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| 1/9/1989 12:00:00 AM

SER O NO SER

La busqueda de la antimateria, uno de los retos más excitantes de la ciencia moderna.

SER O NO SER, Sección Tecnología, edición 345, Jan  9 1989 SER O NO SER
Su solo nombre hace volar la imaginación. Desde cuando comenzó a barajarse la posibilidad de que existiera, muchos comenzaron a soñar en un universo completo, con estrellas, planetas y hasta seres humanos, que serían como la imagen del universo conocido reflejado en un espejo. La diferencia fundamental es que ese antiuniverso estaría compuesto por antimateria.
Durante años sueño teórico de un matemático, y hoy realidad casi palpable, la antimateria presenta uno de los retos más interesantes que enfrenta la ciencia moderna. Han transcurrido más de 60 años desde que Paul Dirac, un físico británico, concibió la teoría de la existencia de la antimateria, para lo cual se apoyó en una creencia que campea en los límites mismos de la ciencia y la filosofía. Para Dirac era claro que si existía equilibrio en las matemáticas, también debería existir en la naturaleza. Su idea partió de una reflexión que lo asaltó cuando analizaba una ecuación destinada a escudriñar la conducta de los electrones. Al observar que sus operaciones tenían soluciones negativas y positivas, dedujo que los electrones, cargados positivamente, deben tener contrapartidas en alguna parte, pero cargadas negativamente.
La confirmación de la teoría de Dirac apareció más pronto de lo que se acostumbra en este tipo de especulaciones cientificas. Esta vez al otro lado del Atlántico, el físico norteamericano Karl Anderson se la encontró en 1932 mientras examinaba la trayectoria de particulas subatómicas en una cámara de niebla. De pronto vio trayectorias erráticas, iguales a las de los electrones, sólo que se dirigían en dirección contraria. Se trataba de los antielectrones .
El reto de la antimateria ha sido asumido por la ciencia en dos vertientes principales. Por un lado, los investigadores tratan de tener a su disposición, aunque sea en cantidades infinitesimales, un "trozo" de antimateria, para poder estudiarlo, aunque sea por unas cuantas centésimas de segundo antes de que se aniquile en su choque con la materia. Por el otro, se busca localizar en el espacio la zona donde pueda encontrarse la acumulación de antimateria que probablemente se produjo simultáneamente con la creación del universo conocido, un hecho que los científicos de hoy coinciden en llamar big bang o "gran explosión" .
En cualquier caso, el reto tiene características que lo sitúan, como ningún otro, fuera de todo lo conocido. El problema es que en lugares como la Tierra, compuesta exclusivamente de materia, la antimateria se encuentra como un auténtico "mosco en leche". La razón es que ni la una ni la otra pueden sobrevivir en conjunto, esto es, se aniquilan mutuamente. Por eso, una particula de antimateria, por diminuta que sea, producida en el laboratorio, desaparece en millonésimas de segundo al colisionar con la materia. Al contrario, suele decirse que si sobre el planeta "cayera" una cantidad considerable de antimateria, el planeta desaparecería en medio de un resplandor enceguecedor de energía.
Ese paso hacia la experimentación terrena con antimateria correspondió darlo a los europeos por medio del CERN, un complejo de investigación científica situado cerca de Ginebra. Corría 1982 y los avances conseguidos en imanes y otros campos aparentemente sin relación permitieron el trascendental hito.
El punto crucial fue la elaboración de un proceso para capturar antiprotones en un enorme tubo al vacio. Las antipartículas, creadas mediante la colisión de partículas subatómicas, se crean en medio de temperaturas y presiones extremadamente altas, semejantes a las que debieron existir en el comienzo del universo. Las colisiones producen intensas pero diminutas bolas de fuego que, al condensarse, dan lugar a nubes de partículas en que cada electrón tiene su antielectrón, cada protón su antiprotón, etc.
Con el proceso europeo, las antipartículas, circulando casi a la velocidad de la luz, son retenidas por un potentísimo campo magnético que les impide chocar con los lados. Pero cuando los físicos lograron atrapar las antipartículas en "trampas" magnéticas, donde las pudieron mantener inmóviles, se pudo intensificar el conocimiento que se tiene sobre sus características. Las conclusiones que se lograron en el campo experimental llevaron a los científicos a pensar que una explosión como el big bang, que dio lugar al nacimiento del universo, tenía las mismas características, aunque a escala cósmica, de los experimentos con la antimateria. La conclusión es aterradora. Si es cierta, cuando se creó el universo, debió crearse, simultáneamente, igual cantidad de antimateria, esto es, un universo paralelo, idéntico, pero de carga negativa.
Por eso, la comunidad astrofísica comenzó a buscar en el espacio rastros de ese universo distante. Pero para ello, deberían desecharse los telescopios ópticos, por razones obvias. De poder verse, las estrellas compuestas de antimateria no podrían distinguirse de sus primas. Por eso, la búsqueda debería hacerse a nivel detectivesco, por medio de pistas sutiles. Es conocido que cuando las partículas de materia y antimateria colisionan, se transforman en energía pura, especialmente bajo la forma de rayos gamma. Por eso, dedujeron los científicos, si se pudiera observar la presencia de rayos gamma en el espacio, ella podria ser el producto de alguna explosión cósmica causada por el contacto entre materia y antimateria. Pero como los rayos gamma no pueden atravesar la atmósfera, era necesario tratar de encontrar sus huellas por medio de los satélites que giran en el exterior del planeta.
No fue sino hasta 1979 cuando apareció por primera vez la evidencia cósmica de la existencia de la antimateria. Como en tantos otros campos de la investigación científica, el encontronazo fue casi casual. No se trató ya de la búsqueda sistemática y ni siquiera se utilizó satélite alguno.
En un experimento rutinario hecho mediante un globo lanzado desde la Instalación Científica Nacional de Globos Aerostáticos, situada en Palestine, Estados Unidos, se encontraron antiprotones en el exterior de la atmósfera. Sin embargo, las conclusiones iniciales del hallazgo no apuntaron a la evidencia de que exista un antiuniverso. La explicación que se dio a la presencia de esos antiprotones, fue que el viaje de los protones que componen los rayos cósmicos, en el que atraviesan de parte a parte el universo, puede crear, a sus fantásticas velocidades, colisiones semejantes a las que se producen experimentalmente en el laboratorio, lo que da por resultado la creación de antimateria.
Pero cuando se dedicaron a medir la cantidad de rayos cósmicos de antimateria, encontraron que su número superaba ampliamente a todas las predicciones matemáticas. Una de las explicaciones al fenómeno dice que los rayos no serían el producto de colisiones, sino "antiprotones primarios", no creados, que llegan a estas regiones del universo desde remotos antiuniversos.
Pero el hallazgo que si haría temblar a la comunidad científica internacional sería el de antipartículas compuestas, como antioxígeno, antipotasio, etc., que no se podrían crear simplemente por colisiones espaciales. Para ello, el programa espacial norteamericano contempla un experimento de gran alcance a bordo de la estación espacial que, según los planes, está dispuesta para colocarse en el espacio a finales de la década entrante. Es posible que entonces aparezca la prueba tan esperada de que allá, al otro lado de la creación, está un antiuniverso escondido en el revés de la manga de Dios.

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