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| 9/10/2016 12:00:00 AM

¿Y cómo va el mundo? Todo bien

A pesar de que la vida parece más dura que nunca, un historiador sueco señala que esta época es la verdadera edad de oro de la historia.

Johan Norberg cree que 2016 es el mejor año para que un ser humano llegue a este mundo. Esa afirmación, para cualquiera que haya seguido juiciosamente los titulares de las principales noticias desde enero, podría ser un disparate. Ataques terroristas en Europa, la cifra récord del promedio de la temperatura global, la amenaza del zika, la crisis en Turquía, Siria e Irak, la posibilidad de que Donald Trump gane las elecciones en Estados Unidos son apenas algunos temas que harían pensar todo lo contrario. Pero Norberg no es un simple optimista, sino un historiador sueco especializado en economía que, en su nuevo libro, Progreso, defiende la idea de que todos los que han vivido en este momento de la historia son muy afortunados. El mundo de hoy, dice, es mucho mejor en una gran variedad de categorías como salubridad, pobreza, violencia, hambre, analfabetismo y hasta coeficiente intelectual.

Norberg dijo a SEMANA que de todas las categorías que estudió la que más le sorprendió fue la pobreza. “Ha disminuido mucho más rápido de lo que yo esperaba, cada minuto 100 personas salen de esa clasificación”. Está de acuerdo con economistas como Thomas Piketty en que la desigualdad en el mundo ha crecido en los últimos años, y que un pequeño porcentaje de millonarios hoy posee gran parte de la riqueza mundial. “Pero en términos absolutos todos somos más ricos que antes”. A principios del siglo XIX sus antepasados en Suecia eran más pobres que en el África subsahariana de hoy, y “en 1820, 94 por ciento de la población mundial vivía en pobreza extrema”. Esa cifra en 1990 era 37 por ciento y en 2015 se redujo a 10 por ciento.

Parte de esas mejoras han llegado en las últimas décadas. En 1981, nueve de cada diez chinos vivían en pobreza extrema, y hoy esa cifra es de solo uno. “Pobreza y desigualdad no son la misma cosa”, explica. China es hoy más inequitativa que en 1980, porque el progreso no se da al mismo ritmo para todos, “pero la gente en general vive una mejor vida”. Detrás de este fenómeno está la expansión del comercio planetario. “Durante los 25 años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, el PIB per cápita se ha incrementado casi tanto como lo hizo en los 25.000 años anteriores”, dice el autor.

La violencia y las guerras también han disminuido. Tal como ha afirmado el psicólogo Steven Pinker, Norberg cree que nunca antes la humanidad había vivido tiempos tan pacíficos. Aunque persisten algunos conflictos como el del Medio Oriente, las guerras son más escasas y en ellas mueren muchas menos personas. El índice de asesinatos en Europa ha bajado de más de 40 por 10.000 en el siglo XIV a 1 por cada 100.000 actualmente. “Hoy es más probable morir de una caída que por un acto terrorista”.

Esos índices se deben a que la gente es más tolerante, un rasgo que también ha ayudado a aceptar mejor las orientaciones sexuales y las diferencias étnicas y a respetar más las libertades individuales. La democracia se ha expandido. “En 1950, la población mundial que vive en dicho sistema se había incrementado de 0 a 31 por ciento, y en 2000 la cifra aumentó a 58 por ciento, según Freedom House, un veedor de las libertades civiles”, dice el autor.

También hay menos hambre en el mundo. En el siglo XVIII, 20 por ciento de la gente no tenía acceso a suficientes calorías diarias. Y aunque el tema sigue siendo un problema en ciertas partes, hoy apenas 11 por ciento de la población mundial sufre por esta causa, 9 por ciento menos que en 1992 y 30 por ciento menos que en 1954.

Una de las causas de muerte temprana en el mundo era la falta de agua potable. Las calles de Europa a finales del siglo XIX eran un basurero, y los ríos, el vertedero de todo los desechos. La anécdota de Versalles, el palacio de Luis XIV, es ilustrativa. “Los pasadizos y corredores estaban plagados de orines y materias fecales”. Pero gracias al desarrollo de sistemas de acueducto y alcantarillado, al final del siglo XIX la mortalidad se redujo en 40 por ciento. “Hoy 68 por ciento de la gente tiene acceso a servicios sanitarios, un lujo negado al Rey Sol”, acota el experto.

Lo anterior, unido al desarrollo de la medicina, ha hecho que la expectativa de vida, que en 1900 era 31 años en promedio, hoy sea de 71. “En 10.000 años ese promedio se mantuvo estable y en solo 200 años el progreso logró doblar esa cifra”, dice.

Esas mejoras sanitarias también impactaron la conservación del medioambiente. Hoy el río Támesis alberga una gran variedad de vida acuática. “Los contaminantes que preocupaban en los años setenta se han reducido en un 60 por ciento”, y un ejemplo son los derrames de crudo que han disminuido 99 por ciento desde 1990.

También hay menos analfabetas, pues de ser el 79 por ciento de la gente hoy son apenas el 14 por ciento. Además el coeficiente intelectual ha aumentado. Este fenómeno, conocido como el efecto Flynn, se observa en todos los países modernos. En Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial, la gente lograba en promedio 100 puntos en esta prueba y en 2002 ese promedio aumentó a 118 puntos.

A pesar de estas cifras, varios sondeos muestran que alrededor de 71 por ciento de las personas encuestadas cree que el mundo está ad portas del apocalipsis y solo 5 lo ven como un momento de esplendor. La razón de este pesimismo es que el ser humano está predispuesto a creer que las cosas son peores y a sobreestimar la posibilidad de una catástrofe, una herencia de los cavernícolas a quienes les tocaron tiempos más difíciles. Esto hace que los individuos no se fíen en datos, sino en recuerdos, y que la memoria los traicione porque trae a colación más lo malo que lo bueno.

Si a eso se suma la tendencia de los medios de comunicación de reportar noticias del mundo durante las 24 horas, la distorsión aumenta porque las malas noticias venden más. Nadie reporta que aterrizaron bien 40 millones de vuelos, sino los que se accidentaron. “Siempre hay algo malo sucediendo en alguna parte. Y si eso es lo que vemos, creeremos que es lo único que pasó”, dice.

El único problema serio que enfrenta la humanidad, según Norberg, es el cambio climático, pero también se resolverá con fuentes de energía más limpias. El reto será hacerlas menos costosas para que todos puedan adoptarlas. Pero para ello también habrá solución, pues con el conocimiento, que cada vez será mayor, el mundo se adaptará a uno más cálido. Por eso el futuro que Norberg vislumbra es muy alentador para todos aquellos que nacieron y nacerán en 2016: estos recién llegados vivirán en un ambiente en el que el porcentaje de niños que trabajen estará bajando, así como las cifras de mortalidad infantil. Además, tendrán a su disposición teléfonos inteligentes que ayudarán a ampliar el conocimiento del ser humano.

El otro gran reto es que tanto negativismo es malo y se refleja cuando los ciudadanos van a las urnas. En Estados Unidos, dice el autor, 81 por ciento de los votantes que están con Donald Trump cree que el país está peor que hace 50 años, y los que votaron por el Sí para que Gran Bretaña saliera de la Unión Europea creían que la vida hoy era más miserable que en el pasado. Si el mundo cree que va para un barranco, asegura Norberg, es más fácil que vote por demagogos y populistas que ofrecen arreglar las cosas a cambio de sus libertades, y esto pone en riesgo el progreso. Dice el autor que si no se ven estos logros se buscarán chivos expiatorios para los problemas que persisten, en lugar de una solución consciente. “Por eso escribí este libro”, concluye.

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