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| 4/4/2004 12:00:00 AM

Los salva corazones

Un entrenamiento busca que siempre haya alguien que trate de inmediato al infartado.

Contrario a lo que se cree, no son los médicos quienes atienden de primera mano a quien sufre un infarto. En la primera hora, el 90 por ciento de estos casos los debe lidiar un familiar, o amigo del enfermo, quienes por lo general no tienen la menor idea de qué hacer. En esos momentos se pierde tiempo precioso pues no es el tamaño del infarto el que mata sino los cambios en el ritmo cardíaco, que suceden en la hora siguiente al primer síntoma. El más grave es la fibrilación ventricular, pues en este ritmo el corazón late tan rápido que no alcanza a contraerse y a bombear sangre al organismo. La persona pierde el conocimiento y cae al piso. Cuando esto sucede hay que actuar muy rápido. Se calcula que una persona que está fibrilando tiene 10 minutos de vida. Para sobrevivir necesita un aparato conocido como desfibrilador que le restablezca la frecuencia cardíaca. Pero estos aparatos casi siempre se encuentran en los hospitales.

Según estadísticas, en Estados Unidos se presenta un paro cardíaco por cada 18 partidos de fútbol donde asisten 100.000 adultos que permanecen cinco horas en el estadio. En una empresa de 200 empleados, uno va a tener un infarto en cinco años. En Colombia no hay estadísticas tan precisas pero cada día se sabe de un adulto que estaba jugando tenis y sufrió un ataque o de un niño que estaba sano, estudiando en su colegio y murió por esta causa. En el mundo, 500.000 personas fallecen por muerte súbita al año.

La American Heart Association -AHA- propuso como solución un curso para que todas las personas reciban entrenamiento sobre cómo reanimar a alguien con infarto. "Se basa en el principio de que la comunidad debe convertirse en una unidad coronaria primaria", dice José Fernando López, cardiólogo del Hospital San Ignacio, en Bogotá. El curso se conoce como Salvacorazones y dura cuatro horas. Se les enseña a los participantes a dar respiración boca a boca, hacer masaje cardíaco y a practicar maniobras para revivir al paciente. También se enseña a usar desfibriladores, esos aparatos de dos paletas que se colocan en el pecho y que provocan una descarga eléctrica. "El desfibrilador cuenta con un programa sencillo que indica lo que se debe hacer", dice.

AHA también propuso colocar estos aparatos en lugares de alta concurrencia como edificios públicos, centros comerciales y aviones. Con estas dos propuestas, si una persona sufre un infarto en un aeropuerto siempre habría un desfibrilador a mano y alguien que sabe cómo usarlo. "La idea es que le dé soporte a la persona mientras llega la ayuda. La llamada al 125 sigue siendo crucial", dice el cardiólogo Efraín Gómez. En el hospital se le puede disolver el coágulo con medicamentos trombolíticos o con la angioplastia.

En Bogotá, la fundación Precardia, la Universidad Javeriana y la Universidad del Bosque realizan estos cursos. En Cali, el programa está a cargo de la Fundación Salamandra.

Los estudios para probar la efectividad de esta campaña son positivos. Uno publicado en The New England Journal of Medicine en 2002 mostró que 11 de 18 reanimaciones en el aeropuerto O'Hare fueron realizadas por personas comunes que habían recibido las instrucciones en pantallas de video. Los expertos en Colombia creen que es muy importante educar a la población frente a este tema e instalar estos aparatos en sitios públicos. En Bogotá sólo existen dos desfibriladores en lugares diferentes a hospitales, uno en el centro deportivo de la Universidad Javeriana y otro en el Banco de la República. "Todavía está en pañales pero es un programa de educación muy importante para una sociedad", afirma Gómez. Un obstáculo es la financiación de los cursos y el costo de los aparatos, que es de unos ocho millones de pesos. "Es una inversión en prevención, como los extintores", argumenta López.

Así como hay que atender el incendio donde ocurre, una persona con un infarto debe empezar a manejarse de inmediato en el sitio donde sucede. Como lo más probable es que no haya un médico a la mano, un compañero o un amigo puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Contacto

Dr. José Fernando López

jlopez_castrillon@hotmail.com
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