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| 8/27/2001 12:00:00 AM

Valor agregado

Un libro enseña cómo inculcar a los niños ocho de los valores más importantes para vivir en el mundo moderno.

“Que mas hago, asi funcionan las cosas”, “Si no lo hago yo lo va a hacer otro”, “A papaya partida…”, “Hay que aprovechar esos cuartos de hora”. Con estas justificaciones los colombianos buscan mitigar la culpa cuando pasan por encima de sus principios. Es el caso del ingeniero civil que quiere ganarse una licitación pública para la construcción de una carretera. Aunque sabe que no es lo más correcto está seguro de que si no compra a un funcionario del gobierno no saldrá favorecido. O el de la mujer que utiliza sus atributos físicos y sexuales para obtener ascensos en su carrera profesional. O el del empleado que es promovido a gerente de la compañía y decide sacar tajada de su nuevo rango para su propio beneficio sin que nadie lo sepa.

En esa misma confusión crían los padres a sus hijos: aunque les enseñan que mentir no es bueno son los primeros que inventan excusas cuando no quieren pasar al teléfono. Les dicen que no sean violentos pero en otro contexto les aconsejan que cuando alguien les pegue tienen que devolver el golpe para defenderse.

Muchos de ellos son colombianos respetables, bien educados, de buena familia. No son malos ni inmorales y creen que los violentos e intolerantes son sólo los alzados en armas. Pero la verdad es que también ellos padecen de un mal que se ha vuelto común por estos días: sufren una crisis de valores. De esto pudo cerciorarse la sicóloga María Elena López, quien a diario recibe en su consulta pacientes con dilemas de toda índole. “No saben si sí o si no, ni qué pensar, mucho menos hacia dónde ir”, dice. Esta ambigüedad fue la que la llevó a escribir el libro Cómo criar niños en tiempos difíciles. Junto con la comunicadora Daniela Violi, coautora del texto, la profesional hace un recorrido por ocho de los valores que se encuentran más debilitados en Colombia y da luces sobre cómo asumirlos en un mundo donde todo es relativo.

La crisis de valores de la que tanto se habla para explicar muchos de los males que aquejan al país, según la experta, es el resultado de los cambios vertiginosos que sufre el mundo y que no le dan tiempo al individuo para adaptarse a ellos. Pero además de la inmediatez, la rapidez y el exceso de información el fenómeno también responde a que muchos de los paradigmas se han desvirtuado y a que hoy se cuestionan muchos dogmas que antes eran inquebrantables. Dentro de la familia sucede algo parecido. “Los papás no tienen siempre la razón, se contradicen, sus hijos tienen más poder en las decisiones que antes”, explica María Elena López. Los progenitores tienen miedo de expresar sus opiniones o de lanzar un categórico no porque piensan que con ello las relaciones con sus hijos se van a deteriorar. A esto se suma que las exigencias de la vida son diferentes. “Hoy existe la presión de tener dinero y la juventud está dispuesta a cualquier cosa para lograrlo”, afirma.

La crisis de valores se manifiesta no tanto en la ausencia total de ellos como en la ambivalencia e incoherencia frente a estos atributos. En teoría se pregona una cosa y en la práctica se actúa en forma contraria. Así mismo algunos antivalores se han convertido en hábitos que muchos asumen sin ningún complejo de culpa. Prometer algo y no cumplirlo, encontrar un objeto de valor y no devolverlo a su dueño, robarle tiempo al trabajo y usarlo para hacer cosas que no corresponden, permanecer con una persona mientras aparece alguien mejor, copiar programas de computador, quemar CD de música y adquirir libros piratas o fotocopiarlos, comprar contrabando, indagar en la correspondencia ajena, averiguar las contraseñas del correo electrónico para leer mensajes de otras personas, estos son apenas unos cuantos ejemplos de deshonestidad que ya nadie se cuestiona.

Algo similar sucede con el compromiso, un valor al que actualmente se le dan nuevas connotaciones. Muchos ven la palabra como la pérdida de la libertad mientras que a otros les da miedo asumirlo y por ello no se involucran en situaciones o en relaciones afectivas. Cuando un niño le pide un permiso a su padre y éste le pasa esa responsabilidad a la mamá de alguna manera está evadiendo el compromiso de ser padre.

Pero de los ocho escogidos, según las autoras, el valor más debilitado en el país es la tolerancia. Para la gran mayoría tolerar es aguantar, soportar y padecer. Es cerrar los ojos para no sufrir o dejar de escuchar para no entrar en cólera frente a una opinión distinta. La tolerancia verdadera, como explica la sicóloga, implica otras cosas como aprender a escuchar, a conocer, a entender otras versiones y reconocer el otro lado de las cosas, a transigir y ceder pero, por encima de todo, a comprender que la diferencia es una de las características que no se le pueden quitar a la vida.

La idea del libro es invitar a la reflexión alrededor de valores como la libertad, el compromiso, el amor, la tolerancia, la honestidad, el equilibrio, la integralidad y la apertura. Las expertas hacen énfasis en este último pues se requiere una mente abierta, flexibilidad y capacidad de adaptación en momentos de crisis y cambios como un divorcio, el desempleo, una quiebra económica, la adolescencia de los hijos o la muerte de un ser querido.

Pero no se trata de volver a las personas un dechado de virtudes o fundamentalistas de la moral. “No queremos fanatismos ni posiciones radicales sino más bien un análisis sobre lo que es más conveniente para todos. Que en lugar de hacer serrucho la persona piense en el beneficio común, o que una persona casada llegue a la conclusión de que tener un amante es malo no por cuestiones morales sino porque es un gasto de energía que solo traerá más problemas a la relación”.

Es una tarea difícil pero no imposible. Se trata de acabar con una moral simplista del que “reza y peca empata” y aprender a ser consecuentes con las decisiones que se toman.
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