Martes, 2 de septiembre de 2014

UN TOQUE DE DISTINCION

| 1990/12/31 00:00

UN TOQUE DE DISTINCION

Cuando se creia que nadie queria salir de la casa, se abre con éxito la mejor discoteca que haya visto el país.

Los 700 invitados que asistieron a la inauguración en Bogotá del Club Santa Barbara la semana pasada quedaron sorprendidos. La sede del nuevo club no tiene nada que envidiarle al londinense "Anabels", al parisiense "Castel" o al newyorquino "Au Bar".
Una opulenta estructura instalada en medio del Centro Comercial Hacienda Santa Barbara, pretende revivir las viejas epocas de la gran vida nocturna, en las que la creme de la sociedad lucía strapless, pieles y joyas para mezclarse en una noche fastuosa de arañas y mármoles. Es un lugar disenado para "ver y ser visto" en medio de una concurrencia vestida de esmóquines hechos a la medida. Ninguno alquilado.
Con instalaciones que permiter comer, beber, conversar y bailar a todo lujo, el nuevo club espera conqulstar 1.200 socios, que tras pagar una afiliación de 175.000 pesos, puedan tener una alternativa nocturna de roce social "tipo VIP".
Si bien el lugar es sorprendente por su despliegue de diseño y decoración, no sorprende menos el hecho de que un club de esa naturaleza y objetivos, surja en un momento del país en el que la tendencia imperante es guardarse en las casas. Cuando se creía que el contacto social con el prójimo se estaba reduciendo a las cenas íntimas, y los importantes buscaban asesores para que les "bajaran el perfil", surge un fastuoso escenario de exhibición nocturna que permite dar rienda suelta a los gustos más refinados. En ese orden de ideas se podría pensar que entre más "color de hormiga" se pone las cosas, mas dispuesta parece estar la gente a divertirse. La noche de la inauguración no cabía un alma.
Pero lo que muchos se preguntan es que posibilidades reales de supervivencia tiene un club privado que con una inversión de mas de 350 millones de pesos y una capacidad para 700 personas, pretende mantener un punto de equilibrio de 250 personas diarias.
Sus socios, Guillermo González, Steve Yensen, Ulpiano de Valenzuela, Diego Muñoz, Alberto Vila, Juan Bernardo Sanín, María Eugenia Herrera, María Victoria de Stankoff, Juliana de Duque, Luis Fernando Pradilla, Hernando Casas, Alberto Vila, Marco de Castro, Ricardo Vargas y Hugo Herrera están optimistas al respecto.
Pero, dejando de un lado el hecho de que son muy pocos los que salen a comer o a bailar a un lugar público más de dos veces por semana, la potencial clientela del club -los que puedan pagar entre treinta y cincuenta mil pesos la noche- es la misma de los otros clubes privados de la ciudad: el Gun, el Jockey, el Country, Los Lagartos, etc. Y aunque el Santa Barbara busca precisamente ofrecer una alternativa de actividad por la noche que los otros clubes no tienen, a primera vista no parecería fácil cumplir con el reto del punto de equilibrio.
Lo que es cierto es que desde que se cerró el "Unicornio" hace diez años Bogotá no veía encenderse las luces de una discoteca para adultos. El mundo nocturno desde entonces, se había centrado en satisfacer los gustos de la nueva generación aficionada a 4.40, a la salsa y al rock que además se caracteriza por conformar una clientela más de tipo "consumo mínimo", que de whisky en las rocas. Para la muestra baste mencionar la discoteca "Keops" que durante los ultimos dos lustros ha mantenido el monopolio de las noches de baile de lo yuppies jóvenes y también de los en traditos en años.
Para estos últimos, el nuevo club tiene la ventaja de que el bar, el restaurante y la discoteca estan distribuidos en tres pisos diferentes, lo cual permite una cierta "especialización" de la clientela según tendencias: el que sólo quiere tomarse unos tragos sin saber de la comida; el que quiere bailar sin pisar a los del corrillo que se están tomando un trago; y también, los que quieren comer sin tener la rumba encima.
El caso es que el recien inaugurado club Santa Bárbara, no pretende competir con las discotecas diseñadas para atrapar "sardinos". Con un montaje muy superior al del desaparecido "Unicornio", intenta poner a bailar a los que habían dejado de hacerlo hace, por lo menos, diez años.
De donde se puede adivinar que -a esta hora debe haber más de uno desempolvando corbatines y pieles mientras hace silenciosas prácticas de su personal "swing" frente al espejo.

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