El dilatado adiós de Tony Blair ya tiene una fecha concreta. Desde Sedgefield, el mismo lugar al norte de Inglaterra donde fue elegido diputado por primera vez en 1983, el Primer Ministro británico anunció el jueves que le presentará su renuncia a la reina Isabel II el 27 de junio. Diez años después de la apabullante victoria electoral que lo llevó al poder, el líder más exitoso en la historia del Partido Laborista, el único en ganar tres elecciones seguidas, abandonará el número 10 de Downing Street, la dirección más famosa del Reino Unido.
La renuncia de Blair se esperaba de tiempo atrás. Desde cuando anunció que no se presentaría a un cuarto período, en las vísperas de las elecciones de 2005, cuando obtuvo su último y más apretado triunfo electoral, comenzaron las especulaciones y perdió control sobre el momento de su partida. Sus plazos se acortaron cuando su seguro sucesor, el ministro de Finanzas Gordon Brown, lideró en septiembre un motín en las filas laboristas que llevó a Blair a prometer que abandonaría el poder en menos de un año.
Aunque durante su discurso de despedida en el último congreso laborista insistió en que el único legado que le importaba era que su partido ganara en 2009, sus cuartas elecciones consecutivas, el relevo de Blair ha sido motivo de disputas y divisiones internas entre sus seguidores y los de Brown. Mientras tanto, sus rivales conservadores se han renovado bajo el liderazgo de David Cameron.
Los hechos de las últimas semanas reflejan el paradójico balance de Blair. Por un lado, su anunció llegó la misma semana en que católicos y protestantes, los antiguos enemigos irreconciliables de Irlanda del norte, dejaron atrás sus diferencias, y un conflicto que costó 3.500 vidas, para formar un gobierno compartido. Un logro que deja a Blair como el negociador de paz capaz de concretar el histórico acuerdo. Por el otro, en las recientes elecciones locales y regionales los laboristas sufrieron una derrota que no los deja muy bien parados.
Muchos consideraron el resultado un voto castigo a Blair. Y sin embargo, durante la mayor parte de su mandato, Blair fue un líder carismático y popular. Cuando llegó a Downing Street en 1997 como el primer ministro más joven desde 1812, lo apodaron 'Bambi'. Después se convirtió en 'Teflon Tony' porque la suciedad no se le pegaba. Pero con su decisión de acompañar la aventura bélica del presidente estadounidense George W. Bush en 2003, basada en falsos informes de inteligencia, su popularidad comenzó a encogerse, al punto de que su último apodo fue 'Bliar' (un juego de palabras con su apellido y la palabra mentiroso en inglés). En el juicio de la historia, las conquistas del saliente Primer Ministro se verán eclipsadas por su apoyo a la guerra en Irak.
La tercera vía
Anthony Charles Lynton Blair fue elegido líder de su partido en 1994, después de la súbita muerte de John Smith. Con los conservadores atornillados al poder, Blair solía decir que decidió meterse en política para gobernar y no para hacer parte de un movimiento de protesta, así que comenzó una profunda reforma hasta convertirlo en lo que acuñó como Nuevo Laborismo. Su proyecto consistía en copar el centro del espectro político para ganarles terreno a los 'tories' e implicaba dolorosas rupturas con la tradición, como debilitar los lazos con los sindicatos. "Gracias a Blair no hay una división significativa entre derecha e izquierda en el debate político británico. Las viejas divisiones ideológicas sectarias han dado paso a un nuevo pragmatismo que conecta con los intereses de los británicos, explicó a SEMANA George Jones, profesor emérito de gobierno de la London School of Economics. Él promovió la Tercera Vía, una aproximación filosófica acuñada ente las dos anticuadas tradiciones de socialismo y liberalismo".
Bajo su mandato, los británicos han disfrutado de un ininterrumpido crecimiento económico, bajas tasas de inflación y desempleo y mayores inversiones en salud, educación y asistencia social. Londres se ha convertido en una de las ciudades más dinámicas del mundo, compite con Nueva York como centro financiero y será sede de los Juegos Olímpicos. Además de haber ayudado a traer la paz a Irlanda del Norte, les dio a Escocia y a Gales sus propios parlamentos.
En política exterior, fue abogado de causas como el calentamiento global y la pobreza en África. Fue un gobierno intervencionista. Envió soldados británicos a Sierra Leona, Bosnia, Kosovo y, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, se unió a la misión militar contra los talibanes en Afganistán. Y es que a Blair lo distinguió su estrecha relación con Estados Unidos, al que llamó en más de una ocasión "nuestro aliado más antiguo". En su momento, lo compararon con el ex presidente demócrata Bill Clinton, pero fue su sociedad con el republicano George W. Bush para atacar Irak la que marcó sus últimos años. En el anuncio de su despedida, Blair sólo hizo una mención para defender la decisión que marcó su declive: "Con la mano en el corazón, hice lo que creía que era lo correcto".
La sucesión, salvo que ocurra algo extraordinario, caerá en los hombros de Gordon Brown (ver recuadro). La gran pregunta es si ese mandato superará las próximas elecciones generales. De momento, los sondeos favorecen a los 'tories', lo que en últimas es una prueba del legado de Blair. Si el fotogénico David Cameron ha conseguido renovar a su partido es gracias a seguir el recetario de la Tercera vía y acercarlo al centro. "Brown tendrá dos años y medio para establecer su propio estilo de gobierno, asegura el profesor Jones. El problema para los conservadores es que Cameron se limita a imitar al Blair de los 90".
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