Recibí un regalo magnífico, el mejor que he
tenido en dos décadas, por lo menos. Se trató de una presentación asombrosa de Turandot
transmitida por vía satélite desde el Metropolitan Opera House, de Nueva York. Todo
sucedió aquí en Bogotá el sábado 7 de noviembre de 2009, y quiero dejar
constancia de esa fecha inolvidable.
Desde el punto de vista de la forma, fue
una experiencia sorprendente. El diseño de la puesta en escena estuvo a cargo
de Franco Zeffirelli, así que describir su belleza, elegancia y cuidado con los
detalles resultaría una perogrullada. La producción de esta obra póstuma de
Giacomo Puccini (1,858-1,924), que Franco Alfano (1,876-1,954) debió terminar,
se estrenó en 1,926 en La Scala de Milán, y casi mágicamente el sábado pasado se
vio simultáneamente en 40 países a través de la asombrosa tecnología de
innumerables cámaras que ofrecieron diferentes planos de los sucesos en el
escenario.
Y como si fuera poco, durante los dos
intermedios, me deleité con entrevistas a los participantes, como cuando por
televisión interrogan a los ciclistas al finalizar las etapas de la carrera,
entonces tuve la oportunidad de disfrutar del melancólico espectáculo de la
utilería en desuso, y aprendí, por ejemplo, que la sección de cobres de la
orquesta del Met es la más prestigiosa del mundo, claro que no debemos perder de
vista que los gringos siempre dicen que lo de ellos es lo más grande, lo mejor,
lo más variado, lo más surtido, en fin. Sin embargo, en oportunidades como
esta, me da la impresión de que no exageran, me pareció inverosímil el coro
magnífico y la gran orquesta entre el foso, dirigida por Nelson Andris. En esos
diálogos también confirmaron las dificultades económicas que ese teatro de
ensueño tiene para financiar sus interpretaciones majestuosas. Además durante
casi diez años pensé que Frank Sinatra era mi punto de referencia en el manejo
del terror escénico, pero luego de oír al tenor Marcello Giordani, quien hizo
el papel de Calaf con la responsabilidad de cantar el legendario “Nessun dorma”,
el aria clásica para los tenores, la más esperada y seguramente una de las más
hermosas del repertorio operático, que además en el Met ya la habían interpretado
Luciano Pavarotti, José Carreras y Plácido Domingo, por ejemplo; y este
hipervínculo lo llevará a una versión conjunta de esos tres tenores, que por
supuesto no es la que oímos en esta ocasión http://www.youtube.com/watch?v=MDtcidMR_6I.
En resumen, se trató de una presentación impecable y una ocasión sobrecogedora,
aun cuando la ópera es una experiencia personal con los músicos dentro el mismo
teatro del espectador, este despliegue de tecnología y progreso me dejó una
sensación inquietante y novedosa, además muy placentera, semejante a la que
tuve la noche en que probé la deconstrucción de los alimentos según Ferrán
Adriá.
Desde el punto de vista del contenido
también quedé pasmado. Después de todo, hacía más de un lustro no presenciaba
una representación completa de esta ópera, así que jamás la vi con ojos de
hombre de aspiraciones literarias. El libreto a cargo de Giuseppe Adami
(1,878-1,946) y Renato Simoni (1,875-1,952), es un relato redondo, sin detalles superfluos,
en el que cada elemento tiene un por qué y un para qué, además de una estructura
clásica, lineal, es decir: introducción, nudo y desenlace.
En el primer acto plantearon el problema. La
decapitación, evocadora de la castración, era el castigo para quien aspiraba al
lecho de la princesa Turandot sin lograr adivinar los tres acertijos imposibles
que ella planteaba, hasta ese momento ningún pretendiente había sobrevivido.
Entonces apareció el muy valeroso Calaf, un enamorado platónico a quien el
romántico estupor le impedía sentir miedo frente el reto mortal y mucho menos entrar
en razón con los ruegos urgentes de su padre, su suegro potencial, ni siquiera
lo lograban los escarceos amorosos, y un poco sonsos, de la hermosa y dulce Liu.
Claro que comprendo que Calaf la encontrara aburridísima, sin embargo creo que
su función era de artilugio literario: un alter ego de la vil Turandot que
servía de contraste para exaltar la crueldad y el narcisismo maligno de la
insoportable dama, mientras la pobre niña bondadosa era libre a la hora de
expresar afecto, así no fuera correspondido. Luego el segundo acto explicó el
por qué de la aversión hacia los hombres por parte de la soberbia Turandot, en
especial por aquellos con aspiraciones de zambullirse en sus carnes sagradas. Relataron las circunstancias de la conducta de la princesa: en tiempos
victorianos, la sexualidad era un tema tabú, así que esta noble desdeñaba a los
hombres arrogantes e indignos de su confianza, aun sin experiencia amatoria, pues
era virgen hasta la desesperación, se trataba de un odio atávico originado en las
vejaciones de un forastero a su venerada antepasada Lou Ling, quien falleció. Entonces el obstinado Calaf resolvió con solvencia los acertijos de la caprichosa
Turandot, sin siquiera dudar, y ante sus ojos incrédulos vociferó las tres
respuestas: esperanza, amor y sangre, que me
parece sintetizan la premisa del relato: ¡que ruede sangre, la esperanza está
en el verdadero amor! En el último acto, muy conmovedor por cierto, triunfó el
amor puro, verdadero y genital luego de una elocuentísima exposición de Calaf
sobre la naturaleza de su amor noble, y sobretodo inquebrantable, por la
incomprendida Turandot. La besó en la boca con fruición indescriptible y, como en el
caso del Príncipe y la Bella Durmiente, les fascinó cautivándolos para siempre, entonces en este momento cabe la suposición de que la parejita fue feliz eternamente y los súbditos de Turandot
sintieron alivio a la vez que alegría, como se entiende con facilidad. No sin que antes
muera la fácil Liu cuando Turandot se transformó en una dócil enamorada, recordemos que el amor la rescató, este personaje bobo dejó de tener
sentido, así que desapareció de la escena mediante una eutanasia literaria,
podríamos decir.
Pero lo más llamativo de esta narración
algo cursi, es que fue muy interesante y emotiva. Estaba tan bien ensamblada
que al principio causó rabia y preocupación, luego suspenso tenso y hasta malestar,
pero en el último momento se hizo muy conmovedora cuando llegó el clímax y el
amor triunfó sobre la muerte. Y este relato intenso se articuló estupendamente
mediante las intervenciones de Ping, Pang y Pong, los tres ministros que recuerdan a
los Tres Chiflados, seguramente con algo de sátira política, quienes además de
darle aire a la historia con su humor un poco infantil, aportaron contexto a los
eventos, dándole la mano al espectador para que tolere, entienda y disfrute la
totalidad de la obra.
Por otra parte, desde el punto de vista psicoanalítico,
lo que representa esta ópera es la mejoría de un caso de histeria, que no se
refiere solamente a la rabia perpetua de Turandot, también a su conflicto con la sexualidad expresado en dificultades enormes para relacionarse
con los hombres, y por supuesto, ante la inminencia del coito. El punto de
quiebre, donde aparece el cambio catastrófico en la mente de Turandot es la
muerte de la insípida Liu, luego de darle una lección teórica sobre feminidad y
la entrega desprevenida al amor, que abre la posibilidad de que Calaf penetre la
barrera de hielo de la princesa, quien de inmediato se transformó, se curó para
siempre al adquirir la capacidad de confiar al menos en su pareja, logrando la sexualidad
adulta, con libertad de tener al menos un hijo, si así lo deseara, al igual que
de construir una vida satisfactoria, más benévola consigo misma y los demás.
Entonces en este contexto, simbólicamente la sangre que rodó fue la de la
virginidad, en un nivel concreto, y en uno abstracto, la inocencia de Turandot al transformarse en una mujer humana, conmovedora, ya que se comprendió que se trataba de la hija
desamparada de un anciano, pues creció sin su mamá, que se la arrebató un
inescrupuloso.
También es interesante detenerse a reflexionar
sobre omnipotencia de la personalidad, también narcisística, de Calaf. Aquella
que al fin y al cabo lo llevó a confiar en sí mismo hasta el punto de
arriesgarse a la muerte y a escoger como pareja a esa dama bastante
insoportable. Una situación que concuerda con la idea de la complementariedad
de los enamorados y el antiguo adagio psicoanalítico: cuéntame que patología
mental padece tu pareja, y te diré cuál es la tuya.
Por último, mi agradecimiento definitivo
por este espectáculo maravilloso está en el gran placer estético que me produjo
y en que me hizo pensar, así como renovar ideas.