Jueves, 19 de enero de 2017

| 1989/10/30 00:00

LA JUSTICIA COJEA...

Tres siglos y medio más tarde, el Papa reconoce que Galileo tenía razón

LA JUSTICIA COJEA...


La historia le jugó una mala pasada a Galileo Galilei. El físico, filósofo e inventor cuyo nombre se considera el emblema fundamental de la ciencia renacentista y el fundador de la física, terminó sus días subjúdice, como reo de una causa confesional que le hizo renegar de las verdades que, a todos los ojos científicos de la época, era ya evidente. Por eso, la semana pasada el Papa Juan Pablo II hizo historia al rehabilitar públicamente a Galileo y al admitir que la Iglesia estaba equivocada. Esa justicia cojeó, pero llegó tres siglos y medio después. La figura de Galileo, nunca demeritada en el mundo de la ciencia, tuvo por fin el resarcimiento que el mundo de la religión católica le había negado en vida.

La cuestión que puso a Galileo entre los ojos de los censores de la Inquisición fue la publicación del "Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo", una obra en la que el sabio florentino confirmaba la visión de Copérnico sobre la estructura del universo que rodea a la Tierra. Al contrario del pensamiento aristotélico, aceptado por la Iglesia como la explicación más plausible del universo, Galileo demostró que éste no gravitaba alrededor de la Tierra. Una afirmación cercana a la herejia, tanto, que en alguien menos prestigioso que el florentino bien podría haber terminado en su ejecución.

Todos sus antecedentes parecían llevar a Galileo hacia un destino trascendental. Nacido en Pisa el 15 de febrero de 1564, a partir de los 21 años luego de abandonar los estudios formales, Galileo emprendió sus investigaciones por su cuenta. Fue en 1609 que Galileo oyó de la existencia de unos curiosos instrumentos capaces de acercar la visión de los objetos distantes, y se impuso el trabajo de perfeccionar el telescopio. Durante ese invierno, Galileo enfocó su nuevo aparato hacia los cielos, con resultados sorprendentes: fue la obra que compendió sus resultados, Sidereus Nuncius, lo que lo hizo famoso en toda Europa. Anunció en ella que la superficie de la Luna era semejante a la de la Tierra, irregular y montañosa, que la Vía Láctea estaba hecha por un conjunto de estrellas y que el planeta Venus tenía por lo menos cuatro satélites. El impacto de sus apreciaciones tuvo un efecto "electrizante" en sus contemporáneos, difícil de entender hoy en día. Demostraron, primero, que los sentidos humanos podían ser intensificados artificialmente para descubrir nuevas realidades de la naturaleza, algo con lo que ni la filosofía ni la teología habían siquiera considerado. Segundo, que la base de la cosmología aristotélica --que los cuerpos celestiales estaban hechos de materia "etérea" cuyo movimiento característico es circular y eterno--no podía seguir sosteniéndose. Tercero, que el modelo tolomeico y aristotélico, según el cual el Sol y los planetas giran alrededor de la Tierra, era insostenible, pues no explicaba por qué Venus a veces se encontraba entre el Sol y la Tierra, y a veces no.

Por supuesto, su concepción del sistema solar no era nueva. Copérnico ya había elaborado un modelo "heliostático" según el cual el centro del sistema era el Sol. Pero se trataba de un planteamiento matemático, que sólo era aceptado por los filósofos aristotélicos y por la Iglesia como la mejor manera matemática de explicar el Universo, pero de ningún modo como la visión "realista" del mundo. Pronto nació una creciente oposición a sus puntos de vista, oposición que se centraba no tanto en la defensa de la dinámica aristotélica--que ya había sido objeto de cuestionamiento durante siglos--, sino en las debilidades de copernicanismo, la principal de ellas, su aparente oposición con las enseñanzas de las Sagradas Escrituras.

Galileo consignó en dos famosas cartas sus planteamientos. Allí argumentó que los escritores bíblicos tenían que expresarse de acuerdo con la visión del mundo existente en su época; que usaban necesariamente un lenguaje metafórico, por ejemplo para hablar de Dios; que su principal preocupación era la salvación de las almas y no la explicación del Universo; que los escritores sacros no habían convertido en obligación la interpretación literal de los pasajes susceptibles de cuestionamiento; que Dios se había revelado a los hombres por dos vías, la Revelación y la Naturaleza y que, por cuanto ambas deberían necesariamente armonizarse, la forma apropiada de hacerlo era a través del pensamiento científico sin cortapisas. La ambigua conclusión a que llegaba Galileo, de que la interpretación literal de las escrituras debe mantenerse a menos que fuera "manifiestamente inexacta", aparentemente fue la tabla de su salvación.

Efectivamente, el escrutinio de Roma sobre el pensamiento de Galileo llevó a que se conminara a éste para que abandonara el "copernicanismo realista". De una u otra forma, Galileo llegó a la conclusión de que esa primera admonición le permitía analizar a Copérnico "hipotéticamente", sin que quedara claro si esa expresión significaba "el uso de un medio matemático adecuado para describir fenómenos" (el significado más corriente en la época), o una "forma permisible de describir el verdadero estado de las cosas". Galileo adoptó esa última interpretación, y escribió su obra "Diálogo sobre los dos sistemas principales" que finalmente le llevó a ser juzgado por la Inquisición. La sentencia declaró que Galileo y su obra se habían declarado "vehementemente sospechosas de herejia" por su defensa del "copernicanismo realista". Galileo fue forzado a abjurar públicamente de sus creencias y condenado a prisión.

Aunque la condena sólo se cumplió en forma domiciliaria, Galileo nunca volvió a gozar de la libertad plena. Continuó trabajando y escribió en esas condiciones su obra más grande, los "Discursos sobre dos ciencias nuevas". Cuando murió, el 8 de enero de 1642, fue sepultado en su propia parroquia de la Santa Cruz, cerca de Florencia. Pero pasarían aún muchos años antes de que se permitiera erigir un monumento sobre su fosa.

Ahora, 356 años después, el Papa Juan Pablo II ha dado fin a una larga injusticia, y al final del milenio, ha puesto la losa mortuoria sobre los remanentes del pensamiento medieval. Galileo tenía razon. -

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