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Blog de Juan Linares

Uribe alborota a los medios, a los estudiantes, al país

Otra tarde de perros. Otra puesta en escena institucional. Uribe es como la muerte: creemos que estamos preparados para ella y, sin embargo, nos sorprende. En Medellín, ciudad maltratada por la violencia diaria, el Presidente, atormentado por la inseguridad democrática urbana, ha elegido la peor de las opciones posibles: involucrar a los estudiantes en eventos policiacos. ¿Qué peces espera pescar en esas aguas estancadas?

Una recompensa de 100 mil pesos mensuales, vislumbra el Primer Mandatario, será suficiente incentivo para que “jóvenes patriotas” señalen o denuncien a cualquier sospechoso ante las comisarías del barrio. Nada nuevo bajo el sol para un gobierno que ha hecho de la delación una virtud cívica. La historia, más que yo, sabrá pintar con tintas convenientes toda la deformidad de su corazón y de sus obras.

Lo cierto es que superada la sorpresa inicial por esta polémica decisión de nuestro excelentísimo señor Presidente, uno comprueba que es víctima de una rabia estéril que nace cargada de razones con las que no se puede hacer nada.

¿Qué le pasa a esta sociedad colombiana que en vez de avanzar, retrocede? ¿En qué estado se encuentra su escala de valores? ¿Qué réditos políticos se pretende obtener con esta nueva bravata presidencial? Solo Dios sabe cuántos hombres, mujeres y niños han bajado al sepulcro de la mano de esta época de sangre, para que ahora, desde el propio gobierno, se promueva la desconfianza y el odio entre hermanos.

Los grandes principios se fundan y se practican a la vez. Hay ciertos derechos que van unidos a la piel del ser humano: el derecho a la vida es uno de ellos. No solamente la muerte constituye la violación de este derecho fundamental, sino cualquier estado o situación que la convierta en un sufrimiento o en algo indeseable. Poner a los estudiantes, que aún no han encontrado su centro de gravedad en la sociedad –su lugar en el mundo- a patrullar y denunciar a vecinos sospechosos es exponerlos a una riesgosa misión que les es intelectualmente ajena. Tener que recurrir a ese reservorio, tal vez el último bastión de esperanzas y dignidad de la nación, es admitir una pomposa derrota de los valores que sostienen a cualquier sociedad civilizada.

En Colombia, peligrosamente, fatalmente, nos hemos acostumbrado a los escándalos políticos, a las chuzadas telefónicas, a los falsos positivos, a los vencimientos de términos, a quebrantar la ley cuantas veces sea necesario, a acomodarla a nuestros propios intereses, a pasar por encima de los reglamentos estatutarios y fundacionales, a transgredir principios que son innegociables como el voto; hemos permitido que la corrupción envenene a la sociedad y afecte el tejido social de la misma. ¿No es esta la proclamación indiscutible de su fealdad moral, de su inferioridad social, de su miseria sicológica?

La corrupción es como aquella invitada que llega a deshora y no se va nunca, ni siquiera cuando la dueña de casa simula un desmayo y su marido le hace respiración artificial, lamentando que haya sido “un día tan largo”. La corrupción es un personaje insolente, indolente, un virus corrosivo que no tiene modales. La única forma de librarnos de ella es expulsándola de la casa y restableciendo la moral pública.

El presidente Uribe no pierde ocasión de ponderar los beneficios de la seguridad democrática. Un discurso engañador cotidianamente desmentido por la práctica. ¡El crimen en las grandes urbes está disparado! Y el gobierno no tiene o no encuentra, otra respuesta que no incluya la compra de más armas y el aumento del pie de fuerza. ¡Las armas pesan más que las palabras!

Desconoce o no reconoce que hay actividades que sólo el Estado puede prestar, que son normalmente bienes públicos que, sin duda, mejorarán la calidad de vida de la población y bajarán automáticamente los índices de criminalidad: educación, salud, trabajo, esparcimiento.

Los estudiantes son la nueva fuerza bruta que el gobierno pretende sacar a las calles para combatir a la delincuencia. ¡Una acción desesperada! Ignora que la historia de los cambios sociales en el mundo es el tratado de lógica más perfecto: a tales causas han de suceder tales efectos.

Con su nuevo mensaje Uribe alborota a los medios, a los estudiantes y al país. Está acostumbrado: sostiene el escándalo y se sostiene con él.

¡Siempre fue así!

Por Juan Linares
Publicado 01/31/2010

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