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| 7/21/2007 12:00:00 AM

Un ‘descreste’

Vladdo, ex editor de tecnología de SEMANA, fanático de Apple y uno de los primeros colombianos que han comprado el iPhone, cuenta cómo ha sido su experiencia con el revolucionario 'gadget'.

El primer semestre de este año ha sido tal vez el más largo de mi vida desde cuando tengo uso de razón tecnológica. Este largo período de mi existencia no comenzó con el brindis de medianoche el 31 de diciembre del año pasado, sino el primero de enero de 2007, cuando Steve Jobs, el CEO de Apple, anunció en San Francisco el lanzamiento del iPhone.

Desde ese día no hallaba el momento de tener en mis manos el aparatico, como me ha pasado con todo producto que tenga el logo de la manzanita desde 1984, cuando mi hermana y mi tía compraron nuestro primer computador: un Apple IIc.

En Bogotá, a 4.800 kilómetros de distancia, recordé la emoción que sentí -también en San Francisco- cuando vi por primera vez en persona a Steve Jobs en 1999, en el lanzamiento de los modelos del iMac en colores, los cuales presentó al son de She's like a rainbow, la pegajosa canción de mis otros ídolos: los Rolling Stones.

Sin embargo, a diferencia de hace ocho años, el pasado 10 de enero quedé algo frustrado, no sólo por no estar presente en la demostración del iPhone, sino porque el nuevo gadget sólo se empezaba a vender a finales de junio. Ahí empezó una cuenta regresiva casi infinita: es que en cuestiones de tecnología seis meses son una eternidad. Algo sólo comparable con la vida de los perros, en la que un año canino equivale a siete de los humanos.

Porque ese día empezó para mí una especie de vida de perros: el flamante celular que había comprado hacía menos de un mes y del cual me había sentido orgulloso hasta entonces, de repente me pareció obsoleto y le empecé a ver peros por todas partes: la pantalla se me hacía miserablemente pequeña, el acceso a Internet me pareció superlento y el teclado absolutamente complicado. Cada día suspiraba por un iPhone.

Inicialmente quería viajar a Miami a comprarme el 'aparatejo' apenas saliera a la venta el pasado 29 de junio, pero tuve que aguantarme las ganas porque ese mismo día era la celebración de los 25 años de esta revista; pero la cancelación de la fiesta no hizo más que aumentar mi ansiedad.

Finalmente, el siguiente domingo mi angustia se acabó. Pese a que el avión de American Airlines que me traía a Miami salió muy puntual y a que el vuelo transcurrió sin novedades, el viaje se me hizo interminable. Casualmente, junto a mí venía feliz un señor mirando Los Sopranos en una de esas agendas electrónicas que usan los del mundo PC. Yo lo miraba de reojo, sin dejar de sentir cierta lástima por él, a pesar de lo contento que se veía. "Si eso es con esa pantallita opaca, ¿cómo se sentiría este pobre con un iPhone en la mano?", me decía yo mismo malévolamente.

Al salir del aeropuerto inmediatamente me encaminé a la tienda Apple de The Falls, al sur de la ciudad. Al entrar al almacén me dirigí, billetera en mano y sin vacilaciones, al stand especialmente acondicionado para los iPhones. "Véndame uno, por favor", le dije al gordito que atendía. Y antes de que el vendedor terminara de preguntarme cuál modelo quería, le respondí: "El de ocho gigabytes", y procedí a pagar.

Es una de las veces que menos me he demorado en esa tienda. En menos de tres minutos salí disparado para el apartamento, para conectarme a mi Mac, activarlo de una y comprobar si era verdad tanta belleza. Eso sí, en el camino fui abriendo la caja con una mezcla de curiosidad y felicidad sólo comparables con las que sentí cuando desempaqué mi primer iPod, el día que salió a la venta en 2001, unas semanas después del fatídico 11 de septiembre.

Y así fue: desde cuando me senté frente al computador hasta cuando estrené el iPhone llamando a mi amigo el Mono José Fernando López no transcurrieron ni 20 minutos, la mayoría de los cuales se fueron en la sincronización de las fotos, las canciones, los contactos y las cuentas de correo. La llamada no duró mucho porque quería ver las otras funciones de este prodigioso aparato, que no sólo sirve para hacer llamadas, sino también para navegar por Internet, recibir y enviar correo, oír música, ver videos y tomar fotos.

De inmediato abrí Safari, el navegador de Internet, y con el teclado táctil -que sale automáticamente cuando se necesita- escribí la dirección de la página de Un Pasquín, que salió desplegada con una nitidez asombrosa. También visité los websites de SEMANA y El Tiempo, y todos se veían igual de bien. Al girar el iPhone, la página se ajusta automáticamente y se puede leer en formato horizontal, cosa que también ocurre con las fotos y los videos.

Con la yema de los dedos se puede ir a los links y agrandar cualquier parte de una página web para leer mejor los textos o ver las imágenes. No está de más decir que al sincronizar con el computador el iPhone, en éste quedan guardados todos los bookmarks, o páginas favoritas, de modo que no hay que matarse pasando esa información manualmente. Varios analistas de tecnología coinciden en que el iPhone tiene de lejos el mejor navegador que se puede encontrar en un teléfono celular.

Después probé el programa de correo, y el 'milagro' seguía sorprendiendo. Consulté mis mensajes de Gmail y mis otras cuentas sin ningún esfuerzo y a una velocidad casi idéntica a la de un computador convencional. También envié un par de correos para anunciarles a algunos amigos la buena nueva y de paso despertar su envidia.

Por último, con la función de iPod me puse a ver algunos videos en su pantalla de alta resolución. Me resultó inevitable acordarme de mi compañero de vuelo, y mi lástima por el aparato que él tenía se acrecentó en la misma medida en que aumentó mi admiración por Steve Jobs, el creador de las 'artesanías' que más me gustan: las de la manzanita.

Adicionalmente, el iPhone tiene accesos directos a YouTube, el famoso sitio de videos por Internet, que funciona impecablemente; a los mapas de Google, donde uno puede ver en detalle las calles de Estados Unidos; a los índices de la Bolsa de Nueva York y al Weather Channel. Además trae otras aplicaciones convencionales como calendario, libreta de apuntes, reloj y calculadora, todos los cuales funcionan con íconos y teclas virtuales bajo una superficie de vidrio con un solo botón físico por medio del cual se accede al menú general del teléfono.

Gracias al iPhone -cuyo mayor 'defecto' por ahora es que sólo funciona en Estados Unidos-, ya no me importan los semáforos en rojo, no me molesta hacer fila en ninguna parte y me tienen sin cuidado los trancones. No en vano, Michael DeAgonia, un periodista de la revista Computerworld, lo describió como "un aparatico de 'Viaje a las estrellas' hecho realidad".

Debo confesar que aunque sigo madrugando y trasnochando como de costumbre, mi trabajo de estos últimos días no me ha rendido tanto, por estar jugando con mi nuevo teléfono, pero también quiero aclarar que en todo caso me he divertido mucho más que aquellos que hace 15 años en la redacción de SEMANA se embobaban jugando tetris, actividad que definitivamente era mucho menos entretenida que manejar un iPhone. n
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