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| 4/20/1987 12:00:00 AM

CIERTAS HIERBAS

Investigación antropológica revela que los curanderos tienen más pedido que los médicos de bata blanca.


Tal vez parezca mentira que en el altiplano cundiboyacense --incluida Bogotá, por supuesto--es mayor el número de consultas con curanderos y brujos que con médicos. Pero las investigaciones así lo demuestran.

El antropólogo Carlos Ernesto Pinzón, vinculado desde hace varios años al Instituto Colombiano de Antropología, y su esposa, la sicóloga Rosa Suárez, profesora de la Universidad San Buenaventura y del Instituto de Sofrología, han venido estudiando desde 1973 la problemática y el entorno sociocultural del curanderismo en Bogotá y las regiones aledañas, y los resultados son realmente sorprendentes. Se ha llegado a establecer, por ejemplo, que en esta región existen 70 tipos de curanderos, clasificados según los rituales que practican. Y eso que charlatanes como el Indio Amazónico o la Profesora Remediana escapan a este listado de miles.

Su trabajo comenzó con la búsqueda de una caracterización social para la esquizofrenia, motivados por el gran número de locos que deambulan por las calles de Bogotá. Fueron más de dos años en los que se dedicaron a visitar quince hospitales siquiátricos, hasta establecer que en Colombia no se enfoca el problema atendiendo a la idiosincrasia que nos caracteriza. "Cuando logramos vencer la enorme barrera de las batas blancas--comenta Pinzón--y pudimos crear un clima de amistad con los enfermos, nos sorprendimos al saber que aproximadamente el 45% decía haber sido embrujado, a la vez que negaba padecer cualquier síntoma de locura".

Pero aunque su estudio los ha llevado a una toma de conciencia respecto a los conocimientos no académicos, por otro lado, desde la Academia Colombiana de Medicina, el doctor José Francisco Socarrás considera que debe acabarse con este tipo de prácticas relacionadas con el curanderismo y la brujería, y más bien debe ampliarse la cobertura de los servicios de salud y ofrecer completa educación al respecto desde la primera edad.

Se tomaron tan en serio su papel, que durante varios años estuvieron conviviendo con cuidanderos. Tuvieron que ingerir bebidas alucinógenas para la adivinación, aprendieron a leer la mano, y llegaron hasta el Valle del Sibundoy, en el Alto Putumayo, en busca de los auténticos chamanes. Sólo después de pasar por estas duras pruebas, con la única intención de descubrir la verdad, pudieron emitir un juicio a conciencia.

Pero aún siguen investigando. Su propósito es rescatar aquellos campos del conocimiento que los indígenas dominan. "Lo que ocurre--afirma María Clemencia de Jara, otra antropóloga vinculada con el estudio--es que hay muchos científicos cerrados a todo lo que tenga visos de indígena. Pero ellos manejan mejor que nadie el medio ambiente. Conocen al dedillo los secretos de las plantas medicinales".

Lo que sí es cierto es que entre tanto curandero, se desliza uno que otro charlatán que aparenta tener poderes del más allá, para sacarle plata a la gente sin ninguna consideración. No en vano la Procuraduría General de la Nación emprendió la campaña "Por la salud mental del pueblo colombiano", que ha llevado al cierre de 25 establecimientos de este tipo, y a la reducción de los espacios radiales en los cuales difundían sus labores. El programa responde a una sana preocupación del sector médico, en pro de que esta especie de hechiceros-explotadores no se valgan de la ignorancia de la gente para confundirlos y engañarlos.

¿Cómo reconocerlos? Una diferencia básica es que los curanderos no se anuncian en la prensa. No necesitan hacerlo. Su publicidad consiste en que quien ha sido bien atendido y tiene éxito en el tratamiento, le cuenta a los demás.

Hay que tener en cuenta que nuestros aborígenes realizaron un excelente estudio de las plantas medicinales. Es el caso de la cultura Inga, que habita el Valle del Sibundoy, en el cual, por sus características climáticas y por la fertilidad de sus suelos, desde tiempo inmemorial confluía la gente de los alrededores en busca de una cura para sus enfermedades. Los inganos poseen tradición de curanderos, y en la actualidad son visitados constantemente por aprendices de todo el país, e incluso de afuera. Entre las diversas plantas que utilizan para el tratamiento de enfermedades, destaca el yagé, una enredadera con poderes alucinógenos que permite conocer la etiología de los males, a la vez que produce extrañas sensaciones de felicidad o tristeza a quien la ingiere. Así mismo, poseen plantas para cada padecimiento: el arrayán contra el reumatismo; la flor azul para las infecciones; en caso de almorranas, el borrachero; la cola de caballo para las úlceras... y a tal punto llegan sus conocimientos, que poseen incluso una planta anticaspa. Se trata del armanga yuyú.

Pero el curandero del altiplano, antes que botánico, debe ser un sicólogo excelente. Además, debe conocer la forma de pensar que tipifica cada región. La concepción de las enfermedades cambia con la geografía. No es lo mismo un mal de estómago en Boyacá o en la Costa. Lo que para uno puede ser una simple parasitosis, para el otro puede significar una hechicería. Y el curandero debe conocer la diferencia, y atenderlo de acuerdo con sus creencias, aunque a ambos termine dándoles el mismo laxante.

Algunos van por suerte para el amor, otros abogan por el éxito en sus negocios, hay quienes buscan deshacerse de maleficios..., pero la mayoría persigue la cura para sus enfermedades orgánicas, y paga con gusto los dos mil pesos que vale la consulta. Además, cree que le ha resultado más económico que ir donde un médico. Pero luego vienen los baños, las plantas, los rezos, y al final no sale tan barato como se creía. Y aunque el fuerte del negocio, cuando es verdadero, son los tratamientos a base de plantas medicinales y de bebidas homeopáticas, el medio exige que también se atiendan las consultas de prestidigitación y de brujería.

Claro que de ahí se ha degenerado al extremo de la cartomancia por computador, los baños de suerte que valen miles de pesos, y toda una gama de pócimas y bebedizos para exorcizarle la plata a los bobos. ¿O será que el nomeolvides, la cuna de amor, el ámalesiempre o el amansaguapos --para citar sólo unos pocos--, en realidad poseen la magia para hacer efectivo lo que prometen? Bastante dudoso. Sobre todo si las promesas vienen de falsos chamanes como el Indio Amazónico, que a la postre no resultó ni indio, ni amazónico. Porque lo cierto es que Luis Rueda Hernández, que así se llama, es un ex agente de la Policía oriundo de San Vicente, Santander. Y a pesar del engaño, entre las plumas y las calaveras que abundan en su consultorio, aparece fotografiado al lado de personajes de la talla de los ex presidentes Turbay Ayala y Lleras Restrepo. ¿Realidad o fotomontaje?

E, infortunadamente, el hecho de que al lado de los reales hayan surgido con tanto éxito los charlatanes, ha impedido que la ciencia médica intente tomar algunos de sus conocimientos sin sonrojarse. El doctor Alberto Hernández Sáenz, miembro de número de la Academia Colombiana de Medicina, afirma que "tradicionalmente ha existido un divorcio entre la medicina científico-académica y la practicada por los curanderos de las tribus. Yo creo que la mayoría de los médicos son totalmente escépticos respecto al curanderismo. Pero ambas tienen valor. En los indígenas hay familias de tradición, y no todos pueden llegar a ser curacas. Lo cierto es que deben existir principios activos en las yerbas, que nosotros ignoramos. El curare, por ejemplo, que usaban los indígenas en las flechas para paralizar a la gente, sirvió como base para los primeros relajantes musculares que se utilizaron en cirugía. La misma aspirina era extraída de sustancias que contiene el sauce. Admirable sería, pues, la integración científica e investigativa de las dos medicinas".

Sin embargo, según los antropólogos de la investigación, la medicina no necesita unirse desde dentro. "La gente se encarga de integrar la ciencia a su antojo, según su experiencia le diga a dónde debe acudir. Y sin el temor de ir hoy donde un galeno, y mañana donde un chamán".
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