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| 5/21/2011 12:00:00 AM

Un hotel cinco estrellas flotante

Barcos pequeños con 'suites' de lujo y mayordomo personal son algunos rasgos de la nueva tendencia en cruceros para complacer a los viajeros más exclusivos.

Cuando el pasajero llega a su camarote, además de encontrar una botella de champaña en la sala y productos de Bvlgari y Ferragamo en el baño, enchapado en mármol italiano, tiene un mayordomo entrenado en Inglaterra a su disposición las 24 horas. Hay dos opciones de colchón y un menú de nueve almohadas así como de esencias aromáticas para la habitación, que se arregla dos veces al día. Las sábanas son de algodón egipcio. Si va a uno de los restaurantes y se le olvidan las gafas para leer, el mesero le trae una caja con docenas de ellas de diferentes prescripciones. Si necesita enviar un mensaje escrito, en la suite hay papelería membreteada con su nombre.

Todo esto pasa en el Silver Spirit, el mayor y más nuevo miembro de una flota de seis naves de la compañía Silversea, que impuso el concepto de hotel cinco estrellas en el mar desde 1994, cuando zarpó por primera vez el Silver Cloud, el hermano mayor de la flota, con capacidad para solo 276 pasajeros. Todos ellos ofrecen atención a la altura de los más exclusivos hoteles de tierra firme.

Fue una apuesta arriesgada, pues en 1994 era ir contra la corriente de los navíos grandes de 18 cubiertas, con 1.800 habitaciones y hasta 4.800 pasajeros. "Quienes pagaban una habitación de lujo en esos cruceros se quejaban porque una vez salían de su habitación, el barco no les ofrecía nada especial que al resto de los miles de pasajeros", dice Brad Ball, director de relaciones públicas de Silversea.

Pero la propuesta tuvo éxito, y a los ocho años la compañía ya tenía otra nave, el Silver Wind. Luego vinieron dos barcos gemelos, el Silver Shadow y el Silver Whisper, y el Prince Albert II, hoy rebautizado Silver Explorer, un rompehielos adecuado con lujos para excursiones a los polos Norte y Sur y a la costa occidental de África. El Silver Spirit puede llevar 500 pasajeros, y tiene cinco restaurantes, bar, gimnasio, teatro, casino, área de piscina y spa y tiendas lujosas, entre otras ofertas. En los últimos diez años, Silversea ha sido considerada la mejor línea de cruceros de lujo por la revista Condé Nast Traveler.

El camarote más sencillo tiene sala, baño, walk-in closet y terraza. De ahí en adelante, los hay desde 66 metros cuadrados hasta la royal suite, de 100 metros cuadrados, dos habitaciones y ocho metros cuadrados de terraza. No importa cuál escoja, todos los huéspedes reciben el servicio de mayordomo, pero las habitaciones más grandes tienen ciertos privilegios como lavandería en seco, servicio de Internet y periódico diario.

Y es que por ser más pequeños, la experiencia a bordo de estos barcos es más íntima y personalizada que la de los cruceros masivos. Para garantizarlo, Silversea se asegura de que la relación del número de pasajeros y de tripulantes sea de uno a uno. También se preocupan por ofrecer mayor espacio por persona y 50 por ciento más de áreas al aire libre que otros barcos, para evitar la sensación de multitud. Y es que a su lado puede viajar un millonario petrolero de Texas que tomó el crucero para comprar un yate en Montecarlo o algún miembro de la realeza europea.

A pesar de todos los lujos, para Ball el sello de elegancia está en la flexibilidad. En la mayoría de los cruceros son fijos las horas de las comidas, el menú y los compañeros de mesa. "Para mí, lujo no es tener el mejor caviar, sino tener opciones, y aquí la gente puede escoger dónde cenar y a qué horas", enfatiza Ball. Las opciones también se aplican a los destinos, pues al ser barcos pequeños, pueden atracar en puertos donde los grandes no llegan. Y a diferencia de los cruceros masivos, donde el destino es el barco, en estos esas paradas son importantes. De hecho, se hacen conferencias a bordo para preparalos para cada lugar. La compañía diseña sus recorridos cada año, no solo teniendo presente que el clima sea cálido, sino también ajustándose a que en el día los pasajeros puedan disfrutar tranquilamente una ciudad. Por eso el barco navega de noche y atraca en la mañana, para ofrecer un escenario cada día.

El precio por una semana por persona arranca en 5.000 dólares, según el destino, la temporada y el tamaño de la suite. Se puede pagar por 17 días de viaje hasta 30.000 dólares por persona. Según Eduardo Baquero, representante en Colombia, la relación del precio por el producto es imbatible porque todo está incluido.

La competencia de estos cruceros son los yates privados. "Incluso muchos de nuestros pasajeros tienen el suyo, pero no quieren pasar por la incomodidad de contratar tripulación ni lidiar con traslados", dice Ball.

Con estos precios no es difícil imaginar que estos barcos atraigan a jubilados que quieren disfrutar de sus ahorros. "Pero la edad promedio ha bajado", señala Baquero, quien asegura que hoy está entre 45 y 55 años ya que ahora cautivan a profesionales exitosos con un gusto exquisito. El 52 por ciento es estadounidense y el resto es de otras nacionalidades, especialmente europeos. Latinoamérica representa el 10 por ciento. "Aunque los niños son bienvenidos, no hay facilidades para ellos", agrega Ball.

En efecto, estos barcos están hechos para adultos que saben viajar. No importa cuál de los 400 destinos del mundo sea, este turista especializado quiere un viaje diferente. Y qué mejor manera de lograrlo que tomando el té a las cinco de la tarde mientras ve pasar, desde la terraza de la suite, docenas de ballenas jorobadas en Alaska, o trotando en el gimnasio justo cuando el barco parte de Barcelona o desayunando caviar y champaña con el escenario del amanecer en los fiordos de Noruega.
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