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| 10/5/1998 12:00:00 AM

AL POR MAYOR

En medio del entusiasmo de algunos y la apatía y desconfianza de otros crece la clientela del comercio electrónico.

Día a día crecen las discusiones acerca del comercio por Internet. Lo que para muchas personas es una práctica corriente y placentera, para muchas otras no deja de ser una moda pasajera, fruto del esnobismo del momento, o un riesgo que es mejor no correr. Sin embargo, más allá de todas estas consideraciones, lo cierto es que este tipo de operaciones es cada vez más común. Por ejemplo, en 1997 en Estados Unidos se efectuaron transacciones por 2.700 millones de dólares. Una cifra nada despreciable si se compara con los 600 millones de dólares de 1996. Y en esa discusión sobre las bondades del comercio virtual es difícil sacar una conclusión muy esclarecedora. Por una parte están los que han tenido malas experiencias comprando por la red, mientras que en el otro extremo se encuentran aquellos a quienes Internet les solucionó un problema vital al ofrecerles la oportunidad de comprar un libro que ya parecía inexistente o el más original de los juguetes para un hijo. Aparte del extenso surtido y de la permanente actualización de los catálogos, los cibercompradores pueden aducir razones muy prácticas para preferir hacer sus compras por Internet como la posibilidad de no tenerse que mover de la casa, despreocupándose del tráfico y del clima. De hecho, en Colombia ya no es raro encontrar gente que usa Internet para comprar en Estados Unidos revistas, libros, discos o software en operaciones que suelen tardar unos cuantos días o semanas. Gracias a Internet también se pueden evitar los vendedores que se pasan de superamables, las filas en las cajas de pago y la música no siempre grata de ciertos almacenes. Sin embargo quienes se apartan de esta práctica también tienen sus fundamentos. Una de las causas que más alejan de la red a posibles compradores es la incertidumbre de lo que va a ocurrir con los datos de las tarjetas de crédito enviados a través del ciberespacio. Hay quienes _más allá del robo de algún dinero_ temen por la pérdida de la identidad y la privacidad. Para contrarrestar esta posibilidad algunos establecimientos simplemente le asignan al cliente un número clave para que efectúe su compra y así evitan los riesgos que puede correr la información de la tarjeta de crédito por Internet. Por otra parte, está el hecho de que algunos sitios son muy complicados a la hora de ofrecer sus productos a los visitantes virtuales. Al fin y al cabo quienes se dedican a pasear por Internet son cada vez más exigentes con el funcionamiento de las páginas en cuanto a su contenido y su facilidad de uso. Otra desventaja para los comerciantes por Internet es que los potenciales clientes suelen navegar solos, lo cual reduce el impulso de comprar que suele motivar a la gente cuando pasea en grupo. Por tal motivo algunas tiendas virtuales han incorporado cierto tipo de acompañantes, con los cuales el futuro cliente puede intercambiar opiniones. Como sea, mientras algunos no le encuentran demasiado atractivo a las salidas de compras por la red y otros ya son adictos a este tipo de comercio, lo cierto es que la cifra de clientes no para de subir y se calcula que en 1998 pueden gastar unos 5.500 millones de dólares.
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