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| 12/4/1989 12:00:00 AM

Con mala leche

A los bajos precios se suma ahora la mala prensa médica para el café.

El café: quizás ningún otro producto ha sobrevivido tanto tiempo a la sospecha de la ciencia médica norteamericana. Y quizás tampoco ningún otro ha logrado mantener su inocencia frente a las tercas hipótesis de la misma. Durante los últimos 25 años, el café ha sido sometido a una andanada de especulaciones de laboratorio, formuladas por quienes piensan que el hecho de pertenecer a la dieta tradicional de los estadounidenses, lo hace proporcionalmente responsable de sus enfermedades.
"Si el café no hace daño, debería hacerlo", aseguran hoy todavía sus perseguidores, que desde los años sesenta vienen señalándolo como presunto provocador de problemas cardiovasculares, cáncer, hipertensión, defectos congénitos, tumores en el seno, altos niveles de colesterol y otras preocupaciones mortales. Exonerado de manera científica en cada caso, el pobre café no ha podido sortear con igual suerte el factor publicitario en contra suya y su consumo ha descendido un 33% desde entonces entre los prevenidos norteamericanos.
Desde tiempos legendarios, el café ha producido alteraciones en el estado de ánimo de las personas que con una o dos tazas de café parecen sentirse más rápidos e inteligentes y desde épocas tan remotas la incipiente medicina árabe, por ejemplo, aseguraba que podía llegar hasta a causar lepra si se mezclaba con leche. El siglo XVII, en cambio, magnificó sus virtudes. El café, según los galenos de entonces, lograba curar la hipocondría, la hidropesía, el escorbuto y la gota.
Con seres humanos y con ratas, los de alguna manera perseguidores del café no han podido demostrar que hay alguna relación entre el consumo del producto y los abortos o los bebés que nacen con defectos. "No hay evidencia concluyente de que existe un sólo riesgo, pero los médicos recomiendan que se limite la ingestión de cafeína durante el embarazo" dice la doctora Kate Ruddon, de la Universidad Americana de Obstetricia y Ginecología.
Pero la ojeriza sigue. En 1986 un estudio realizado por científicos de Baltimore alcanzó repercusión en toda la prensa norteamericana al indicar que quienes bebían más de cinco tazas de café al día corrían tres veces más el riesgo de desarrollar enfermedades coronarias. Pandemonium por prensa, radio y televisión. Al poco tiempo, los críticos cayeron encima del estudio por no haber tenido en cuenta otras variantes tan o más importantes que el café. Se sabe, por ejemplo, que la tensión aumenta los riesgos coronarios y que las personas bajo tensión tienden a tomar más café, pero es claro que aquí este producto no es causa sino consecuencia de la tensión nerviosa. Sin embargo, el daño publicitario al café ya estaba hecho. Es casi una evidencia histórica que las réplicas no ocupan jamás el mismo lugar de las primeras acusaciones en la prensa.
La cosa no paró allí. En mayo del presente año, otro estudio, realizado esta vez por especialistas del Framingham Heart Study que habían observado durante 20 años a unos 6 mil bebedores de café, no encontró aumento de riesgos coronarios o cardiovasculares entre ellos. Es más, y a favor del cafecito, 717 de esas personas ya sufrían del corazón y la bebida no había empeorado en un tris su estado de salud.
Después aventuraron otra hipótesis: que la cafeína podía elevar levemente la presión arterial de la gente que no estaba acostumbrada al producto. Entonces los estudios demostraron que la cafeína no se encontraba asociada con una presión arterial alta o con frecuencias más marcadas de hipertensión, que la atención y el control de otros factores en el estilo de vida, como la cantidad de sodio ingerida, por ejemplo, resultaba más determinante y más necesaria de estudiar que la de la cafeína.
Otro estudio de escándalo fue el realizado en Noruega y que aseguraba haber encontrado cómo los adictos al café tenían niveles de colesterol un 14% más altos que todas las demás personas. Pero lo que el estudio nunca hizo público fue que para ellos las personas normales bebían 5 tazas de café al día, mientras los adictos se tomaban 9. Además, que en Noruega la gente prepara el café en olla y este método produce 5 veces más cafeína que los demás. En Estados Unidos el café es instantáneo o filtrado y no afecta los niveles individuales de colesterol.
La paranoia de las enfermedades amenaza con enfermar más a los norteamericanos. El siguiente es, traducido, un párrafo de una crónica que publica esta semana una revista sobre el café.
"Esto es lo que le pasa a su cuerpo cuando usted se toma una taza de café: minutos después del primer sorbo, un sacudón de cafeína entra a su corriente sanguínea y la activa unos 15 ó 45 minutos. Algunos de los vasos sanguíneos de su cuerpo se expanden, mientras los de su cerebro se encogen, su presión arterial y los latidos de su corazón aumentan, su estómago secreta más ácidos y sus rinones más orina. Los estados mentales que acompañan estos cambios fisiológicos van desde el estar alerta y la sensación de bienestar hasta el nerviosismo la ansiedad y el insomnio que debe durar entre cinco y diez horas...".
Dicho en ese tono y utilizando ese microscopio narrativo resulta difícil tomarse siquiera un vaso de agua. A la guerra de precios y cuotas se suma, en aras de la salud, la avalancha de informaciones de este tipo que alimentan los diversos mitos surgidos de tiempo atrás acerca de los efectos nocivos de la cafeína en el organismo. Esto ha convertido al café en uno de los productos alimentarios que más tiempo ha estado en la mira de los expertos durante la última década. Pero la verdad es que la mayoría de los mitos tiene más que ver con tácticas de mercadeo que con una base científica.
El último término acuñado alrededor de la cafeína es el de la adicción. Otra reciente publicación gringa responde así a la pregunta ¿Es usted adicto a la cafeína? "Intente descafeinarse por unos días. Si el resultado es una sensación de náuseas, dolor de cabeza, nerviosismo e irritabilidad, usted se ha convertido en un adicto".
Y para ayudar a los cafeinoadictos a quitarse el hábito de encima enumeran la interminable y consabida lista de efectos nocivos. Pero lo cierto es que la cafeína no es un adictivo, según lo afirma la mayoría de los expertos. Algunas personas que han consumido grandes cantidades de productos con cafeína (como el té, las gaseosas, el chocolate y ciertos medicamentos), y que luego han tratado de reducir tal consumo, han descrito efectos temporales que incluyen dolores de cabeza, irritabilidad y nerviosismo cuando su consumo diario fue reducido rápida y sustancialmente.
Mientras hoy instituciones científicas y especialistas de Estados Unidos están por lo menos de acuerdo en que "el café no será tan limpio como el agua, pero no tan malo como el cigarrillo" o que "su consumo moderado no presenta riesgo alguno", más de uno está pensando ya por debajo de cuerda y en lenguaje popular, que si no se trata de una vil persecución al producto por parte de la ciencia médica, resulta más difícil cada vez poder descartar en la obstinación de esas acusaciones contra el café el inequívoco y sostenido ejercicio de cierta "mala leche".
CAFEINA: NO SOLO EN EL CAFE
Café decafeinado* 1-5 mg
Café elaborado y percolado* 40-170 mg
Café preparado por goteo* 60-180 mg
Café instantáneo* 30-120 mg
Té preparado* 20-110 mg
Te instantáneo* 25- 50 mg
Cocoa* 2- 20 mg
Muchas gaseosas** 30- 58 mg
Drogas adelgazantes, diuréticos y
estimulantes 100-200 mg
Analgésicos 32-100 mg
Remedios contra la gripa y
alergias 16- 30 mg

* Taza de 5 onzas
** Servicio de 12 onzas mg.
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