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| 12/24/1990 12:00:00 AM

El perfume

El olfato, ese sentido olvidado, juega un papel más importante de lo que se cree.

Ningún sentido está más estrechamente asociado con la memoria. El olor de los pinos húmedos le recordará a muchos bogotanos los días felices y lluviosos de la primaria, el olor a cera traerá vívidamente la casa de la abuelita, el de los libros viejos, las tardes pasadas en la biblioteca del colegio. Esos aromas, captados pasajeramente, traen a cuento sensaciones muy remotas, sólo visibles para los ojos del alma.
Debido a que llegan hasta el sistema límbico, que se encarga de la producción de los instintos y las emociones, las sensaciones olfatorias son un estímulo directo a los sentimientos. Mediante los olores, se sienten simpatías y antipatías, no sólo por las personas, sino por las cosas. Esa característica está siendo explotada desde hace algún tiempo por la industria, sobre todo en los países desarrollados. Los cueros sintéticos, por ejemplo, son tratados para que huelan como el producto auténtico.
A pesar de la importancia que tiene el olfato, es increíble que sólo desde hace relativamente poco, la ciencia se ocupe de su importancia en la vida cotidiana del hombre. Uno de los científicos que se ha adentrado en este campo es el investigador alemán Gerd Kobal, quien desde 1981 promovió la creación de una cátedra en la universidad de Erlangen sobre el tema.
Para Kobal, la razón de que el olfato haya estado tan olvidado de la investigación radica en que durante mucho tiempo se ha considerado a ese sentido como una especie de aditamento sin utilidad. Nunca se ha pensado que el hombre dependa del olfato para sobrevivir. Ese pensamiento parece reforzado por el hecho de que los humanos tienen un desarrollo olfativo relativamente precario. Si el hombre tiene unos diez millones de células olfativas, su mejor amigo, el perro, tiene diez veces más.
Ese equipo celular permite la captación de unos cuatro mil aromas diferentes, pero su conceptualización resulta imposible sin una referencia física.
Desde hace tiempo se mide la intensidad de los sonidos, y hasta se tiene una escala perfectamente delimitada, basada en una unidad (el decibel). De esa manera, las comunidades que se preocupan por el bienestar de sus habitantes son capaces de medir la intensidad de ruido producido, por ejemplo, por una discoteca en el barrio, o por un aeropuerto en las inmediaciones. Pero ese mismo procedimiento ha sido tradicionalmente imposible, cuando se trata de medir la incidencia de los olores en la vida cotidiana de los individuos.
Sin embargo, la ciencia está dando pasos en ese sentido. El profesor Kobal y su equipo alemán parecen ser los líderes en el campo. Se ha desarrollado un aparato denominado olfatómetro, que lleva a la nariz de la persona unos estímulos olfativos muy cortos y medidos con precisión. De esa forma, es factible observar la actividad que se produce en el cerebro en el acto de oler. En estos días Kobal se encuentra observando el tiempo de reacción ante un olor determinado, sea éste agradable o desagradable.
El resultado parecería insólito. Mientras más agradable sea el olor ofrecido a la fosa izquierda, más tiempo tardará en reaccionar la persona al estímulo olfativo. Pero si la encargada es la fosa derecha, el fenómeno se produce exactamente a la inversa. Eso permite, según Kobal, "medir cuán agradable o desagradable es una sensación del olfato".
Esa y otras experiencias de su investigación han permitido a Kobal intentar la formulación de una nueva teoría emocional. La hipótesis es que las dos partes del cerebro responden a las sensaciones del olfalto en forma no simultánea. La evaluación de esas dos respuestas hecha por los hemisferios cerebrales sería la emoción.
La investigación del olfato humano se apoya, sobre todo, en la de los insectos. En efecto, los entomólogos han logrado conocer en forma suficientemente ilustrativa, la influencia de los olores en el comportamiento de los insectos. Un detalle fundamental es un tipo de sustancias llamadas feromonas, que viajan por el aire y son un medio de comunicación de varias especies de animales. Esas sustancias, por ejemplo, son las que permiten a los perros saber si el que se ha cruzado en su camino es un animal superior, o a las hormigas señalar el camino hacia el alimento, que forma esas filas interminables de animalitos.
La gran pregunta que se hacen los investigadores se relaciona precisamente con la existencia de unas sustancias semejantes que actúen en los seres humanos. La respuesta parece clara. Kobal dice que la sustancia más parecida se llama androsterona. Se trata de una hormona secretada junto con la transpiración, y que es producida en mayor cantidad en los hombres que en las mujeres.
Kobal realizó experiencias muy gráficas. Una silla de dentista a la que se aplicó androsterona, atrajo como por arte de magia a las pacientes femeninas, mientras que los hombres la evitaban. Ello no resultaría tan evidente si no fuera porque el tratamiento hecho a la silla resultaba completamente imperceptible para los pacientes. Otros experimentos demostraron que las fotos de hombres tratadas con androsterona provocaban mejores comentarios entre las mujeres que los demás. Y a los hombres les ocurre completamente lo opuesto.
Un experimento de Kobal le ha dado especial notoriedad: se había observado que las mujeres que cohabitan el mismo recinto sincronizan sin saberlo sus ciclos menstruales. Para desentrañar el misterio, Kobal aplicó a unas mujeres un cosmético tratado imperceptiblemente con una sustancia olorosa de otra dama. Convencidas de que se trataba de un experimento de productos de tocador, esas mujeres resultaron con su ciclo menstrual sincronizado, según la referencia de otra a quien nunca habían visto. Eso pareció demostrar que los olores producen un efecto insospechado no sólo sobre el comportamiento, sino sobre las funciones orgánicas, en forma tal que las personas ni siquiera se enteran de ello.
Sin consideraciones biológicas o químicas, en otras vertientes de la investigación científica, también se han hecho observaciones importantes. La investigadora Anne-Marie Schleid, también alemana, ha determinado hasta dónde actúan los olores en cuanto al agrado o desagrado personal. Su investigación puso frente a frente a parejas de japoneses casados por intervención de su padres, con parejas occidentales casadas por amor. Las japonesas consideraron negativamente el olor de una camisa usada por su compañero, mientras que en el caso de los matrimonios escogidos libremente el olor no fue calificado de desagradable.
El futuro parece lleno de manipulaciones con el olor, sobre todo ahora que la ciencia se está ocupando de ese sutil sentido. Nadie sabe hasta qué punto haya influido la obra de Patrick Suskind, que mostraba la vida de un monstruo superolfativo, capaz de hacer cualquier cosa por un aroma. Los empresarios, conscientes de las reacciones inconscientes de sus empleados, están comenzando a manipular los aromas del lugar de trabajo, en búsqueda de mayor productividad.
Eso es particularmente cierto en la meca de ese tipo de actitudes, el Japón. Allí ya no es raro que los sistemas de aire acondicionado tengan ciertos aromas que producen imperceptibles cambios en la actitud ante el trabajo. Limones para desperezar en la mañana, rosas a mediodía para disponerse a almorzar, madera en la tarde para tomar de nuevo impulso.
Algunas aerolíneas occidentales ya han recibido el mensaje y distribuyen por el avión, a la hora del aterrizaje, aroma de mentol para refrescar y relajar a sus pasajeros. Algunas dolencias sicosomáticas son tratadas con aromas, distribuidos a lo largo del día. Así, se aprovechan los comprobados efectos sedativos de algunos de los olores de la naturaleza. En el futuro, a medida que prosigan los impresionantes descubrimientos sobre la importancia del olfato, cada vez será más importante oler bien, pero sobre todo oler de acuerdo con la ocasión de que se trate. -
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