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| 12/14/1987 12:00:00 AM

CIENTIFICOS REBELDES

Algunos "locos" siguen empeñados en fabricar la máquina del movimiento perpetuo.

Al filo del tercer milenio, el desarrollo tecnológico ha cambiado irreversiblemente la vida del hombre. Pero a la orilla del camino han ido quedando muchos sueños aunque en un cierto momento parecían al alcance de la mano, con el tiempo se fueron revelando como utopías irrealizables. La piedra filosofal, el elixir de la eterna juventud, el idioma universal, son unos pocos ejemplos de esa especie de fracasos de la humanidad. Hay, sin embargo, uno que se resiste a pasar al olvido, de la mano de gran número de inventores, casi todos amateur. Se trata de la máquina de movimiento perpetuo.
El problema con que se enfrentan esos empecinados inventores es que la física está en su contra. La máquina de movimiento perpetuo es aquella que produce más energía de la que consume y, por lo tanto, puede funcionar indefinidamente sin una fuente externa de energía. Esto es, a la luz de la ciencia, un perfecto imposible, pero eso no arredra a los soñadores que siguen creyendo que con un toquecito aquí y allá sus máquinas serán las primeras en resolver el problema
El gremio que acaricia semejante utopía es una verdadera subcultura para la cual la ciencia formal es más bien una talanquera a su creatividad, cuando no una amenaza orquestada por el establecimiento, que supuestamente no quiere ver realizada la máquina, por las obvias implicaciones económicas que tendría. La terca filosofía de esos inventores está reflejada en las palabras de uno de ellos, un jubilado de 76 años llamado Edison Notestein: "En las revistas científicas se habla de que el movimiento perpetuo es un imposible absoluto y que desafía las leyes de la naturaleza, pero yo no estoy tan seguro de que esas leyes se hayan descubierto aún. Antes, se sabía que cuando se lanza una piedra al aire, después de subir, cae. Pero ahora se envían satélites al espacio, y se quedan allá. Todo depende de cómo se hagan las cosas".
Los diseños varían de lo convencional a lo decididamente absurdo. Pero una cosa los identifica: ninguno funciona. Pero para sus inventores, ese es un pequeño detalle, siempre susceptible de arreglarse mediante algún ajuste. Un caso típico es el de un equipo de padre e hijo de Saint Louis, Estados Unidos. Su idea es un motor eléctrico accionado por imanes permanentes. Todo lo que les falta es algo que bloquee los campos magnéticos durante una porción de cada ciclo para que el motor permanezca funcionando. Obviamente, el pequeño obstáculo es sencillamente insalvable.
Pero, ¿qué es lo que hace que los científicos declaren desahuciado todo intento de diseñar la máquina del movimiento perpetuo? Para Al Hibbs, un físico al servicio de la NASA, es la realidad y no el llamado "establecimiento científico" lo que se interpone en el camino de los inventores del movimiento perpetuo. Según Hibbs, todos los intentos se estrellan contra las dos primeras leyes de la termodinámica.
La primera ley consiste en que la energía no puede ser creada ni destruida. Si una máquina produce energía, por ejemplo, en forma de trabajo mecánico, otra fuente de energía -como gasolina, viento, electricidad, manivela-, debe introducírsele primero. La gravedad, los imanes o los resortes, elementos favoritos de los inventores, no son suficientes. Aunque, por ejemplo, la gravedad es lo que empuja al agua del río para mover la rueda Pelton que acciona una turbina o un molino, se requiere de la energía solar para que la evaporación eleve de nuevo el agua a la atmósfera a fin de que el proceso continúe. De la misma manera, cuando un imán atrae un pedazo de hierro, se requiere una fuerza equivalente para separarlo y completar el ciclo.
La segunda ley afirma que la energía dentro de un sistema cerrado no puede "subir", por ejemplo, de frío a calor. Esta ley llena un vacío dejado por la primera, que sugiere que si la energía no puede crearse ni destruirse, al menos tal vez se pueda recapturar para usarla indefinidamente.
Desafortunadamente, la energía no se comporta de esa manera, debe ser iniciada, y ese inicio a su vez consume más energía. Los violadores más comunes de esta ley son los que tratan de inventar esquemas de baterías que mueven motores que a su turno mueven generadores que finalmente cargan las baterías.
El fracaso de los inventores del movimiento perpetuo no se puede achacar, en todo caso, a la falta de interés. Sus esfuerzos han tomado cientos, si no miles de años. Aunque hoy es un campo bastante desprestigiado, en el pasado era un área respetable de la ciencia. Los árabes en la Edad Media, trataron de inventar relojes que se movieran por sí solos, a la manera del sol. Los molineros europeos trataron de independizarse del agua corriente que movía sus molinos, mediante complicadísimos sistemas destinados a que la misma cantidad de agua moviera indefinidamente la rueda. Hubo de todo: ruedas con pesas que cambiaban constantemente de sitio para que el giro fuera infinito, botes y bicicletas que se movían por el efecto del peso de su propia carga, y hasta máquinas movidas por "fuerzas etéreas" .
El punto de mayor esplendor de la máquina de movimiento perpetuo llegó al final del siglo pasado, con la revolución industrial. Las oficinas de patentes de todo el mundo se inundaron con solicitudes maravillosas. Tantas, que en 1918 la Oficina de Patentes de Estados Unidos se declaró suficientemente ilustrada y resolvió negar de plano la consideración de cualquier solicitud que tuviera algo que ver con esa utopía.





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