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| 8/15/1988 12:00:00 AM

HOSPITAL DE GUERRA

Los médicos de Urabá, víctimas anónimas de la violencia de la región.

Muchos han sido los estudios que se han hecho sobre el drama político y social de la zona de Urabá, una región del país donde la protagonista es la violencia. El desarrollo económico allí marcha parejo con un proceso de desestabilización que no parece tener ningún parangón con otras regiones del país.
Sin embargo, muy pocos se han detenido a pensar sobre la situación personal y emocional de un grupo social que, en razón de su oficio, siente como ninguno el impacto de la violencia, porque está conformado por los trabajadores que deben encargarse de curar las heridas de las víctimas. Se trata del personal de médicos y enfermeras quienes deben, en medio de su actividad cotidiana, convertirse en verdaderos chivos expiatorios de una situación que no han propiciado y tampoco pueden remediar.
El Servicio Seccional de Salud de Antioquia, en asociación con el Hospital San Vicente de Paul, la Universidad de Antioquia y la Fundación Fulbright, terminó recientemente una investigación que evalúa algunos indicadores de la salud mental del personal vinculado al servicio oficial hospitalario en todo el departamento.
Para el caso de Urabá la situación es dramática. El índice de las variables estudiadas es mayor que en las otras regiones. La ansiedad entre los trabajadores de la salud es del 54.5%.
En cuanto a la depresión, también la hallada en Urabá es muy alta: 44%, que es igual a la que padecen sus colegas del San Vicente de Paul en Medellín, considerado un hospital de guerra, porque dedica el 80% de su capacidad de servicios a atender los heridos de la violencia en la capital antioqueña, que en una noche de sábado superan fácilmente el centenar.
Tal vez ligado a lo anterior, se encontró que en Urabá el consumo de alcohol por parte del personal médico es también superior al promedio, que en todo Antioquia tiene estas características: de cada cien médicos, 13 son alcohólicos y 7 están en el límite de alto riesgo.
Y en algo que, como se dice, Urabá muestra el "cobre", es en las respuestas que su personal médico y paramédico dio a esta pregunta: ¿Se ha sentido agredido política e ideológicamente? El 28% respondió que sí, tasa que duplica a la tercera parte de las otras regiones antioqueñas.
Otra respuesta que mueve a la reflexión, fue la que el personal médico de Urabá dio a esta pregunta: ¿Salvaría usted voluntariamente la vida a un ejecutor de actos homicidas? Se supone que un médico ha hecho el juramento de Hipócrates, que lo obliga éticamente a salvar la vida de cualquier ser humano. Pero en Urabá, 40 de cada 100 respondieron que voluntariamente no lo harían, y es una tasa superior, por mucho, a las de otras regiones antioqueñas. La más cerca, 32 de cada 100, se encontró en la Comuna Nororiental de Medellín.
Al ser por primera vez medidos, estos indicadores de la salud mental del personal médico de Urabá muestran, con la frialdad del dato estadístico, una delicada situación. Pero oyendo hablar a uno de los médicos del Hospital Regional de Apartadó, el problema adquiere una dimensión humana. Si quien llega es un guerrillero, por ejemplo, el médico queda en la indecisión, pues si lo informa va a tener problemas con la guerrilla y si no lo hace el lío es con el Ejército, y eso sucede cada rato. Cuando no es que los sicarios se meten hasta el propio quirófano a rematar a una persona que habían dejado herida. Por eso, y por el mismo volumen de heridos que tienen que atender (hay dos cirujanos, cuando lo normal es uno, y el médico forense no trabaja medio tiempo como en todas partes sino 8 horas, o más), esa espontaneidad que suele caracterizar la relación entre las personas que trabajan en un hospital, en el de Apartadó no existe.
Hay momentos en que la agresión es directa, en forma de amenazas o de atentados. Se supo que un odontólogo y una enfermera de Turbo y Chigorodó debieron ser trasladados recientemente por amenazas. Y el 3 de diciembre, día que los médicos celebran su fiesta clásica, se produjo un grave atentado contra un grupo de especialistas que departía en un establecimiento público. Tres fueron heridos a bala y las razones de ese atentado no se supieron. Sólo las versiones, como siempre, que el atentado era contra el secretario de salud y que se salvó porque no había llegado, que era contra el médico de Carepa que estaba en el grupo y tenía amenazas y deudas pendientes, y la tercera versión: que se trataba de un lío de faldas de uno de ellos.
Pero con todo eso, los médicos de Urabá padecen también de ese embrujo que tiene la zona: el que llega se apega y después no quiere salir. Esa es una de las paradojas de la región. El 96% de los encuestados respondio que está satisfecho con su trabajo.







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