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| 12/1/2012 12:00:00 AM

Unas son de cal…

El cáncer no distingue entre razas ni estratos, pero el factor socioeconómico sí incide en cómo se vive con la enfermedad. Esta es la historia de dos mujeres que lo sufrieron desde orillas opuestas.

Adriana Camacho, cáncer de mama
Recuperación en 10 meses

“A fin de 2008 murió mi tía de 90 años, tras una larga agonía. Fue un año agotador en términos emocionales. Tomé entonces la decisión de cuidarme y consentirme. Me hice una revisión médica que incluyó una mamografía. Fue el 10 de febrero y al médico no le gustó. De inmediato programó una biopsia . Una semana después se confirmó que era cá ncer. Fui remitida a donde José Fernando Robledo, el cirujano oncólogo que me hizo la mastectomía del seno derecho el 26 de febrero y me quitó además 11 ganglios que estaban comprometidos. En 15 días tuve examen, diagnóstico y cirugía.

En la recuperación sentí algo en la axila. Robledo salía de viaje ese día pero me atendió enseguida, y para mi tranquilidad me envió una ecografía axilar derecha. El médico que me la hizo además me examinó el otro seno, donde vio algo extraño. El resultado de la biopsia fue un tumor de naturaleza diferente al del seno ya operado. Una semana más tarde inicié la quimioterapia: ocho sesiones con 21 días entre una y otra. Luego, en otra cirugía, me extirparon el otro tumor y finalmente tuve una radioterapia bilateral. Todo se hizo en 10 meses.

Desde la primera biopsia decidí, en lo posible, no cambiar mis rutinas. Solo tomé licencia para la de la operación; durante el resto del tratamiento llevé una vida normal.
Fueron fundamentales el apoyo, el cariño y la compañía de mi familia y mis amigos. Tuve mucha suerte y muchos ángeles a mi alrededor. Estaba a cuatro cuadras de la clínica, los consultorios y los laboratorios. La medicina prepagada, aunque requiere trámites dispendiosos, funcionó bien.

Ahora tomo una pastilla de letrozol que me da la EPS, para lo que debo hacer trámites periódicamente. Sus efectos secundarios son cansancio y dolor en las articulaciones, aspectos que ya asimilé a mi vida diaria. Tengo revisiones cada seis meses. La enfermedad está controlada porque se detectó a tiempo y estuve en manos de los mejores médicos.
Hoy mi vida es normal. Hago lo que me gusta. Sigo con mi trabajo de edición y corrección, y dedico tiempo a la cocina y en particular a la repostería, que es no solo una actividad placentera, sino una muy buena terapia”.
 
Marisol Alape, cáncer de cervix
Tres años de lucha
“Vivo en San Miguel, cerca de Coyaima, Tolima, con mi mamá. Soy madre soltera. Vivo de lavar y planchar y criando pollos. En 2009 me empezó un desarreglo menstrual. Me hice una citología, salió bien. Pero un día con mucha hemorragia volví al hospital y me dijeron que era un embarazo, no era cierto. Como seguía mal, el doctor me mandó a Ibagué, para lo cual me tocaba coger dos buses o taxis. Yo era del Sisbén, pero en ese momento me afilié a una EPS.

Finalizando 2010 vino una hemorragia terrible que me dejó botada en el piso. Desperté en la clínica. Me pusieron sangre y me despacharon. En enero de 2011, con la ayuda de mis hermanos volví al hospital en Apure y me hicieron exámenes y me dijeron que tenía un tumor canceroso en el cérvix. Yo sabía que el cáncer se lo lleva a uno porque una tía se había muerto hacía poco tiempo, pero antes no había escuchado hablar de cáncer. Le dije a mi mamá que me iba a morir y que me preocupaban mis hijos. Ella me dijo que los entregaba al ICBF porque no tenía cómo alimentarlos. Me pusieron sangre y me dijeron que no podían hacer nada más por mí. Regresé a la casa, las hemorragias seguían. Mi mamá me hacia agüitas de hierbas y me daba suero para alimentarme.

Un día un tío me dijo que me estaba muriendo, que tenía que volver al hospital. Yo no quería porque sabía que no podían hacerme nada. El tumor ya estaba muy grande. Solo me dieron suero. Luego de 20 días me dijeron que volviera a la casa y que Dios sabría qué hacer conmigo. Una tía me dijo que fuera a Bogotá y me ayudó a conseguir cita en el Cancerológico. Vendí un cerdo y dejé los niños donde un tío. Salí a medianoche para llegar a las 7. Me encontraron anemia aguda. Me alojé en el albergue del voluntariado del instituto. De abril a agosto recibí quimioterapia, radioterapia y braquiterapia. El tumor se pudo eliminar y las hemorragias pasaron. Desde el primer síntoma pasaron casi tres años.

Estoy bien. Pero tuve que hacerme un transplante de cadera. Siempre estuve solo con Dios porque nadie podía acompañarme. Yo digo que Dios no quería que me muriera porque me mandó un ángel que me llevó al Cancerológico”.

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