25 mayo 2013

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Un peso pesado

OBESIDADLa sociedad rechaza por su talla a quienes sufren de obesidad e ignora que están enfermos.

Un peso pesado.

Los susurros que surgen cuando alguien obeso llega a un cine y no cabe en la silla. Las miradas de desaprobación si usa ropa ajustada, las constantes negativas en las entrevistas de trabajo, las dificultades para encontrar pareja. Y, por supuesto, la frase “lo sentimos, no tenemos su talla” que
parece grabada en la frente de los vendedores de ropa. Estos son algunos de los prejuicios que cargan a cuestas las personas con sobrepeso. Así es el estigma de la obesidad.

La antropóloga Alexandra Brewis, de la Escuela de Evolución Humana y Cambio Social de la Universidad de Arizona, Estados Unidos, lideró en diez países un estudio sobre la estigmatización contra los gordos y encontró que los occidentales asocian el sobrepeso con fealdad, asexualidad y holgazanería. En contraste, relacionan la delgadez con salud, belleza, inteligencia y éxito. “Hoy está prohibido hacer comentarios racistas y es políticamente incorrecto rechazar a los homosexuales, pero cuando se repudia a los gordos nadie se molesta. Esta es la última forma de discriminación socialmente aceptada”, explicó Brewis a SEMANA. 

Según un estudio publicado por la revista International Journal of Obesity, las mujeres obesas están en desventaja cuando buscan empleo y cobran sueldos dos veces más bajos. Así mismo, los gordos tienen cuatro veces más posibilidades de sufrir matoneo y seis veces más de perder un ascenso. La calidad del servicio de salud también está mediada por la discriminación. 

Más de la mitad de los médicos entrevistados por investigadores de la Universidad de Yale describieron a los pacientes obesos como “torpes, feos e incapaces de cumplir el tratamiento”. Lo peor es que esos señalamientos constantes propician un círculo vicioso: el obeso se deprime, se refugia en la comida y no logra perder peso. 

Como asegura Salvador Palacio, terapeuta y creador de la Fundación colombiana Gorditos de Corazón, “está científicamente comprobado que más allá de la fuerza de voluntad para hacer ejercicio o dieta, otros factores psicológicos, ambientales, socioculturales, y metabólicos son determinantes para que alguien engorde o adelgace”.

Combatir la obesidad requiere pensarla en términos de salud pública y no de estética. Esa es la mayor paradoja de la actualidad: aunque la obesidad es una pandemia que continúa creciendo, las personas con exceso de peso siguen siendo discriminadas y se les exige que cumplan un ideal de belleza que solo existe en las pasarelas, las revistas y la televisión. 

“Mi cuerpo es una cárcel”

Por más de 20 años Mery Carrillo ha luchado contra la obesidad y su estigma. 

“Mataron a mi mamá y me quedé sola, tan sola que llené ese vacío con toneladas de comida y licor. Yo era la dueña de un restaurante de fritanga y allí, entre la gallina, la rellena y el aguardiente, llegué a pesar 241 kilos. Caminaba con dificultad, tenía llagas en la piel y mis rodillas no soportaban el peso. Lo peor era el rechazo, la lástima, las burlas de la gente que iba a mi negocio solo por el morbo de verme y los comentarios de los conductores de bus que me hacían pagar doble pasaje. No había mi talla en ningún almacén y me vestía con talegos de tela que mandaba coser. 

Nunca volví a mirarme en un espejo ni a ir a cine, dejé de vivir. Recuperé la esperanza cuando conocí la Fundación Gorditos de Corazón en 2010 y desde entonces he perdido más de 110 kilos a punta de dieta y voluntad. Mi pelea contra la obesidad es diaria y estoy a la espera de una cirugía reconstructiva, pues el estómago me cuelga hasta las rodillas y me sobran 50 kilos de piel. Sueño con el día en que pueda volver a un teatro sin ser el blanco de todas las miradas”.
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