Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 1/31/2009 12:00:00 AM

Una mente gigante

A los 200 años de su nacimiento y 150 de la publicación del libro 'El origen de las especies', el mundo entero le hace un homenaje a Charles Darwin, cuya teoría de la evolución de las especies sigue vigente a pesar del paso del tiempo.

Pocas ideas científicas han cambiado tanto la concepción del mundo como la teoría de la evolución de las especies. Es más, provocó una conmoción aun mayor que Copérnico cuando aseguró que la Tierra gira alrededor del Sol y no al revés. Sugerir que el hombre no estaba hecho a imagen y semejanza de Dios, sino que era el resultado del azar y que descendía de los primates y de seres inferiores era demasiado pedir a la mente de una persona ilustrada de mediados del siglo XIX.

Darwin nació el 12 de febrero de 1809 y desde niño se interesó en la historia natural. Intentó estudiar medicina en Edimburgo y luego letras, en Cambridge, con el objeto de convertirse en un pastor de la Iglesia anglicana. Allí se hizo amigo del profesor de botánica John Stevens Henslow, quien le consiguió un cupo como naturalista en el buque Beagle, que adelantaría una expedición para cartografiar la costa de Suramérica.

El viaje alrededor del mundo, que comenzó el 27 de diciembre de 1831, duró casi cinco años y Darwin lo calificó como el acontecimiento más importante de su vida. Con base en sus observaciones durante la expedición y posteriores investigaciones y experimentos, Darwin cambió su convicción inicial y fue consolidando la idea de que las especies variaban gradualmente con el paso de grandes períodos. No era una idea original, pues autores muy anteriores a él la habían sugerido. Su gran aporte fue haber utilizado evidencias procedentes de disciplinas tan aparentemente inconexas como la anatomía comparada, la embriología, la biogeografía y la paleontología, para deducir que existe un ancestro común a todos los seres vivos. De capital importancia fue para él haber leído el Ensayo sobre el Principio de la Población, del economista y sociólogo inglés Tomas Malthus, quien señalaba que las poblaciones humanas crecen mucho más rápidamente de lo que tardan los alimentos en producirse y que por ese motivo se generaba una lucha por los recursos.

Darwin aplicó ese principio a la flora y a la fauna, y sostuvo que los individuos de una especie con características que los hicieran más aptos para sobrevivir transmitían dichas características a su progenie, mientras que las características desfavorables tenderían a ser eliminadas con el paso del tiempo. Sin embargo, cualquier cambio brusco en las condiciones del medio ambiente podría afectar a los individuos con las características dominantes y favorecer a otras que antes estaban en condiciones adversas. Según Darwin, aquellas especies que tuvieran más facilidad para adaptarse a los cambios tenían más posibilidades de prosperar. Al aparecer el hombre y la agricultura, la selección natural ha estado, en parte, afectada por la capacidad de los humanos de alterar el paisaje, lo que, por un lado, ha provocado que se extinga gran cantidad de especies de fauna y flora y, por el otro, ha permitido que especies que antes tenían enemigos naturales que controlaban el crecimiento de sus poblaciones se conviertan en verdaderas plagas.

Al regreso de la expedición Darwin se hizo muy popular cuando publicó sus diarios de viaje, y se dedicó a pulir su teoría con base en experimentos que realizó con animales y plantas. En julio de 1844 ya había esbozado la columna vertebral de su teoría, pero sólo se animó a publicarla a raíz de una carta que recibió en 1858 de Alfred Russell Wallace, otro naturalista inglés que de manera independiente había llegado a las mismas conclusiones. De hecho, Wallace descubriría un poco más adelante, en el archipiélago de Indonesia, que una estrecha franja de mar que separa las islas de Balí y Lombok, Borneo y Célebes, y Célebes y Filipinas separa dos ecosistemas totalmente distintos (Ver recuadro).

Un año después, el 24 de noviembre de 1859, Darwin publicó El origen de las especies por medio de la selección natural. Se editaron 1.300 ejemplares que se agotaron en una sola tarde. La segunda edición, de 5.000, fue vendida en muy pocos días.

La teoría de la evolución sacudió los cimientos no sólo de la ciencia, sino de la filosofía, la religión, la política y la sociedad misma. Al fin y al cabo, la civilización occidental, que a mediados del siglo XIX ya dominaba el mundo, se basaba en las Sagradas Escrituras que, en el libro del Génesis, hablan de un Dios que creó el universo en seis días y descansó en el séptimo. Aun para las mentes más progresistas de su tiempo (que no tomaban la Biblia al pie de la letra, sino como una metáfora), resultaba imposible que los seres vivos hubieran evolucionado de un ancestro común, porque hacia 1860 los cálculos señalaban que la Tierra tenía entre 20 y 100 millones de años de antigüedad, un tiempo demasiado corto para que la vida hubiera evolucionado según los postulados de Darwin. Fue necesario que el físico francés Henri Becquerel descubriera la radioactividad en 1896 para que posteriores cálculos establecieran que la Tierra tiene alrededor de 4.500 millones de años.

El otro grave problema que enfrentó Darwin fue explicar cómo se producían estos cambios graduales en las especies sobre las que actuaba la selección natural y el mecanismo que permitía que esos cambios pasaran a las nuevas generaciones. Pero el monje austríaco Gregor Mendel tenía la respuesta. A través de sencillos experimentos con guisantes, el religioso logró establecer las leyes de la herencia que llevan su nombre.

Uno de los grandes méritos de Darwin fue haber desarrollado sus postulados en una época en que muchas ramas de las ciencias afines estaban en pañales. Cuando él nació, Dalton apenas acababa de esbozar la teoría moderna del átomo, pero nadie sospechaba siquiera que estuviera compuesto, a su vez, por partículas elementales. El oxígeno había sido descubierto unos 30 años antes y las leyes de la conservación de la energía y la termodinámica aún no habían sido postuladas. Disciplinas indispensables del mundo contemporáneo, como la bioquímica y la biología molecular, sencillamente no existían, y no se conocía la radioactividad. La biología era una actividad dedicada más a la clasificación de las criaturas del Señor que al rigor de la experimentación y la razón.

Pero Darwin se educó en una época en que el conocimiento científico vivió un acelerado desarrollo. Así, cuando murió, en 1882, no solamente él mismo había dejado una teoría que explicaba la evolución de la vida en la Tierra, sino que ya la termodinámica contaba con dos leyes fundamentales, y Mendeleyiev le había abierto las puertas a la química moderna al crear la tabla periódica de los elementos.

La fusión de las ideas de Darwin y Mendel dio origen a lo que se conoce hoy día como el neodarwinismo. Los avances espectaculares de la genética, tales como el descubrimiento de la estructura del ADN por parte de James Watson y Francis Crick, así como posteriores descubrimientos en el campo de la biología molecular relacionados con la genética, han hecho de la Teoría de la Evolución, a su vez, una especie muy adaptativa, que ha sido capaz de evolucionar a la par con los nuevos avances y descubrimientos de la biología molecular.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1861

PORTADA

Prieto en la mira

La imputación de cargos al exgerente de la campaña de Santos sorprendió. Pero esta no tiene que ver con el escándalo de Odebrecht ni con la financiación de las campañas. ¿Por qué?