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| 7/13/1987 12:00:00 AM

CUATRO MILPAS TAN SOLO HAN QUEDADO...

Nuevos descubrimientos descartan la hambruna como causa de la desaparición de los mayas.


La herencia de los mayas, contra todo lo que pudiera pensarse, no consistió solamente en su arquitectura monumental, su escritura, ni su astronomía. Si las conclusiones del botánico Arturo Gómez Pompa y otros científicos, son correctas, lo verdaderamente importante del legado maya sería su agricultura.

Durante muchos años los investigadores pensaron que la causa de la súbita desaparición del imperio maya hacia el año 1500, fue la hambruna ocasionada por las prácticas primitivas con que se cultivaba la tierra. Según esa tesis, la costumbre era tumbar y quemar una sección de la selva que luego explotaban a discreción.

En tres o cuatro años la tierra se agotaba y no había otro remedio que iniciar el desmonte de una nueva zona. Es lo que en el presente hacen tantos colonos en Colombia y otros países del Tercer Mundo.

Paradójicamente, esa teoría, tanto tiempo considerada como la más acertada, no podía responder un interrogante clave: ¿cómo habían podido los mayas alimentar a una población tan elevada que alcanzaba una densidad de 300 a 400 personas por kilómetro cuadrado? Los métodos primitivos de tumba y quema, según los arqueólogos, no alcanzan ni para alimentar 100 personas en esa extensión. La cosa definiticamente no cuadraba.

Jardines flotantes
El misterio empezó a develarse cuando, en 1972, el antropólogo Dennis Puleston y el geógrafo Alfred Siemens descubrieron que los mayas tenían sus propias ideas sobre el cultivo de la tierra. En la península de Yucatán hallaron pruebas de cultivos sobre terrenos que los mayas levantaban sobre las ciénagas, apilando tierra en forma de islas separadas por profundos canales trazados cuidadosamente. Cuando los conquistadores españoles, muchos años más tarde, vieron la versión azteca de este sistema, creyeron que los terrenos elevados, las islas, flotaban sobre el agua. Los llamaron los "Jardines flotantes de Moctezuma". Con los descubrimientos de Puleston, muchos científicos respiraron aliviados al no tener ya el inconveniente de explicar la incongruencia entre los logros de los mayas en otros campos y la agricultura tan primitiva que se les atribuía hasta entonces.

Aún faltaba mucho por descubrir sobre el grado de integración que los mayas tenían con su entorno natural. De eso se encargó el botánico Gómez Pompa, un profesor de la Universidad de California en Estados Unidos. Preocupado por lo que consideraba una espiral de deforestación, en 1972 escribió un artículo en la revista Science en el que afirmó que la destrucción de los bosques representaba "el peligro de desaparición de muchas de sus especies". En 1976 fue comisionado por el gobierno mexicano para desarrollar maneras de explotar en forma adecuada las tierras deforestadas. Su proyecto consistió en el desarrollo a gran escala de los cultivos en terrenos elevados sobre ciénagas, siguiendo el método usado por los mayas en otras épocas. Para asesorarse contrató un campesino mexicano conocedor de la técnica, que en ese país se llama "chinampa". El éxito del proyecto demostró que los métodos tradicionales de agricultura son eficaces. Como dice Gómez Pompa, la productividad "fue comparable a la de la revolución verde". Resultaron, además, beneficios inesperados: los canales fueron colonizados por peces y tortugas, buenas fuentes de proteínas.

Mano a la selva
Pero lo más sorprendente estaba aún por venir. Mientras desarrollaba su proyecto, Gómez Pompa solía pasear por la llamada "selva virgen" del Estado de Veracruz. Ya de antemano se había notado que muchos de los árboles y plantas de las áreas ocupadas por los mayas presentaban una especial abundancia que no parecía tener explicación muy clara. Las especies más numerosas, además, tenían la coincidencia de su utilidad: árboles frutales, medicinales o adecuados para sacar maderas duras, entre otros. ¿Podría ello deberse a la buena suerte de los mayas? O ¿más bien sería que ellos le habían metido mano a la selva?

Lo que siguió fue una investigación en la que Gómez y el también botánico Alfredo Barrera Marín descubrieron, por los testimonios de los descendientes de los mayas, que estos tuvieron una clara comprensión de lo que hoy recibe el nombre de sucesión secundaria, o sea la secuencia en que reaparecen las especies de plantas después de que la selva virgen ha sido tumbada.

La parte complicada para entender la sucesión secundaria, es la incidencia de la cantidad de luz que baña el suelo. La cubierta de árboles de un bosque tropical es tan espesa, que un determinado lugar solamente es iluminado por el sol en relampagueos ocasionales. Pero cuando el bosque cae, la luz inunda todos los rincones. "Las semillas que se han acumulado en el suelo comienzan a germinar, y las plantas cubren el piso rápidamente". "Algunas de las semillas cumplen su ciclo vital en unas pocas semanas; entonces los arbustos toman la delantera, y detrás vienen los árboles", dice Gómez Pompa.

Los investigadores pudieron determinar que los descendientes de los mayas tienen un conocimiento de la sucesión secundaria.

Aun hoy, cuando decide explotar una determinada zona, el campesino de esas zonas escoge cuidadosamente los árboles que va a derribar, y los que por una u otra razón debe mantener en pie. Los árboles de crecimiento rápido son los primeros en caer, mientras que las especies que producen comida, o tienen cualquier otra utilidad, son conservados para cuando se necesiten. Por ejemplo, algunos árboles que florecen pueden ser mantenidos por su belleza, o por su importancia para la producción de miel de abejas. En los espacios dejados por esta deforestación respetuosa, se siembran plantas que ayudan a restaurar los nutrientes al suelo, como los frijoles y otras. En idioma maya, este ecosistema en miniatura tiene un nombre, sak' aab. Como también tienen nombre las etapas de la restauración de la selva, o sucesión secundaria, hasta por períodos de 100 años, que es el tiempo que, consideran hoy los científicos requiere la naturaleza para devolver la selva a su estado anterior, siempre y cuando las condiciones para esa restauración se den como en el caso de los mayas.

Si algunas de las costumbres de los mayas en materia de agricultura se conservan hasta hoy, aún después de años de descrédito de los métodos tradicionales, es fácil deducir que ese pueblo tuvo una agricultura y un sentido de conservación de la naturaleza que envidiaría el partido verde más recalcitrante de estos días.

Tirar la toalla
Los nuevos descubrimientos han hecho replantear las explicaciones dadas hasta ahora sobre la súbita desaparición del imperio maya. Como dice Billie Lee Turner, del equipo de investigación arqueológica, "los territorios centrales ocupados por los mayas presentan la curva de población más inusual. Los mayas tuvieron una sola ascensión, una sola caída, y ninguna recuperación". La mayoría de las civilizaciones antiguas decayeron y resurgieron en forma más o menos cíclica, como la del valle del Nilo y otras.

Queda, entonces, vigente la pregunta clave. Si lo que causó la súbita desaparición de los mayas no fue la hambruna, como algunos investigadores insisten en creer, entonces, ¿qué fue? Los arqueólogos ensayan varias teorías, entre las que destacan una revolución de siervos, o incluso guerras intestinas entre los diferentes pueblos mayas. Sin embargo, la teoría más original es la que desarrolló el arqueólogo Puleston, quien afirmó que la religión maya contenía gran cantidad de alusiones a juicios y catástrofes, y que su calendario indicaba períodos de extraordinaria mala suerte. La tesis, eminentemente sicológica, afirma que algún desastre pudo haber llevado a los mayas a pensar que la confirmación de las profecías había llegado y que por ello todo intento de resurgimiento era un imposible. Los mayas, entonces, simplemente habrían renunciado a luchar contra la adversidad.

Ninguna de las teorías parece suficientemente convincente para explicar un fenómeno de las dimensiones de la desaparición de los mayas. Lo que sí no tiene duda es que los descubrimientos sobre sus armoniosas relaciones con el entorno no sólo les agrega respetabilidad a los ojos modernos, sino que tienen mucho que enseñar al hombre para enfrentar los problemas ecológicos del presente. Arturo Gómez Pompa afirma que "en los países tropicales si se reservara un millón de hectáreas para su conservación, se resentiría la economía de las regiones más deprimídas de los países pobres, donde los más necesitados requieren ganarse la vida". De ahí la importancia que se atribuye al ejemplo de culturas antiguas que eran capaces de explotar las selvas tropicales sin destruirlas.

Se ha determinado, por otra parte, que la de los mayas no es la única civilización que tuvo conciencia en este sentido. Los indios Kayapo de Brasil, Guaymi de Panamá y Kofán de Colombia tienen vocabulario ecológico en sus lenguas. En Africa hay manifestaciones semejantes, mientras que los antropólogos han encontrado indicios de selvas manipuladas por el hombre en Java, Sumatra y China. Por lo que parece, el "hombre moderno" debe rendir tributo de admiración a muchos de sus antepasados, que a veces con cierto desdén son tildados de "primitivos".--
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