Por cuenta de una columna de opinión publicada en El Heraldo de Barranquilla, el concejo de esa ciudad dedicó una sesión, en la que estaba previsto discutir el delicado tema del Sisbén, a insultar al columnista Ernesto McCausland, autor de la nota.
En la columna titulada "Los angelitos y el Carnaval" el reconocido periodista expresaba sus puntos de vista sobre los ataques que desde el Concejo Distrital se le han hecho a la empresa Carnaval S.A., administradora del Carnaval de Barranquilla, la cual recientemente fue liquidada por fallo de un juez.
"...ya vemos quiénes están detrás del botín del Carnaval: nada más y nada menos que los angelitos del Concejo de Barranquilla, los mismos que ahora fungen de defensores de los intereses de la ciudad y pretenden hacer un festín popular con el fallo del juez.", escribió McCausland en la columna publicada el viernes.
La columna recuerda, de paso, los tiempos en que la gran fiesta era manejada por los concejales y expresa el retroceso que significaría volver a aquellas épocas.
"Uno que otro concejal respondió a la columna, pero el resto se dedicó a insultar y agraviar de la manera más baja", dijo McCausland a Semana.com
Por su parte, Roberto Rosanía, concejal de la ciudad por Cambio Radical, dijo que la columna de McCausland era desmedida. "La opinión del periodista no está hecha de críticas sino de acusaciones sin nombre", dijo Rosanía quien aclaró que el 75 por ciento del Concejo es nuevo y no puede ser ser responsabilizado por actuaciones pasadas.
Semana.com reproduce la columna que generó la ira de los concejales.
(El Heraldo, junio 20 de 2008)
Los angelitos y el Carnaval
Por ERNESTO McCAUSLAND SOJO
Resulta fácil para el hombre de la calle decir cualquier cosa que en su real entender le parezca. Es de ciudadanos especular, desconfiar, exagerar, hablar sin necesariamente saber. Eso no descarta que muchas veces esa voz, la voz del pueblo, se exprese con sabiduría, y en efecto sea la voz de Dios.
Pero la norma, especialmente en este Caribe de lenguas afiladas, es que se hable sin fundamento; que se diga, por ejemplo, que las cifras del Carnaval están maquilladas.
La Fundación Carnaval de Barranquilla, en cierto modo, ha sido víctima desde hace unos años de esa maledicencia propia de nuestra tierra, al punto de que el asunto se le convirtió en un mayúsculo problema de relaciones públicas; un ambiente, quizá ficticio, en que la gente que bailaba terminó sintiéndose utilizada.
Ya en esta columna nos habíamos referido al tema mucho antes de que el Juez Tercero Administrativo dispusiera la liquidación de la empresa. E incluso fuimos críticos con Carnaval S.A., apreciaciones que su gerente Mireya Caballero jamás compartió.
Ahora bien, sin ser experto en derecho, creo que se trata de uno de esos fallos que no aguantan una apelación. Pero por ahora, y teniendo en cuenta el tiempo prolongado que siempre toman estos recursos, es urgente manejar la situación.
Y es urgente porque ya vemos quiénes están detrás del botín del Carnaval: nada más y nada menos que los angelitos del Concejo de Barranquilla, los mismos que ahora fungen de defensores de los intereses de la ciudad y pretenden hacer un festín popular con el fallo del juez.
Lo más importante es que la ciudad tenga clara la intención de sus flamantes concejales; que Barranquilla entienda muy bien que en el alma de la mayoría de ellos se aloja una ‘Yidis’ perversa y pedigüeña, cuyo plan perpetuo es presionar y presionar hasta conseguir del ejecutivo lo que quieren. Ya sabemos que estos concejales son los pistones de la gran maquinaria de la politiquería, esa que fue derrotada en las pasadas elecciones.
La mayoría de ellos —con honrosas excepciones como Mauricio Gómez Amín y otros pocos que se pueden contar con la mano del mocho— aún manejan su pequeño poder.
No vamos a ser tan ingenuos en Barranquilla como para creer que nuestros angelitos, los mismos que avalaron y participaron en el saqueo sistemático de los últimos 20 años en Barranquilla, de repente se volvieron buenos y quieren lo mejor para el Carnaval.
¡Nada de eso! Ellos saben que el Carnaval puede ser un buen negocio, pero no para volverlo eficiente y participativo, sino para saquearlo, para darles los palcos a sus contratistas amigos, para tirarse la fiesta. Si el Alcalde opta por una movida administrativa que demande la autorización del Concejo, sabemos que ellos aprovecharán esas circunstancias para enquistarse en la junta y en la administración de la fiesta.
No tapemos el sol con las manos, señores actores del Carnaval, respetada ciudadanía: nunca antes el Carnaval de Barranquilla había sido tan bien administrado, jamás había tenido tanto reconocimiento, tanto flujo turístico, tanto cubrimiento mediático, tanta vistosidad. No seamos ingratos.
No olvidemos, por ejemplo, que gracias al trabajo de la Fundación, el Carnaval obtuvo un enorme reconocimiento internacional, a través de la declaratoria de Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.
Ahora, ante la actual coyuntura, los barranquilleros que amamos la fiesta, esos que no salimos huyendo de Barranquilla el domingo de Carnaval, esperamos muchas cosas. Esperamos, por ejemplo, que si la Contraloría se ha dado a la tarea de ‘tomarse’ la sede del Carnaval, los resultados no resulten en un parto de los montes, de pequeños hallazgos de tecnicismos administrativos: si hay algo grave o de verdad un balance contable maquillado, o algún tipo de hurto, robo o engaño, que se proceda sin piedad.
Pero si los hallazgos van a ser minucias sin mayor importancia, que eso no se utilice para desvirtuar a una empresa que tanto bien le ha hecho al Carnaval.
Y esperamos, por último, que el alcalde Alejandro Char entienda que en este caso, en lo posible, es mejor hacerle el quite al Concejo, quizá entrar a manejar el Carnaval a través de una de sus secretarías o a través del Instituto Distrital de Cultura, y ojalá con el concurso de Mireya Caballero y su cuadro ejecutivo, que ya saben cómo se maneja un Carnaval.
(ernesto@laesquinadelcine.com)