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María tuvo su primera hija, Emma, a los 45 años. Carolina, por su parte, a sus 43 años y después de muchas relaciones fallidas, se acaba de casar y hasta ahora está pensando en tener hijos. Ellas ya no son la excepción. Atrás quedaron los días en que las únicas que podían ser madres eran las mujeres jóvenes de 25 ó 30 años. Actualmente, una de cada cinco mujeres en el mundo esta teniendo su primer hijo después de los 35 años, y muchas incluso, después de los 50.
Es cierto que el retraso en la gestación de los hijos puede acarrear problemas para la mujer y para el bebé, como mayor riesgo de diabetes, hipertensión crónica, alteraciones genéticas y bebés prematuros. Sin embargo, no hay nada que prohíba a las mujeres de edad avanzada tener hijos. Como afirma Juan Carlos Vargas, Asesor Científico de Profamilia, "en general, no existe, como tal, una clasificación de riesgo en la mujer por posponer la fertilidad. Se podría decir que el punto de quiebre son los 35-40 años, momento a partir de cual se muestra un aumento en el riesgo de alteraciones genéticas".
Los avances tecnológicos en materia de fertilidad, como la fertilización in vitro y la utilización de óvulos congelados o úteros anfitriones, también ayudan a que las personas mayores puedan tener hijos en una etapa tardía de la vida.
Pero la historia no termina en el embarazo, pues es igual o aún más importante la crianza del hijo por parte de padres mayores, que les llevan 40 ó 50 años de diferencia. Los expertos afirman que los padres maduros suelen tener más estabilidad económica y emocional. Al tener acumulados más años de experiencia laboral, suelen ocupar cargos más altos en las organizaciones, lo que les permite horarios más flexibles para pasar tiempo con sus hijos. Por otra parte, como afirma la sicóloga Annie de Acevedo, autora de varios libros sobre crianza, "estos padres ya superaron la etapa formativa de la vida, son más tranquilos y cuentan con la sabiduría que dan los años". Esto se suele transmitir a los hijos, quienes crecen en un ambiente serio y apacible.
Pero no todo es color de rosa. La diferencia de años puede llegar a ser un problema muy serio. "Los padres mayores tienden a extremos, pueden ser sobreprotectores o demasiado permisivos, no ponen límites", afirma Acevedo. Hay quienes presionan en exceso a sus hijos para que sobresalgan en todas sus actividades, desde sus quehaceres escolares hasta su desempeño deportivo. Pero, al otro lado, hay quienes se alegran tanto de poder ser padres, que dan vía libre al hijo en todo, satisfacen todos sus gustos y no imponen límites.
También hay problemas físicos, pues los padres mayores tienden a cansarse más y sufrir de fatiga, y esto limita las actividades que pueden compartir con sus hijos, como deportes, viajes y excursiones a parques de diversiones. También está, claramente, la discriminación social. Aún no es normal ver padres de cabello gris, muchos pueden confundirlos con abuelitos, y los niños pueden sufrir en ambientes sociales y estar sujetos a comentarios malintencionados de sus compañeros de colegio.
Estos problemas se acentúan en la adolescencia, cuando jóvenes de 15 ó 16 años tienen padres que sobrepasan 60. Aquí la brecha generacional se amplía y los padres sufren por no tener nada en común con sus hijos, quienes suelen distanciarse en esta etapa. Muchos no conocen sus gustos, su música, los programas de televisión de moda ni a las celebridades del momento. El choque hormonal también se siente, pues mientras los padres experimentan cambios como la menopausia, los adolescentes sufren una descarga hormonal muy fuerte. En muchos casos, los jóvenes tienden a buscar compañía y consejos en familiares más jóvenes, como tíos o primos, pues sienten más conexión con ellos.
Pero no todo está perdido. Aunque hay quienes afirman que hay una etapa definitiva en la vida para tener hijos, los 30 años, la realidad está desbancando ese mito. Lo más importante es interesarse por la vida de los hijos y no perder conexión con ellos, lograr ser parte de su mundo. También es fundamental asumir el papel de padres dedicados a la buena crianza de sus hijos. Esto implica brindar cariño y amor sin descuidar los límites y las fronteras, que también son fundamentales para la crianza. El equilibrio, como en todo, es la clave del éxito y, como se dice coloquialmente, todo es cuestión de actitud.
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