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| 7/22/2006 12:00:00 AM

Así se curaban los bogotanos

Un libro editado por la Academia Colombiana de Historia muestra cómo la medicina tradicional ofrecía extrañas recetas que resultaban efectivas. Algunas originaron la farmacéutica moderna.

Para encoger las tetas largas, explica el Recetario franciscano del siglo XVIII, es necesario tomar la hiel del toro, los huevos de las perdices y un poco de harina de cebada y revolverlo bien todo, luego untarlas con esto, se le encogerán y endurecerán presto.

La terapéutica en el Nuevo Reino de Granada, un recetario franciscano del siglo XVIII, es el primer vademécum del que se tiene noticia en el país y proporciona una visión del tipo de terapéutica que se utilizaba durante la segunda mitad de aquel siglo en el Nuevo Reino de Granada. Este ofrece información acerca de los tratamientos que se aplicaban hace 300 años para toda clase de dolencias.

Bogotá en el siglo XVIII era un virreinato pobre comparado con las de Perú y México. Había dos médicos y un grupo de curanderos para atender una población de 25.000 habitantes. No había acueducto ni alcantarillado y eran comunes las enfermedades infecciosas por falta de higiene; la expectativa de vida estaba entre 20 y 30 años. En aquella época, las personas fallecían por enfermedades como el tifo, la viruela y la tuberculosis, que ahora se pueden prevenir.El sacerdote franciscano Luis Carlos Mantilla encontró el manuscrito, en el Archivo Provincial Franciscano de Bogotá, constituido por 25 folios escritos por ambos lados y sin las primeras 32 páginas. Pero Santiago Díaz Piedrahíta, director de la Academia Colombiana de Historia, lo complementó con notas aclaratorias producto de su investigación. No se sabe con exactitud quién es el autor del manuscrito.

Juan Mendoza Vega, ex director de la Academia Colombiana de Medicina, expresa que el libro es un tesoro documental, una excelente obra que resucita ideas de la época. El Recetario plantea, por ejemplo, que uno de los mejores remedios que tiene la medicina para curar la rabia consiste en dar al enfermo el cuajo de un perro deshecho en vinagre.

Santiago Díaz expresa que el Recetario Franciscano fusiona el legado médico de Occidente con la tradición indígena americana relativa al uso de plantas reputadas como medicinales: "Su utilidad debe ser evaluada en diferentes contextos. De una parte, muchas de las plantas tienen un efecto terapéutico comprobado por su acción farmacológica. De otra, en esa época las dolencias eran una consecuencia de la alteración de los humores del cuerpo; por ello, la virtud de las drogas se asocia con la concepción humoral de las enfermedades, doctrina que tuvo una vigencia de más de 15 siglos".

El Recetario recomienda a quienes no pueden orinar que tomen el estiércol del buey, lo mezclen con miel y lo pongan bien caliente sobre los pelos inferiores. A quienes tienen jaqueca, que deshagan cuatro pelotillas de estiércol de cabra en vinagre fuerte, y unten la frente y las sienes todas las veces que quisieren mientras la tuvieren. Para quienes tienen dolor de estómago, que tomen estiércol de puerco, lo hiervan en aceite y lo pongan sobre el ombligo. Para quienes se están quedando calvos, un buen remedio es echar en aceite hirviendo una porción de abejas vivas, hasta que tuesten bien, y con este aceite untarse el cabello al peinarse.

El libro El medicamento en la historia de Colombia señala cómo desde finales del siglo XVIII irrumpió la práctica de publicación de recetas para la curación de distintos males. Los médicos hicieron saber las consideraciones sobre las enfermedades presentes y su particular propuesta terapéutica al respecto: "Las fórmulas públicas constituyeron uno de los instrumentos a través de los cuales los facultativos acreditaban su quehacer y del cual no podían valerse quienes carecían de los diplomas correspondientes".

La historiadora Aída Martínez señala que el desarrollo de todas las ciencias, y particularmente de la física, la química y la matemática, incidió en el adelanto de la medicina: Aún ahora, los grandes laboratorios farmacéuticos pretenden adquirir derechos sobre sustancias presuntamente curativas que son originarias de nuestro territorio".

Estas recetas tienen un valor histórico, y aunque todavía hay ancianos que creen que la gente se muere por una de las tres C: catarro, curso (diarrea) o cuerazo (golpe), a nadie se le ocurre, como dice Santiago Díaz, enterrar a alguien hasta el cuello para que expulse malos humores.
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