Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1990/03/26 00:00

SANGRE ARTIFICIAL

Varios laboratorios trabajan en el desarrollo de sangre sintética... y sin SIDA.

SANGRE ARTIFICIAL


La pelea es entre las rojas y las blancas. Pero no se trata de una partida de damas, sino de la carrera tecnológica entre las compañias que están tratando de desarrollar la forma más viable de sangre sintética. Lo que pasa es que el producto de unos laboratorios es blanco y el otro, más aproximado al modelo, es rojo. El objetivo de ambas tendencias es librar a la humanidad de los riesgos de infección que cada vez son más apremiantes en las transfusiones, sobre todo ante la amenaza del SIDA y la hepatitis B.

Pero no sólo se trata de una meta altruista. El mercado mundial de sangre para transfusiones llega a los US$8 mil millones al año. Aún con semejante perspectiva, los científicos que durante años han tratado de imitar la sangre humana sólo han encontrado frustraciones y fracasos. Tras décadas de trabajo, aún no hay un sustituto que haya sido aprobado por ninguna autoridad sanitaria mundial y, lo que es peor, varias posibilidades que en un momento determinado parecieron al borde del éxito fueron descartadas finalmente. Hoy por hoy, la competencia por conseguir una sangre artificial utilizable en la práctica se divide en tres tendencias fundamentales:
Las "sangres blancas" se basan en químicos artificiales llamados perfluorocarbonos o PFC. El resultado es un líquido claro e inerte que no guarda ninguna semejanza con la sangre y que tiene una consistencia semejante al aceite. Pero tiene la curiosa facultad de disolver la mitad de su volumen en oxígeno, que puede entonces ser transportado a diferentes partes del cuerpo a través del sistema circulatorio.

Las "sangres rojas" se basan en el "reempaque" de hemoglobina, esa compleja proteína transportadora de oxígeno que se encuentra en los glóbulos rojos de la sangre. La teoría es remover moléculas de hemoglobina de glóbulos muertos (probablemente no sólo de humanos) y modificar las moléculas mediante ingeniería genética, con el fin de que puedan cargar oxígeno sin la protección de los glóbulos rojos. La tercera vía, de lejos la más sofisticada, consistiría en el aislamiento y modificación de los genes humanos que producen la hemoglobina para reproducirla en cantidades sin límite a través de bacterias genéticamente alteradas.

A pesar de las apariencias, la aproximación enteramente sintética basada en los perfluorocarbonos (PFC) tiene sobre la de las hemoglobinas una ventaja sustancial, y es que resultaría más segura. En efecto, el PFC no interactúa con ningún químico del organismo y puede ser producido en condiciones de esterilidad casi perfecta. La hemoglobina aislada, en cambio, afecta los riñones y por lo tanto puede llevar a insuficiencia renal. Además, en la medida en que la hemoglobina debe ser recuperada de sangres naturales, persiste la posibilidad de que se encuentre contaminada. La pregunta obvia, que aún no tiene respuesta, es ¿cómo descontaminarla?

Pero tampoco el panorama de los PFC está exento de dificultades. Esos químicos tienden a producir coágulos en el plasma que podrían generar embolias fatales. Disolver los PFC en una solución evitaría el problema pero significaría una disminución de las facultades para transportar oxígeno.

Semejante inconveniente implicó el fracaso de los perfluorocarbonos en las pruebas que se hicieron sobre pacientes anémicos en 1983 en los Estados Unidos.

Ese fracaso no significó, sin embargo, que el proyecto de los PFC fuera archivado. Una pequeña compañia farmacéutica, Alliance Pharmaceutical Corporation, situada en una localidad cercana a Nueva York, desarrolló una solución estable con el 50% de perfluorocarbonos, lo que significa una ventaja enorme frente a otras posibilidades, que no han llegado al 20%.

Las "sangres rojas" hechas con hemoglobina natural tienen fama de llevar más oxígeno que las "blancas". Pero su producción en condiciones de seguridad es un problema de marca mayor. La dificultad es que la hemoglobina trabaja en medio de los glóbulos rojos, que son células extraordinariamente complejas que además juegan un papel muy importante en el trabajo de la misma hemoglobina. Si se deja sola en el organismo, esta se descompone en unas pocas horas. Pero además, los glóbulos rojos evitan que llegue a los riñones, donde ya Se vio que la hemoglobina resulta muy perjudicial.

En esas condiciones el producto más avanzado que se basa en la hemoglobina ha sido desarrollado por los laboratorios Northfield, que ha encadenado varias moléculas en una estructura que parece ser más durable. Según lo que afirma Richard DeWoskin, el presidente de la compañía, "esa estructura tiene una vida circulatoria" de 10 a 40 horas, sin que en las pruebas haya desencadenado insuficiencia renal. Empero, "una serie totalmente inesperada de efectos secundarios" llevó a que se suspendieran las pruebas clínicas, en espera de una modificación al respecto.

Sin embargo, ninguno de los esfuerzos por producir una sangre artificial ha podido llegar a lo que se considera el "Santo Grial" del tema: esa panacea consistiría en una hemoglobina manejada mediante ingeniería genética. Si ella pudiera finalmente perfeccionarse, tendría la eficiencia de la sangre natural, la esterilidad de los químicos sintéticos y podría ser fabricada en cantidades ilimitadas. Para ello no solamente sería necesario aislar el gen relacionado con la producción de hemoglobina y modificarlo para que su producto trabajara sin el apoyo de las células de la sangre. Suena a ciencia ficción, pero las buenas noticias podrían estar a la orden del día en un par de años.--

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