Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2002/12/07 00:00

Bajo control

Las nuevas terapias biológicas y otras en camino van a lograr controlar la artritis reumatoidea.

Imaginese un comandante del ejército al que envían junto con un contingente de soldados y un gran arsenal a defender un territorio en problemas. Cuenta con la información necesaria para localizar y atacar al supuesto enemigo y cuando llegan al lugar el general ataca a diestra y siniestra con su tropa hasta diezmarlo. Pero, ¿qué sucedería si la información de inteligencia está errada y el ataque es en vano? Algo parecido le sucede al organismo con la artritis reumatoidea. En este caso el general es el TNF, también conocido como factor de necrosis tumoral, que hace parte de la tropa del sistema inmunológico para defender al organismo de cuerpos extraños. En este caso no existe ningún enemigo pero por alguna extraña razón -los expertos sospechan que es un problema genético- estos elementos están programados para atacar cuando y donde no hace falta.

La artritis reumatoidea no es la más frecuente de las enfermedades reumáticas pero sin duda es la más severa pues puede inhabilitar a sus víctimas y dejarlas postradas en una silla de ruedas. Se estima que 11 por ciento de los colombianos la padecen y esta cifra aumentará en la medida en que la población también lo haga. Al igual que un bombardeo en tierra firme, este ataque del sistema inmunológico causa muchos estragos pues es una enfermedad progresiva, degenerativa y sin cura. Al principio hay dolor e inflamación en las articulaciones de los dedos de las manos y pies, pero con el tiempo -debido al constante ataque- puede dañar el cartílago y dificultar el movimiento normal de una persona. Esa es la historia de Richard Shirley, un hombre de 52 años que cuando tenía 35 comenzó a tener síntomas de la enfermedad. "Me dolían las rodillas, la espalda, no podía doblar las piernas para meterme en el carro, ni bajar las escaleras", le contó a SEMANA. Hace unos años la única alternativa que tenía alguien como Richard era aliviar los síntomas con medicamentos antiinflamatorios, como ibuprofeno y aspirina, pero tuvo que dejar de tomarlo por los efectos secundarios.

"Llegué a tomar 18 aspirinas diarias y terminé con un sangrado horrible", comenta. Sus médicos le prescribieron cortisona, antimaláricos y sales de oro, todos con muchos efectos secundarios, y por lo tanto, con un uso limitado. Otra sustancia conocida como metotrexate era, y aún lo sigue siendo, el tratamiento estrella porque ayuda a controlar la acción del sistema inmune y no sólo los síntomas. También llegaron los inhibidores de Cox-2, unos antiinflamatorios que protegían el estómago y que por ser más seguros se podían suministrar por más tiempo. Pero aún así el panorama de la enfermedad era muy duro. "Era terrible ver a los pacientes y saber que no teníamos nada para detener la enfermedad", afirma el médico Rafael Valle, jefe del servicio de reumatología e inmunología del Hospital Militar. "Se les daban unos medicamentos a los pacientes y al mes uno les preguntaba, ¿cómo están? y contestaban: 'peor'. Así era siempre".

En 1998, sin embargo, la historia de esta enfermedad cambió. Ese año Laboratorios Wyeth lanzó un medicamento que bloqueaba la acción del TNF, el errático general de marras que dirige la intervención inmunológica en las articulaciones. Luego Schering Plough apareció con otra versión de este mismo principio. Ahora en espera de aprobación de la FDA se encuentra una nueva molécula que, a diferencia de las dos anteriores, es totalmente humana, lo cual supone una ventaja adicional pues al no tener elementos de ratón el organismo la acepta mucho mejor. "Cuando tiene elementos extraños puede haber una reacción de rechazo", explicó Steven Fishkoff, director de proyectos globales de Laboratorios Abbott, los que desarrollaron esta última versión.

El nuevo medicamento, conocido como adalimumab, es un anticuerpo monoclonal que actúa de manera precisa, interviniendo a una proteína receptora del TNF. Por eso es más segura y efectiva aunque debe suministrarse con cautela. Como se trata de un inmunosupresor el paciente debe estar muy vigilado por su médico para que en caso de infecciones o de tuberculosis se suspenda el tratamiento. Pero en estudios clínicos comparados con el metotrexate ha demostrado ser igual o mejor que el tratamiento estándar. "Esto hace pensar que este tipo de terapias biológicas en un futuro no muy lejano será la regla de oro", afirma Carlo Vinicio Caballero, presidente de la Asociación Colombiana de Reumatología.

Un paciente que antes debía tomar hasta cinco medicamentos diferentes ahora sólo tiene que inyectarse cada dos semanas el fármaco y la ventaja es que con estas nuevas moléculas no sólo se controlan los síntomas sino el progreso de la enfermedad. "Es una nueva era. Hoy los pacientes pueden vivir con una calidad de vida aceptable", dijo Bruce Beutler, del departamento de inmunología del Scripps Research Institute en la Jolla, California, quien participó en el aislamiento y clonación del TNF.

Estos medicamentos son muy costosos y requieren que los médicos hagan un buen diagnóstico para ver cuáles pacientes deben beneficiarse de ellos. Es necesario promover una campaña para la detección precoz de la enfermedad, cosa que no siempre es fácil pues la artritis se confunde a menudo con inflamaciones pasajeras. Lo más seguro es que sigan produciéndose buenas noticias. El auge de la investigación sobre la genética de la enfermedad y el bloqueo de los procesos inmunológicos que suceden para provocarla son los mejores augurios.

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