Uno siempre asocia la campana a la iglesia, al monasterio, a un combate de boxeo, a la partida de un tren. La campana casi siempre anuncia el comienzo o la conclusión de algo. Su tañido no está exento de cierto romanticismo, de cierta desazón, de cierta esperanza. En ocasiones es un llamado, en ocasiones una despedida. El uso de la campana se remonta a la Iglesia Occidental en el siglo VII y en la Oriental sus primeros acordes se escucharon allá por el siglo IX en Santa Sofía de Constantinopla.
Antes de la campana aparecen otros instrumentos de convocatoria, como: Tabletas o láminas de madera que se golpeaban con fuerza unas a otras; barra de metales, bocinas o trompetas (prescritas por la Regla de San Pacomio para congregar a los monjes). Todos estos implementos fueron suprimidos por el sonido contundente de una campana. Incluso se construyeron torres para que su grito desaforado pudiera ser escuchado a muchas millas a la redonda y aplacara las tempestades.
Cuando era niño solía llegar temprano a la escuela sólo para escucharla repicar en vivo y en directo. Ahí de pie junto a ella, desprovisto del don de la palabra como un pobre idiota, la sentía palpitar, centellar, chillar. Yo era el solitario espectador de ese concierto. ¡Tocan para mí! pensaba hinchado de arrogante felicidad. Jamás la sentí desafinada. ¿Cómo puede desafinar un ruiseñor?
Un día el portero de la escuela me permitió tocarlas. Me tuvo que encumbrar y sostener con sus brazos ya que yo por mi estatura no alcanzaba la soga que la movía, que la mecía. Ese día comprobé la importancia de ella, los demás chicos me regañaron por haberla “disparado” cinco minutos antes del horario habitual de entrada a clases cortándoles de cuajo el primer juego del día. Desde esa vez, desde ese incidente con mis compañeritos de grado, solo me limité a escucharlas a la distancia, a imaginarlas golpeando su cabeza contra el acero fundido, llamándome en cada nota. A lo largo de mi existencia, de mi trayecto por esta vida las escuché con alegría, con tristeza y también con nostalgia.
La última vez que tuve oportunidad de ser el protagonista y el autor de su trepidar fue en una partida, en un viaje. Un momento inolvidablemente triste. El hombre siempre está persiguiendo o escapando de algo… Partir es morir un poco, dicen los poetas. Partir es dejar atrás parte de uno; es buscar el conector de la luz tanteando en la oscuridad, es aceptar con filosofía y acaso con coraje un destino. “Un destino no es mejor que otro, pero cada uno debe acatar el que lleva adentro” decía con razón Borges.
La aventura comenzó apenas cumplí los 18. Un hermano de mi madre, el tío Pastor, me organizó el cumpleaños y la despedida al mismo tiempo. Mi tío vivía tierra adentro, en un pueblito pobre, que los mapas modernos se esfuerzan por omitir. En vano argumenté que debía tomar esa misma noche de mi cumpleaños el tren a la capital. “¡No hay problema yo haré que ese tren se detenga!” aseguró mi tío. Me parecía extraño que ese hombre fuera de tiempo y lugar tuviera tanto poder como para detener ¡un expreso! en ese paraje de mala muerte. Un tren que ni siquiera paraba en las estaciones programadas, no podía detenerse en medio de la nada, solo para recoger a un pasajero. “Eso no sucede en los países civilizados”, argumenté apelando a la lógica. Mi tío sonrió, pero mantuvo su palabra.
Después de almorzar vino la siesta y luego las recomendaciones de rigor que toda madre otorga a su hijo antes de un viaje. Son consejos que no están de más y no cuestan nada; es la muletilla que mi madre emplea, aun hoy, para brindar una perorata que envidiarían hasta los más avezados políticos nacionales.
A eso de las siete de la tarde emprendimos el camino a la estación de tren. Lo hicimos marchando en silencio por un sendero de tierra. Yo caminaba medio tristón. No me apesadumbraba tanto la despedida familiar como la incertidumbre de mi futuro. La vida te pide siempre aquello que eres capaz de afrontar, razonaba para darme ánimo. Sabía que detrás de esas abigarradas montañas, estaba el hostil pavimento citadino. “En Madrid visita el Bernabéu” me pidió mi tío, como quien exige en voz alta que se le conceda un último deseo. “¡Lo haré!” le respondí, dando por hecho un hecho.
De repente estábamos en el andén de una estación de madera con techos altos, vacía y llena de polvo. Solo tres personas en medio de la indescifrable soledad de la tarde agónica. Fue en ese lugar que mi tío Pastor (¡Tío dónde quieras que estés te adoro!) nos confesó que él era el encargado, el director y el único empleado de esa estación. Lo dijo con aire distraído. No había en sus palabras ni resignación, ni reclamo; solo indiferencia por un empleo que no había solicitado, ni tampoco rechazado.
El pito del tren nos alertó. Y, cuando al fin detuvo su ímpetu en la única plataforma de la estación, mis dudas se disiparon por completo. ¡Paraste un expreso, tío!, estás más loco que una cabra, le dije. “¡Apúrate es solo un minuto!” me gritó, ayudándome a cargar las maletas en el vagón. Años más tarde me enteré que el tren se detuvo en esa estación, ese día, porque el maquinista jefe tenía que entregar un sobre con las fotos de su hijo recién nacido en la capital, a su madre que vivía en ese pueblo y mi tío sería el depositario y el mensajero de esa dicha. A veces es una suerte vivir en un país “emergente”. En cualquier país del primer mundo sería imposible este acto meramente humano.
Ya estaba con un pie en el tren cuando la vi. Allí a lo lejos, en una esquina casi olvidada de la estación brillaba ella: la campana, la actriz principal, la remembranza que quedó de la sobremesa del ayer, microscópica ante el sol imperial. Instintivamente miré a mi tío.
- ¡Corre! ¡Corre!- gritó mi tío con tanta fuerza que los pasajeros del tren asomaron sus rostros por las ventanillas para ver que sucedía. A qué se debía tanto alboroto.
Y la campana de bronce tronó con tanto carácter, con tanto vigor, con tanto brío, que la luna que resplandecía en el horizonte de ese pueblo olvidado por Dios, por los hombres y por los mapas, tuvo que taparse los oídos para no quedarse sorda. Ella, que me había acompañado en el transcurso de la niñez, era también la que me despedía.
Ahora sé que ese repiqueteo me acompañará hasta el fin.
Ningún hombre es una isla, entero en sí mismo; todo hombre es un pedazo del continente, una parte de tierra firme; si el mar se llevara un terrón, Europa perdería un promontorio como si se llevara la casa de un amigo o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque soy parte de la humanidad; y por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas:
Ellas doblan por ti.