Alguien definió los críticos como personas que se identifican con lo que leen. En eso son iguales a cualquier lector. La diferencia está en que los primeros consiguen retroceder, dar un paso atrás para tener distancia y perspectiva. Trato de practicar esa filosofía, pero confieso que con El olvido que seremos me ha resultado bastante difícil. Porque soy padre y colombiano y en el corazón de este libro late una conmovedora historia de amor de un hijo hacia un padre y se ve con dolorosa claridad el país intolerante, injusto e impune que hemos construido, incapaz de reaccionar siquiera ante el crimen de sus hombres más buenos.
El escritor Héctor Abad Faciolince tardó casi 20 años para contar la vida de su padre, el médico epidemiólogo Héctor Abad Gómez, asesinado en Medellín el martes 25 de agosto de 1987. Fue el tiempo que necesitó para superar el rencor y relatar lo sucedido con una emoción controlada. Para los escritores, la distancia también es buena: les ayuda a pulir los recuerdos. Y a encontrar el punto de vista adecuado. Que en este caso es un acierto: el hijo no pretende hacer un alegato político ni señalar culpables, sino hablar con su padre, evocarlo en la intimidad. Un asunto personal y a la vez universal: a todos en la vida nos llega la hora en que debemos enfrentarnos cara a cara con nuestro padre. Es una cita ineludible en la que descubrimos cuál es su legado, con qué materiales hemos construido nuestra identidad. Ojalá, llegado ese momento, él se encuentre vivo. Si no, hay que escribirle una carta. El olvido que seremos no es otra cosa que una larga y sincera carta de un hijo agradecido que quiere retribuirle a su padre el abrumador y desinteresado amor que recibió. Y rescatar su memoria del olvido: una elegía.
Pero como aquí al padre lo asesinaron y además se trataba de una figura pública, en la carta forzosamente se cuela la política. Aunque no haya sido su intención última, este libro es también un libro político, que cuestiona a una sociedad y lleva implícito un "yo acuso". Héctor Abad Gómez no fue más que un liberal humanista, preocupado porque la gente pobre tuviera unas mínimas condiciones materiales y de higiene. Un demócrata tolerante, opuesto a la violencia, defensor de los derechos humanos que, por supuesto, denunciaba que el Estado legítimo practicara la tortura. ¿Cómo pudo un hombre así ser considerado "un peligroso comunista"? ¿Cómo pudieron alegrarse de su muerte algunos dirigentes antioqueños? ¿Por qué este asesinato permanece sin esclarecer? ¿En qué tipo de sociedad vivimos? El caso de Abad Gómez y el sufrimiento de su familia es una figura repetida en Colombia y estas preguntas ya nos parecen retóricas y hasta aburridas. Por eso, el libro de su hijo es también un necesario ejercicio de memoria colectiva.
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