Vuelvo a ver uno de mis videos favoritos de YouTube: la presentación de los Jackson Five en el programa de televisión de Ed Sullivan, cantando I want you back. Era diciembre de 1969 (Sullivan les desea a los muchachos una feliz Navidad), así que Michael tenía 11 años. Decir que el pequeño era bueno es poco: es increíblemente talentoso, afinado, emotivo, alcanza notas altas con asombrosa facilidad y le sobra energía para sonreír y bailar.
El problema con los niños genios es que a veces desaparece el niño y de paso se evapora el genio. Cuando empezó a cambiarle la voz, Michael Jackson se preocupó seriamente por no quedarse estancado. Desarrolló nuevos pasos de baile, entre ellos su emblemático “moon walk”, y al cumplir los 21 años se fue con el productor Quincy Jones a configurar lo que sería su sonido definitivo.
A partir de Off the Wall, y sobre todo de Thriller (a cuyo videoclip le debo varias pesadillas de infancia), sus discos obtuvieron ventas millonarias. Pero de otro lado, también se invertían cifras colosales en su producción. Básicamente, Michael podía hacer lo que quisiera. Se dio el lujo, por ejemplo, de tener a los mejores guitarristas de hard rock de cada década: en 1982 grabó Beat it con Van Halen y en 1991 contó con la colaboración de Slash en Black or white.
Fue por esa época cuando comenzó el declive, musicalmente hablando. Jackson superó el aura de niño genio, pero luego se estancó y empezó a copiarse a sí mismo. No fue Madonna, no se reinventó todo el tiempo. Pero se inventó un enérgico prototipo del pop, y en ese ejercicio sus alcances fueron impresionantes.
Por Juan Carlos Garay, crítico de música de SEMANA