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| 5/4/1987 12:00:00 AM

SALVESE QUIEN PUEDA

El virus del SIDA invade peligrosamente a Colombia

Hace dos años, cuando explotó el SIDA como escáñdalo mundial, los colombianos miraban con una mezcla de curiosidad y morbo lo que consideraban una "enfermedad de moda" como hace algún tiempo el herpes, o un problema de "maricas gringos".
Fuera de este grupo, no sólo en Colombia sino en todo el mundo, inicialmente se consideraba que la enfermedad estaba circunscrita a lo que se denominó las cuatro "Hs": homosexuales, heroinómanos, hemofílicos y haitianos. Gradualmente, sin embargo, se fue haciendo evidente que era necesario incluir otra H: la de los heterosexuales. Esto, en la práctica, significaba todo el mundo. Curiosamente, de ese todo el mundo se habían sentido excluídos los colombianos.
Ahora, lamentablemente, están saliendo a flote nuevas revelaciones que demuestran que el SIDA ha llegado a] país para quedarse. En sólo 18 meses, el número de casos ha pasado de tres a 59 confirmados. Esta cifra podría parecer insignificante en un país donde mueren 200 niños diariamente por causas controlables. Sin embargo, como lo han comprobado los otros países que minimizaron la amenaza al principio, el fenómeno tiene una dinámica irreversible y multiplicadora, cuyo potencial tiene características de hecatombe. Primero en Estados Unidos, luego en Europa y más tarde en países como Brasil, Uganda, Ruanda y otros del Tercer Mundo, de la indiferencia inicial se pasó a la preocupación y de ésta a la actitud actual que raya casi en el pánico.
Y no es para menos. Los casos documentados en el mundo han saltado de 471 en 1982 a 41.919 hoy. Esta cifra, sin embargo, no ilustra la magnitud del problema, pues la amenaza del SIDA no radica en las miles de personas que saben que lo tienen, sino en los millones que lo tienen y aún no lo saben.
Se ha podido establecer que el virus del SIDA puede durar hasta diez años en el organismo sin manifestarse en forma alguna. Los científicos norteamericanos calculan que entre los casos documentados (aquellos registrados ante una autoridad médica) y los portadores latentes, puede llegar a haber una proporción hasta de cincuenta a uno. En otras palabras, si en Estados Unidos hay 32 mil personas con la enfermedad, esto puede significar que un millón y medio están infectadas sin saberlo.
No es aún seguro que este millón y medio de portadores latentes llegarán a contraer el mal. En 1982 se calculaba que de cada 100 personas portadoras del virus, 20 llegarían a morir del síndrome y el resto simplemente vivirían con él en forma aparentemente inofensiva. Con el transcurso del tiempo ese porcentaje ha ido aumentando hasta el punto de que hoy es del 35 por ciento. Esta tendencia al ascenso ha llevado a los investigadores a pensar que en los próximos diez años, las cifras pueden llegar a confluír y todos los infectados, latentes o no, morirán de SIDA. Esto quiere decir que en Estados Unidos andan sueltas un millón y medio de personas y muchas más en otros países, que diariamente están contagiando a alguien sin saberlo.
EFECTO MULTIPLICADOR
El contagio tiene una progresión geométrica aterradora que hace que en un período de cuatro a seis meses, el número de afectados se duplique. Para entender el potencial de una progresión geométrica, no es sino pensar en el famoso cuento de que si se coloca un grano de arroz en el primer cuadro de un tablero de ajedrez y se va duplicando sucesivamente de cuadro en cuadro, al llegar al último habrá más de 18 trillones de granos de arroz. Proyectando esta inevitable realidad matemática al caso del SIDA, el epidemiólogo colombiano Germán Fernández estima que, como van las cosas, para el fin de siglo mil millones de personas pueden llegar a estar contagiadas del virus del SIDA. Aunque no hace pronósticos cuantitativos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) corrobora la gravedad de la amenaza al haberla declarado, a finales del año pasado, "emergencia sanitariá mundial".
Aunque estas proyecciones matemáticas eran previsibles desde que se descubrió el virus, la convicción de que la ciencia moderna inevitablemente produciría en pocos años una vacuna, y de que la enfermedad iba a mantenerse circunscrita a homosexuales y drogadictos principalmente, dejaba la sensación de que el SIDA era un problema limitado en su contagio y remediable a corto o mediano plazo. Estas dos esperanzas se han ido desvaneciendo gradualmente. La vacuna contra el SIDA, que inicialmente se pensó se podría obtener en tres o cuatro años, ha resultado más compleja y difícil de obtener que cualquier previsión original.
Al respecto, C. Everett Koop, secretario de Salud de Estados Unidos, afirmó que "será casi imposible descubrir una vacuna antes de finalizar el siglo. Si tomó 19 años desarrollar la vacuna contra la hepatitis B, de la cual conocíamos el virus, será mucho más difícil encontrar la vacuna contra el SIDA, cuyo virus es mucho más complicado que aquel".
LA CUADRATURA DEL CIRCULO
El principal obstáculo que enfrentan los científicos, es que además de que el virus tiene una composición química inestable, se presenta en gran variedad de cepas mutarites, con estructuras moleculares diferentes entre sí, por lo que los investigadores no saben aún si todas las clases de virus van a responder a una misma vacuna.
La consecución de un antivirus contra el SIDA plantea, por otra parte, dificultades de tipo ético. Toda investigación de esta naturaleza, debe llegar a un punto en el que se experimente con seres humanos. Ante la gravedad del riesgo, cabe preguntarse qué tipo de seguridades podrían recibir los voluntarios para las pruebas. Pero, además, como se trata de una enfermedad cuyo medio de transmisión es conocido, y contra el cual los "conejillos de Indias" estarían tomando las precauciones correspondientes, ¿cómo se determinaría, entonces, el efecto real de la vacuna? Lo contrario, sería como decirle a los voluntarios que buscaran deliberadamente la enfermedad, lo que reñiría con las más elementales normas éticas y aun de sentido común.
Se trata de un dilema que el investigador francés Dani el Zagury resolvió de una manera radical: se inoculó así mismo el proyecto de vacuna que se encuentra desarrollando, en un gesto que fue registrado por la prensa mundial.
Si la vacuna está lejos, el descubrimiento de una droga que cure a los infectados, no lo está menos. Hasta ahora se cuenta tan sólo con la Azidotimidina, llamada comercialmente retrovir, cuyos efectos son temporales y no en todos los casos. Las investigaciones avanzan a un ritmo angustioso, pero no se ve aún la luz al final del túnel .
De otra parte, la creencia original de que el síndrome se limitaba a ciertos sectores de la sociedad, principalmente de homosexuales de alto grado de promiscuidad y de drogadictos por vía intravenosa, ha quedado desvirtuada. De hecho, según pudo comprobarlo la OMS, la transmisión heterosexual ha sido la modalidad más común de propagación en Haití y en los países africanos que, como Zaire, Ruanda y Burundi, han sido los más afectados en el mundo. En Ruanda por ejemplo, el 18% de los habitantes de la capital, Kigali, tienen el síndrome. Allí, la relación numérica es de un hombre por cada 1.2 mujeres infectadas. Esto, a su vez, implica otra vía de contagio que adquiere poco a poco mayor importancia: la transmisión de las mujeres embarazadas a sus hijos, la cual puede darse durante el período de gestación o en el momento del parto.
Contrariamente a lo que sucede en Africa, en los países occidentales, por razones que no han podido determinarse hasta ahora, la enfermedad se ha concentrado en las comunidades homosexuales. Sin embargo, aunque aún el número de personas infectadas heterosexuales es muy bajo (4%), las perspectivas hacia el futuro no permiten mayor optimismo. En palabras de C. Everett Koop, secretario de Salud de Estados Unidos, el SIDA se está introduciendo en la comunidad heterosexual. "Tal como lo vemos hoy en día, el SIDA mismo se incrementará en nueve veces de aquí a 1991, pero la incidencia de los heterosexuales crecerá veinte veces en el mismo período".
El principal puente por el que está pasando el virus del mundo homosexual al heterosexual, es el hombre bisexual. Al respecto, el New York Times del viernes tres de abril titula en primera página: "El hombre bisexual: terror del SIDA para las mujeres". En Colombia hasta el momento, el porcentaje de heterosexuales contagiados es muy similar al de Estados Unidos: 3.5%. Pero al igual que en ese país y por las mismas razones, se cree que será el grupo de mayor crecimiento para los próximos años.
Es, pues, un problema que atañe a toda la población mundial, y especialmente a la sexualmente activa. Como dice el epidemiólogo Germán Fernández, "puede tratarse de la epidemia más desastrosa en la historia de la humanidad ".
TAPANDO HUECOS
La OMS, dentro de sus esfuerzos por controlar el fenómeno, ha considerado necesario crear un programa específico contra el SIDA. Su director, doctor Jonathan Mann, ha declarado recientemente que el número de casos que se conocen en el mundo, solamente son la punta del iceberg. Según él, "noventa y un países han declarado un total de 40.638 casos de SIDA, de los cuales 30 mil en Estados Unidos y 4.542 en Europa. Esta seguramente es una subestimación, sobre todo si se tiene en cuenta que existen naciones que no disponen de una infraestructura capaz de detectar y reportar el número de casos".

La situación de Estados Unidos ilustra claramente el crecimiento del problema. Según los registros de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), de un caso registrado en 1979, se pasó a 2.033 en el primer semestre de 1984 y de éste a 32 mil en lo que va corrido del presente año. Esto sin contar con el millón y medio estimado de portadores latentes, cuyo número crece imperceptible y constantemente a las fantásticas velocidades reseñadas.
Poco a poco, los gobiernos del mundo han ido tomando medidas tendentes a controlar de alguna manera la amenaza. Sin embargo, las disposiciones, en ocasiones draconianas, han producido la reacción de algunos sectores afectados que alegan la violación de los derechos humanos. Como el foco de la infección parece provenir fundamentalmente de Africa, muchos gobiernos han dictado normas que, o bien restringen el ingreso de nacionales de países de ese continente, o que obligan a los residentes de ese origen a someterse a las pruebas para determinar la infección, con el riesgo de ser deportados en caso de resultar seropositivos. Algunos observadores piensan que disposiciones de esa naturaleza tratan de tapar el sol con las manos, pues los medios de transporte existentes pueden ya haber diseminado el virus por el mundo entero y el cierre de las fronteras da una falsa sensación de seguridad a los ciudadanos que, entre tanto, ya tienen el problema en su barrio. Países que tradicionalmente mantienen sus fronteras prácticamente cerradas, como Arabia Saudita, ya presentan varios casos documentados de SIDA.
La toma de medidas de esta naturaleza sugiere la desorientación que en todo el mundo es el común denominador acerca del SIDA. Hasta Japón ha cerrado sus fronteras a los sospechosos de estar infectados y exige el porte de un certificado idóneo para ingresar al país. En Alemania, se habla de la instauración de un nuevo Apartheid, que llevaría a una discriminación indebida contra los inmigrantes africanos, que se cuentan por miles. Situaciones como ésta se presentan a todo lo largo y ancho de Europa, en un brote de xenofobia de imprevisibles consecuencias.
SEXO SEGURO
Hasta tal punto el problema del SIDA se ha convertido en prioridad, que, en una actitud absolutamente inusual en la historia de la diplomacia internacional, en la semana pasada, en la declaración conjunta del presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan y el Primer Ministro francés, Jacques Chirac, con motivo de la visita de este último a Washington, se acordó la formación de un frente común de los dos países para combatir la enfermedad, a través de la cooperación y el intercambio de información respecto de las investigaciones que se desarrollan en ambos países.
Hasta ahora, se habían presentado disputas sobre la paternidad del hallazgo del virus, que los franceses atribuyen al doctor Luc Montagnier y los norteamericanos a su Robert Gallo, lo que había llegado a traducirse en un clima de celos profesionales. Pero aún este punto, que en otras circunstancias hubiera generado agrias e interminables disputas, ha quedado relegado a un segundo plano ante la toma de conciencia que han hecho los jefes de Estado sobre la grávedad del problema que tienen entre manos.
Las medidas que los perplejos gobiernos han tomado ante el SIDA reflejan también el profundo cambio de actitud que la lucha contra el síndrome trae y traerá consigo en el futuro. Un ejemplo extremo es la liberación de la venta de jeringuillas desechables, que se ha puesto en práctica en Francia y otros países, y que se debate en Estados Unidos, porque sus detractores afirman que ello puede ser una invitación al consumo de drogas "duras". El tono ha dejado de ser eufemístico y moralista en la mayoría de los países, en donde ya no se habla de abstinencia sexual o de suspensión del hábito de las drogas, sino de "sexo seguro" e higiene en las costumbres.
Como a pesar de la extraordinaria complejidad de la enfermedad, la única protección efectiva que se ha encontrado hasta la fecha es el uso de preservativos, el pasado de moda y desprestigiado condón parece ser la únisa posibilidad de control mientras aparece una vacuna. De allí que los países afectados hayan concentrado sus esfuerzos en la recomendación del uso de ese sistema, el que no solamente se aconseja sino que se promociona a través de los medios masivos de comunicación, para los cuales estaba vedado, caso de Francia, donde por ley hoy es obligación la publicidad televisiva al respecto. Incluso, se ha llegado a instalar máquinas dispensadoras automáticas hasta en las universidades, lo que hubiera sido impensable hace unos pocos años. En busca de llegar directamente a su objetivo, en Francia se han publicado boletines en formato de comic, en los que se trata el problema sin ambages y llamando a cada cosa por su nombre.
En Estados Unidos, el presidente Reagan ha metido brazo en las campañas y, rompiendo un silencio sobre el tema, que los observadores políticos ya le criticaban, ha expedido una declaración que en sí misma es insólita, pues se introduce en campos no asociados con las funciones del ejecutivo, al recomendar a los estadounidenses una determinada línea de conducta en materia sexual: fidelidad y abstinencia.
COLOMBIA EN CIFRAS
Mientras en la mayoría de los países la situación ha derivado de una creciente preocupación a los límites del pánico, en Colombia se ha dado un proceso de concientización lento y pásivo, matizado únicamente por los esfuerzos que hacen algunas organizaciones privadas y por el incipiente trabajo que al respecto adelanta el Ministerio de Salud a través de su División de Epidemiología.
Las cifras colombianas en términos absolutos no parecen alarmantes. Cincuenta y nueve casos registrados, dos muertes al mes y 3.5% de heterosexuales contagiados. Sin embargo, cifras como éstas existían en Estados Unidos hace cinco años, cuando tampoco había alarma nacional sobre el problema que, como en Colombia hoy, se consideraba insignificante y limitado exclusivamente a la comunidad homosexual. En este momento, los países europeos, con un total no superior a los cinco mil casos, ha seguido los pasos de Estados Unidos en su obsesión por evitar la extinción de esta plaga.
Los observadores estiman que las cifras colombianas lo único que significan es que el país se encuentra atrasado varios años en la adopción de medidas eficaces de control, que hasta ahora sólo se hacen a través de las normas de regulación epidemiológica tradicionales, a todas luces insuficientes para manejar un mal de las caracteristicas del SIDA.
Una encuesta comisionada en forma exclusiva por SEMANA y realizada en el trascurso de la semana pasada por la firma Mercadeo y Comunicación, en Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla, entre cuatrocientos cuarenta hombres y mujeres mayores de quince años y seleccionados de acuerdo con las técnicas de muestreo usuales, arrojó datos tan sorprendentes como que todos los entrevistados dijeran conocer el SIDA.
La segunda sorpresa fue que a pesar de que en el país no se ha iniciado ninguna campaña de gran envergadura nacional sobre este problema, el 95% de los encuestados coincidió en señalar que es muy grave el hecho de que el SIDA haya llegado a Colombia. Una tercera sorpresa fue que, en contra de lo que se podría pensar, los encuestados no creen mayoritariamente que el SIDA se circunscriba a homosexuales y drogadictos, que era la impresión inicial -cargada de prejuicios- que se tuvo cuando estalló internacionalmente el escándalo por la aparición de la enfermedad. Sobre este punto, el 74.1% de los entrevistados respondió que cualquier persona puede contagiarse.
La encuesta quiso también averiguar el grado de conocimiento y utilización del preservativo o condón, considerado como uno de los medios más seguros para prevenir la enfermedad. El 87.5% de los entrevistados dijo conocer este método, pero sólo el 31% respondió que lo ha utilizado al guna vez.
Finalmente, la encuesta buscó determinar si los entrevistados habían variado sus costumbres sexuales a raíz de la aparición del SIDA en el país. Tres cuartas partes respondieron que no, lo cual revela que, a pesar de la conciencia de la gravedad del problema, esto no ha implicado mayores cambios por el momento. En este punto es bueno destacar sin embargo, que el porcentaje de persons que reconocieron haber cambiado sus costumbres es mayor entre los hombres (21.3%), que entre las mujeres (7.6%).
CONCIENCIA SIN PRECAUCIONES
En cuanto a los datos registrados a nivel regional se observa por ejemplo la paradoja de que aunque la ciudad más afectada por el SIDA es Bogotá, es precisamente allí donde la gente parece haber cambiado en menor grado sus costumbres sexuales.
Barranquilla, la ciudad donde se detectó el mayor conocimiento sobre la existencia del condón, es la que presenta el menor índice de uso de esos preservativos en las relaciones sexuales. Barranquilla es por otra parte, la ciudad donde se manifiesta el menor grado de conciencia ante el problema, pues sólo el 91% de los encuestados consideró grave la llegada del SIDA a Colombia, mientras en Medellín y Cali ese porcentaje fue de 98 y 97% respectivamente. Cabe resaltar que la ciudad que se llevó las palmas en cuanto a la conciencia sobre la gravedad del problema, fue Medellín.
Aunque como se ve, las encuestas revelan un alto grado de concientización frente al peligro que conlleva, ello no ha significado un cambio de actitud en las costumbres de los colombianos, sobre todo en materia sexual. "El único medio de controlar la epidemia es la educación, en la que no necesariamente deberá tratarse de cambiar las preferencias sexuales ni la moral de las personas, sino de modificar su comportamiento frente a las prácticas sexuales de alto riesgo. No queremos amantes suicidas", dice el doctor Manuel Guillermo Gacharná, jefe de la División de Epidemiología del Ministerio de Salud. Así, se abre paso la idea de que cada vez que alguien se acuesta con una persona, lo está haciendo con todo su pasado. Esto ha llevado a que mucha gente este hoy haciendo un detallado examen de conciencia sobre sus actividades de los últimos cinco años.
Con el concurso de organizaciones de homosexuales como el Grupo Gay de Ayuda, dirigido por el sociólogo Manuel Velandia, el Ministerio inició solamente a partir del año pasado, una serie de campañas de educación que por el momento están dirigidas a este sector, considerado de "factores de alto riesgo". Hoy existe sin embargo, la conciencia de que no se trata de un problema que pueda circunscribirse a ese grupo de la sociedad, y se están diseñando campañas que, de contar con el presupuesto suficienté, podrán hacerse extensivas al resto de la población.
A pesar de ello, en Colombia se tropieza con barreras culturales que impiden un mejor control de la evolución de la epidemia. En palabras del doctor Gacharná, "son muchos los casos de personas que han muerto de SIDA, pero no son reportadas como tales, por la verguenza de la familia generalmente en los estratos más altos, de permitir que su difunto pueda ser tachado de homosexual o drogadicto, ante lo cual prefieren matarlo de cáncer, con la complacenc¿a de algunos médicos y con la consecuente distorsión de las cifras estadísticas".
Algunos observadores opinan que ese tipo de ocultamiento de datos, tratándose de un asunto tan serio como el SIDA, debería llevar a la adopción de normas como la recientemente dictada en Japón, donde los médicos, familiares y aún enfermos que oculten la información sobre el mal, pueden ser multados hasta por mil quinientos dólares. No se trata, sin embargo, de un punto de fácil resolución, pues tanto en Colombia como en los demás países del globo, el SIDA representa un dilema ético para el personal de la medicina. Por un lado, está la obligación consignada en el juramento hipocrático, de mantener la reserva sobre las circunstancias de la vida del enfermo puesto a su cuidado, y por el otro, la responsabilidad frente al resto de la sociedad, que se ve seriamente amenazada por la omisión de los informes sobre la incidencia del SIDA. Uno de los medios de control más eficaces tiene que ver precisamente con el seguimiento de la vida del afectado, lo que es imposible sin la colaboración del médico y del propio paciente.
"Para 1991, -dice el doctor Germán Fernández-, no habrá familia colombiana que no tenga entre sus parientes, o al menos entre sus conocidos, alguien que esté sufriendo o haya muerto por el SIDA". Resulta aterrorizador pensar que en un año tan reciente como el de 1983 se haya detectado el primer caso en una prostituta caleña de 23 años, que trabajaba en los muelles de Cartagena, y que resultó infectada por un marino cuyo origen no pudo establecerse.
Existe además, una circunstancia que podría agravar el problema en el país para finales de siglo. Según declaraciones que se atribuyen al doctor Robert Galló, descubridor norteamericano del virus, Colombia y México estarían entre lós países de más alto riesgo en América Latina, presumiblemente por su ubicación geográfica y por el alto intercambio de viajeros que se presenta en estos países.
La inexistencia de una vacuna que proteja contra la enfermedad, y la lejanía con que se contempla la posibilidad de una cura, hacen que el SIDA se haya convertido en una amenaza apocalíptica que causa terror en todo el mundo. Pero la connotación sexual que tiene su transmisión en la mayoría de los casos, presenta una encrucijada cultural sin precedentes, que seguramente cambiará las costumbres sociales del hombre del siglo XXI hasta extremos hoy insospechados. Como si se tratara de un cáncer que pudiera ser contagiado por transmisión sexual, el SIDA podría poner a la humanidad en una disyuntiva paradójica: sexo o vida.
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