casadas.

Joanna Collie, una madre soltera de Sudáfrica que se casó con otro padre soltero, pensó que era la única que se sentía miserable al ver las constantes peleas entre su hija y la de su marido. Pero al entrevistar a cientos de mujeres que, como ella, de la noche a la mañana tuvieron que vivir con los hijos de su pareja, notó que no estaba sola.

Encontró que se requieren por lo menos tres años para que una familia mixta, aquella que no solo está conformadas por la pareja sino por los hijos de cada uno producto de relaciones anteriores, logre adaptarse a una dinámica familiar estable.

En ese recorrido, muchas caminan a ciegas porque no encuentran una guía para saber que lo que viven es normal y que todo es cuestión de tiempo y paciencia. “Todas las madrastras deberían hacer un curso”, dice. Ante la falta de un manual y con base en esos testimonios recolectados, Collie escribió el libro From Mother to Stepmother (De mamá a madrastra), en el que resalta las situaciones más comunes que sufren las mujeres en esas circunstancias.

Al principio, dice la autora, hacerse cargo de los hijos del marido parece una labor noble. El amor es ciego y el optimismo de salir adelante nubla todo raciocinio. Pero luego de la luna de miel, las inquietudes empiezan a surgir: ¿mi hijo podrá adaptarse a esta nueva familia? ¿Me respetarán los niños de mi marido? ¿Cómo manejar la rivalidad entre mis hijos y los de él? Al cabo de poco tiempo se dan cuenta de que la batalla va a ser mucho más dura de lo que anticiparon.

Muchas se quejan de la presión por el esfuerzo continuo por crear lazos de apego con los hijos del otro, pero se sienten frustradas cuando ven que ellos solo quieren estar con su padre y las segregan. Además, las vigilan con intensidad para encontrarles errores. En otras ocasiones, las critican porque no hacen las cosas que ellos esperan o porque imponen reglas de disciplina a las que ellos no están acostumbrados. Las madrastras se sienten abrumadas porque tienen que ser un árbitro en esas relaciones, o con mucha presión porque deben caminar sobre huevos para no herir susceptibilidades. Así mismo, no saben cómo actuar ante la tristeza de los hijastros, que vienen de afrontar el trauma de la ruptura de sus familias. “Unas quieren salir corriendo y otras se sienten miserables porque los hijastros las toman como bolsas de boxeo en las que explotan toda su frustración por el divorcio de los padres”, escribió la autora en The Sunday Times. Y esto sin hablar del fantasma de la ex, que en muchos casos sigue merodeando por ahí para complicar aún más las cosas.

En su caso, Joanna se encerraba a llorar en el baño, el único lugar en el que podía expresar sus emociones encontradas. Ella aportó al matrimonio una niña de 12 años (Katie) y él, una de 10 (Rowena), y esperaba que por ser casi de la misma edad se la llevaran de maravilla. Al cabo de seis meses, las niñas no cruzaban palabra y se evitaban. A pesar de los esfuerzos de Joanna para que todo saliera bien, la actitud de su hijastra era negativa. Un día le sugirió pasar la tarde jugando videojuegos, pero la niña le contestó con un irónico “no, gracias, querida”. Encima de todo, “mi propia hija me criticaba por haberme casado y convertir nuestra armoniosa vida solas en un infierno”, confiesa.

Muchos creen que tener hijos de la misma edad es una bendición porque ambos van a ser amigos. Pero en la práctica no resulta así. De hecho, la rivalidad entre hijastros del mismo sexo probó ser otra de las quejas más comunes de estas familias. Es intensa porque pelean por la atención y el afecto de los mayores. Y aunque esto es normal entre hermanos de sangre, los estudios confirman que entre hermanos medios la competencia puede ser aún mayor. La intuición aconseja a las madres interceder cuando se presentan altercados entre dos niños de la misma edad, pero Collie, basada en su experiencia, dice que esto solo ayuda a empeorar las cosas. “Cuando lo hacía, una de las dos me veía como la juez y se sentía desaprobada por mí”. Ella prefiere optar por construir confianza a largo plazo, lo cual implica escucharlas pero dejarlas resolver sus altercados.

Otra dificultad puntual muy mencionada por las madrastras de hoy es impartir disciplina. La mayoría no les hacen caso porque, como les dicen en la cara, “tú no eres mi mamá”. Para lograr mejores resultados, se recomienda establecer una política de castigos con el marido para que ambos estén de acuerdo. Una de las mujeres encuestadas por Collie reprendió a su hijastro por haber pintado con lápiz una pared de la casa, pero cuando su padre llegó, la gran sorpresa fue que él la desautorizó y consideró el hecho una falta menor porque en su antiguo hogar ellos siempre marcaban en la pared el aumento de talla del niño.

La actitud extrema de dejar a los hijastros hacer lo que quieran tampoco es recomendable y por ello aconseja establecer reglas claras. En este contexto, la consecuencia en la pareja es el deterioro de la vida sexual. Los niños quieren llamar la atención o quieren pasar tiempo a solas junto a su progenitor. “Así no es fácil tener tiempo para los dos porque la rutina diaria se centra en el ajuste de los hijos a la nueva pareja”. Collie recomienda un remedio muy sencillo: hacer ejercicio para subir las endorfinas y tomar fuerzas. Esto no solo ayudará a obtener energía para poder resistir los conflictos con los pequeños, sino también a subir la libido.

Y ante este tipo de situaciones es apenas natural que en ocasiones ellas asuman una actitud muy parecida a la de la malvada madrastra de los cuentos de hadas. “En mi investigación, todas admitieron que en algún momento actuaron de manera impulsiva e inmadura, o volverse ogros ante los niños, e incluso tener pensamientos malos”, relata.

Dejar salir a esta malvada es síntoma de que la madrastra está reaccionando y no pensando. Pero no es un momento para llenarse de culpas pues se trata de emociones genuinas producto de una situación difícil. Collie recomienda escribir las circunstancias que sacan a la bruja de su interior y analizar qué podría cambiar para que ese detonante desaparezca.

Ningún manual es perfecto y cada cual termina dando soluciones propias a sus conflictos, pero, según la autora, es importante que no se sientan solas y que busquen respaldo en otras madrastras que pueden estar viviendo una situación similar. Pero tal vez el consejo más importante es que entiendan que las familias felices que ellas tanto desean no se hacen de la noche a la mañana. La gran mayoría de las entrevistadas para el libro de Collie manifestaron que solo al cabo de siete años sus miembros pudieron mezclarse armónicamente.
 
Consejos para madrastras desesperadas
 
• Lleve un diario: escriba cómo se siente y trate de entender qué circunstancias disparan a la madrastra malvada que hay en usted.

• Baje las expectativas: no hay familias perfectas.

• Hable con su pareja: no se guarde las cosas. Hable sin tapujos sobre su manera de impartir disciplina y hagan un frente unido para manejar a los niños y a las exparejas.

• Escoja bien las peleas: sepa reservar la energía para problemas que lo ameriten. Por ejemplo, evite al máximo interacciones con la ex y concéntrese en los hijos.

• Tenga paciencia: los primeros dos años surgen dudas, depresión y ansiedad, pero todo esto es normal en este periodo de ajustes. Enfóquese en los momentos positivos, así sean pocos.
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