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| 12/4/1989 12:00:00 AM

Tierra viva

Renace la tesis de que el planeta Tierra se comporta como un organismo viviente.

Tierra viva Tierra viva
No se trata de una teoría nueva. Hace más de 20 años el científico británico James Lovelock asombró a sus colegas alrededor del mundo con una concepción nueva sobre la Tierra. Según él, la vida existente en el planeta interactúa en forma química y física con el aire que la rodea, las rocas y las aguas y de esa forma mantiene las condiciones ideales para su permanencia en la Tierra. En otras palabras, según Lovelock, el planeta se comporta como un organismo vivo.
Pero los tonos místicos que inspiró la teoría de Lovelock fueron en parte la causa del ridículo al que la sometieron sus colegas. La tesis de "Gea", como la llamó su creador -a partir del nombre griego de la diosa de la Tierra- no pasaba para muchos de ser un cuento de hadas. Pero los tiempos cambian y con ello las ideas. Hoy el panorama de cambios climáticos globales hace que las ciencias ecológicas hayan adquirido una importancia renovada y, dentro de ellas, la hipótesis Gea, cierta o falsa, parece haber renovado su importancia científica.
De cualquier forma, Gea ya no es lo que era. De explicación del mundo ha pasado a lo que el propio Lovelock describe como "una teoría en sus primeras etapas". Lovelock explicó recientemente su concepto actualizado: el sistema compensa los cambios en el clima planetario ajustando la rata a la cual son producidos y eliminados los gases, tales como oxígeno, metano y dióxido de carbono. Ese ciclo mantiene el clima dentro de los límites favorables para la existencia de la vida como un todo.
Pero hay límites a esa capacidad de ajuste. El entorno puede ser cambiado violentamente por cataclismos como el choque de un meteoro o, más recientemente, por la actividad humana. Si eso sucede, los cambios de ambiente pueden sobrepasar los esfuerzos de auto-ajuste del sistema y pueden llevar al clima del planeta a un nuevo estado global: o más caliente o más frío. Esta tesis explicaría, según Lovelock, la extinción masiva y repentina de especies como los dinosaurios.
Dos componentes fundamentales de la nueva concepción de la teoría Gea -desprovista de sus connotaciones metafísicas- han sido aceptados como ciertos desde hace algún tiempo por la comunidad científica: uno, la proposición de que las vidas animal y vegetal tienen influencia sustancial en el mundo inorgánico, por ejemplo en la producción y mantenimiento de oxígeno atmosférico mediante la fotosíntesis de las plantas. Y en el sentido contrario, se considera acertado afirmar que el mundo inanimado también influencia la vida de los reinos animal y vegetal.
Por lo pronto, dos norteamericanos, James Walker y Paul Hays, han descrito uno de los múltiples factores presentes, que se ha llamado ciclo carbonato-silicato. El ciclo, que se cumple en unos 500 mil años, involucra al-dióxido de carbono de la atmósfera, que se convierte en ácido carbónico al caer a tierra y reacciona con las rocas hasta producir iones de calcio y bicarbonato, que se incorporan en las aguas subterráneas hasta llegar finalmente al mar. Allí, el plancton viviente incorpora los iones en sus conchas, que están hechas de carbonato de calcio. Al morir, el plancton se sedimenta en el fondo de los océanos y eventualmente llega a formar parte de las masas continentales hasta llegar al interior del planeta.
Los sedimentos carbonatos se convierten allí de nuevo en dióxido de carbono y regresan a la atmósfera a través de erupciones volcánicas y grietas océanicas.
Pero en el desarrollo más interesante, dos investigadores norteamericanos calcularon que si en ese esquema no se considerara el plancton, la sedimentación de las rocas disminuiría tanto que el planeta sería 26 grados centígrados más caliente de lo que es hoy. La conclusión de los doctores Tyler Volk y David Schwartzmann ambos norteamericanos, es que en ese evento "el planeta sería inhabitable para casi todo excepto los microbios más primitivos". Se trata de una sola de las millones de hipótesis abiertas en la teoría Gea, pero parece demostrada. Aunque sus detractores son tan numerosos como sus defensores actuales, al menos por ahora parece que el viejo Lovelock tenía razón.

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