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| 6/18/1990 12:00:00 AM

A CAÑONAZO LIMPIO

Los cañones podrían reemplazar a los cohetes en la exploración del espacio.

El gobierno de Irak afirmaba que se trataba de partes para la construcción de un oleoducto, y el británico, que eran piezas para construir un gigantesco cañón. Al final, tras muchas averiguaciones y varios estudios, el último dió su veredicto inapelable. Lo que las aduanas británicas habían retenido en su camino hacia Irak, tras ser producidas en una fabrica local, eran, ni mas ni menos, las piezas de un gigantesco cañón.

El asunto trajo a las primeras planas del mundo el renacimiento de un artefacto como el cañón, que se creia ampliamente superado. Según evidencias, el proyecto de Irak--que, entre otras cosas, no parece abandonado- era el lanzamiento de satélites, en el mejor de los casos, o de proyectiles balísticos contra Israel, en el peor.
Pero, se preguntaban algunos, cual podría ser la utilidad, en uno u otro casos, de un cañón en una epoca en que la cohetería ha alcanzado un alto grado de desarrollo?
Para alcanzar el exterior de la atmósfera, se requiere una velocidad minima de 7 kilometros por segundo.
La forma convencional de alcanzarla es a través de cohetes, pero estos son absolutamente antieconómicos.

Por una parte, se requiere todo un complejo tecnológico en la plataforma de lanzamiento para que el artefacto movilice hacia el espacio un peso relativamente insignificante. Por la otra, el cohete derrocha gran parte de su energía en movilizar su propio combustible y cuando este se agota, los motores se convierten en costosas piezas de chatarra que caen de nuevo a la Tierra como guanabana madura.
Y finalmente, el artefacto que llega al espacio no pesa ni una mínima fracción del cohete que le llevó allí.

La alternativa lógica, esto es, los trasbordadores espaciales se encuentran bajo fuertes críticas tanto en los Estados Unidos como en la URSS, pues además de su alto costo de producción, ese tipo de vehículos no ha demostrado sus ventajas, entre otras cosas, porque no resulta suficientemente confiable. En esas condiciones, la idea del cañón ha tenido un resurgimiento inesperado.
No se trata, por supuesto, de nada nuevo. Los viajeros de Julio Verne en "De la Tierra a la Luna" hicieron la travesía en el interior de la bala de un cañón gigantesco. Ese sucho, sin embargo, es remoto por cuanto la aceleración generada por un artefacto de esas características aplastaría a cualquier ser humano. La aceleración se mide en Gs, donde 1 G es la que produce la gravedad de la Tierra. Los astronautas soportan 3 o 4 Gs, pero un cañón produciría aceleraciones de 1.000 a 10.000 Gs. Pero si se trata de colocar objetos en el espacio, la alternativa se convierte en una posibilidad interesante.

La primera ventaja es que la maquinaria que impulsaría el proyectil seguiría en tierra para volver a funcionar cada vez que fuera necesario.
Pero el procedimiento es complicado, pues si un cohete puede tomarse varios minutos en llegar al borde del espacio, el proyectil impulsado por un cañón lo debe hacer en segundos, y para ello es necesario alcanzar aceleraciones superiores a todo lo conocido.

Hay varias maneras de producir esa aceleración. La primera, que según todos los indicios correspondería al cañón de Irak, pues ese era el diseño del doctor Gerald Bull, el científico canadiense "renegado" que trabajaba para los iraquies y quien fuera asesinado en Bruselas en conexión, según parece, con el mismo asunto. Se basa en la explosión de químicos en el interior del artefacto, en forma análoga a los cañones antiguos. Otro proyecto un poco más complicado utiliza la primera explosión para comprimir un segundo gas que amplificaría la aceleración. El primero puede llegar a velocidades de 3 12 km por segundo. El segundo, dotado de hidrógeno, podría llegar a 6 km por segundo.
Otro diseño más avanzado es el cañón émbolo. Según este proyecto, el interior del tubo se llena con una mezcla de gases inflamables. El proyectil al ser disparado enciende a su paso los gases detrás de él, con lo que la aceleración se multiplica. Un modelo experimental de la Universidad de Washington ha enviado proyectiles de 75 gramos de peso a casi 3 km por segundo, con una aceleración de 30.000 Gs.

Sin embargo, los diseños que causan mayor expectativa son los basados en el electromagnetismo como fuerza impulsora. Se trata de dos posibilidades. La primera, es llamada cañón bobina. En este, una serie de circuitos son cargados de electricidad.
La corriente de cada circuito crea un campo magnético que pasa por el centro del mismo. Si otra bobina más pequeña es colocada en ese centro, sobre el eje, el campo magnético inducirá una corriente en la última, lo que a su turno creará un segundo campo magnético, solo que esta vez en dirección contraria. Eso permite que el campo magnético del cañón impulse la bobina a lo largo de! eje de los circuitos.

La otra posibilidad es el denominado cañón riel. En este, el proyectil descansa en medio de dos rieles. Una corriente eléctrica pasa por uno de ellos, atraviesa el proyectil y pasa al otro riel, lo que crea un campo magnético que impulsa el objeto a grandes velocidades.

Dejando de lado las posibilidades bélicas de los nuevos sistemas, la tecnología de los cañones abre grandes expectativas en el campo de la explotación del espacio para beneficio humano. Algunos imaginan la orbita terrestre plagada de pequeños satélites de comunicaciones, más baratos y fáciles de manejar que los grandes complejos existentes actualmente.
Otros suenan con el envio de suministros a los astronautas que exploren el espacio, algo que podría concretarse, por ejemplo, en la misión a Marte, proyectada para los primeros años del próximo siglo. Incluso hay quienes piensan que los desperdicios de la energía atómica, que son uno de sus grandes inconvenientes, podrían ser enviados directamente al Sol, de un cañonazo.

Por supuesto, falta todavía algún tiempo para que los cañones recobren la preeminencia que perdieron a mediados del presente siglo. Ciertamente serían un segundo aire para la exploración y utilización del espacio exterior, no solo por sus posibilidades técnicas, sino por su costo, pues se habla de que, cuando su uso se generalice en el futuro, un lanzamiento a la orbita podría costar 100 dólares por kilogramo. Lo malo, como siempre pasa en estos casos, es que las posibilidades de la tecnología lo conviertan en una nueva fuente de terror para el planeta.-.
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