Jueves, 23 de octubre de 2014

| 2013/09/07 06:00

Personas que llegan tarde tendrían problemas de atención

Se les considera maleducadas, pero las personas que nunca llegan a tiempo a sus citas tendrían serios problemas de atención. Hablan los expertos.

Personas que llegan tarde tendrían problemas de atención Foto: Ilustración: Javier de la Torre Galvis / Fotos: Juan Carlos Sierra - Semana

Bill Clinton tiene fama de impuntual.  Se rumora que el día de su posesión hizo esperar al presidente George Bush y a su esposa Barbara en la Casa Blanca por lo menos media hora. En otra ocasión dejó plantado a su secretario de Justicia William Renhquist más de 45 minutos, y a un evento durante una cumbre de mandatarios en Japón apareció con 20 minutos de retraso. Era tal su impuntualidad que sus asesores adaptaron los relojes a la llamada hora Clinton. 

Es probable que su rango le permitiera darse ese tipo de licencias, pero para el impuntual de a pie llegar siempre tarde interfiere seriamente en su trabajo y relaciones personales. Por un lado, lo hace ver como si no tuviera control sobre sí mismo. Además, salvo en contadas situaciones, su causa es indefendible porque los que esperan lo sienten como una afrenta personal. “Es visto como una falta de respeto hacia todos los que hicieron el esfuerzo de estar a tiempo”, dice el psicólogo Andrés Osuna.

 Según este experto, el 20 por ciento de la población sufre de este problema. “Son personas que rotan mucho de trabajo”. En efecto, la tardanza afecta la productividad de las empresas. Diana de Lonzor, autora del libro Never Be Late Again calcula que un empleado que llega diez minutos tarde todos los días, al final del año habrá tomado diez días de vacaciones.

Algunos creen que la gente que llega tarde busca atención o dejar en claro quién tiene más poder, pero los expertos señalan que estos son una minoría. Según recientes estudios, se ha comprobado que la tardanza está ligada al trastorno de déficit de atención y aunque estas personas se fijen metas y planeen su día no logran cumplir con sus horarios porque diferentes estímulos en el ambiente los distraen. “Son como niños pequeños que ven una mosca y se van con ella”, dice el psiquiatra Rafael Vásquez. 

Andrés Felipe, quien trabaja en una editorial,  sufre mucho para cumplir citas. “Si tengo una reunión importante pongo el despertador para levantarme con antelación, pero aun si no lo logro. Me disperso en el desayuno, en la decisión del vestuario y así se me va haciendo tarde”.

Vásquez dice que la tardanza es compleja porque en ella pueden incidir muchos elementos. En algunos casos este fenómeno está ligado al síndrome del posponedor, aquel que deja todo para lo último y se siente estimulado con la adrenalina que se genera de los apuros. Otros son obsesivos y, como quieren controlar el ambiente en el que se mueven, siempre se detienen en el camino para poner las cosas en orden.  

También están los que son optimistas del reloj y creen que pueden ir a nadar, recoger a los niños y tomarse un café en una hora. Como le pasa a Alejandra, una alta ejecutiva consciente de su problema. “Yo le digo sí a muchas cosas porque pienso que puedo abarcarlas en el día, pero en realidad soy ilusa con el tiempo”, dice. 

El peor momento lo vivió cuando le incumplió al presidente de una compañía por calcular mal cuánto le tomaría desplazarse al lugar. “Cuando llegué él ya se había ido y me mandó un ‘email’ en el que decía que su tiempo era muy valioso y que yo le había hecho perder dinero a su empresa”.

Pero no todos los altos ejecutivos son así de puntuales. Mariela, la asistente de un importante funcionario dice que su jefe pone citas cada 30 minutos, un lapso muy corto para un gran conversador como él. Tampoco deja un espacio entre una reunión y otra para los imprevistos, y por eso su agenda siempre está retrasada. 

Ella debe ponerle la cara a los que esperan y se estresa muchísimo cuando en su oficina se juntan hasta tres de los personajes citados. “Algunos esperan hasta 45 minutos”. A pesar de todo esto, él no quiere cambiar su  planeación. “A veces pienso que lo hace porque es importante y sabe que todos lo van a esperar ”, confiesa. 

O podría ser que este ejecutivo es un jefe emocional. Chris Schreuders, un coach holandés que trabaja en Colombia, explica que hay  indviduos racionales,  emocionales y operacionales. De los tres, los emocionales son los que más tienden a llegar tarde porque su prioridad no está en cumplir ni en ejecutar sino en las emociones. “Si están contentos se olvidan de todo, les cuesta decir no y les encanta hablar con la gente. Por eso se les alargan las reuniones”.

Schreuders señala que hay culturas, como la latina, que son más emocionales y Colombia hace parte de ella. “El enfoque no está en el manejo del tiempo”, dice.  

Por eso muchos extranjeros que viven en el país tienen problemas con la hora colombiana. Un inglés que vive en Colombia cuenta que al principio cuando tenía una invitación a cenar él estaba listo una hora antes pero su esposa, que es colombiana, se empezaba a arreglar justo cuando debían estar en el lugar. “Yo sufría muchísimo, por eso fue que decidimos clasificar los eventos por hora inglesa y hora colombiana”. 

Pero en realidad los cumplidos son las víctimas de este problema, independientemente de su nacionalidad. Diana Neira, experta en protocolo y mercadeo, dice que quien llega diez minutos tarde a sus clases no entra así sea un alto ejecutivo de una empresa. También aconseja borrar de las listas de invitados a aquellos que no llegan a tiempo a las comidas. 

Claro está que si la gente llega a tiempo, muchas veces los anfitriones no están preparados. Tampoco acepta excusas absurdas, como la de una mujer que le dijo que ya había llegado pero que estaba en el baño  maquillándose. “Uno debe llegar a tiempo,  con todos los documentos que se necesitan y no con el pelo mojado y a medio arreglar”, dice.  Algunos la critican por ser psicorrígida y exagerada. 

Schreuders dice que se necesita comprender más a estas personas pues “ninguno es mejor que el otro y finalmente ambos mueren”, dice. Sin embargo cree que lo ideal es negociar con ellos pues es igualmente responsable de la situación el puntual permisivo que el incumplido. En todo caso, no hay que esperar milagros ya que las personas crónicamente demoradas no van a cambiar de la noche a la mañana. De hecho, Lonzor dice que tratar de llegar puntual puede ser tan difícil como hacer dieta.

Una estrategia que funciona es planear el día con realismo. También ayuda apuntarle a llegar unos minutos antes. Otras alternativas van desde el neurofeedback, para mejorar la concentración, hasta aplicaciones para el teléfono inteligente que sirven de asistente virtual y con las cuales el individuo marcha al ritmo que impone la agenda. El gran obstáculo, según los expertos entrevistados, es que en Colombia la mayoría perdona a los incumplidos. 

Aun más, ellos se han encargado de establecer la llamada ‘tiranía de los que llegan tarde’ pues terminan imponiendo el horario de las reuniones. En otras partes son más estrictos. Ana María cuenta que estaba en Estados Unidos en el bus de un tour que la llevaría a un museo. Ella, en un error de cálculo, decidió bajarse a última hora al baño y cuando volvió el bus ya no estaba. “Es la orinada más cara de mi vida pues me tocó pagar un taxi de 50 dólares”, dice.

Schreuders cree que en la medida en que haya más sanciones para los incumplidos ellos tratarán de mejorar su comportamiento. En sus seminarios el que llega tarde literalmente la paga y el monto se establece por el valor de cada minuto de retraso según su sueldo. “Un presidente de compañía llegó a pagar 4 millones al mes, dinero que se donaba a una escuela del sur de Bogotá. Él protestó pero  le dije: ‘Tú eres el ejemplo y te va a doler’”. El ejecutivo cambió porque su comportamiento tuvo una consecuencia. 

El otro obstáculo en Colombia, dice Schreuders, es que el país vive en la cultura de las excusas “que sacan a la gente de los apuros”. Aunque a la secretaria Mariela ya se le están agotando. Cuando su jefe va tarde a un lugar le dice: “Diga que el tráfico está terrible” pero ella le contesta: “No, jefe, eso del trancón ya está muy trillado, hay que inventarse otra cosa”. 

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