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Pura Vida

Amores no correspondidos

El sábado, al almuerzo, tuve una conversación sobre amores desdeñados. Y fue tal la inquietud que me suscitó, que de inmediato sentí el deseo de escribir este blog a ese respecto, y de publicarlo en lugar de “El matrimonio, otra paradoja de la democracia”, que ya había redactado para esta semana.

Mi pobre compañero de mesa –y lo califico de ‘pobre’ no por su posición financiera, sino porque para nada envidio su situación-, padecía una relación de pareja prolongada y deteriorada. Recientemente, en una conversación de esas bien densas sobre los defectos del noviazgo, ella planteó la alternativa de romperlo, en un intento desesperado y bastante dramático de transformar la mentalidad de ese pobre hombre -bueno también fue un esfuerzo estéril, infantil, algo torpe y muy predecible, en fin-, su objetivo era aterrorizarlo ante la posibilidad de perderla para siempre. ¡Pero él aceptó! ¡Le pareció magnífica idea! ¡Se puso feliz! Se sintió como si por fin hubiese recuperado la libertad, como si le abrieran las puertas de la Cárcel de Sing Sing –así diría el gran Alci Acosta, http://www.youtube.com/watch?v=pAWegpwwo0c , intérprete reconocidísimo de música propicia para estas circunstancias-, mientras ella, desconcertada, porque desestimó las quejas y lamentos de él durante mucho tiempo, pues ella creía que pelear era uno de los aspectos más imprescindibles y encantadores del amor.

El padeció la ruptura, doy fe de ello, así fuera libre de nuevo, en todo caso, la quería y la extrañaba de una manera inesperada, así son las contradicciones del corazón y los hábitos del cuerpo. Sin embargo, él manejó la crisis mediante la acción –un analista diría, maníacamente, al negar la pérdida como medida transitoria que intentaba ocultar la tristeza mientras pasaba lo peor, y antes de retomar las actividades de la vida corriente-, entonces se dedicó a complejas y estruendosas parrandas en compañía de amigos solidarios, al igual que conversaciones y bailes interminables con amigas de brazos mimosos, risas fáciles y ojos sorprendidos. Después de todo, como es sabido, la calle siempre es más entretenida que la casa. En todo caso, hay que tener en cuenta, que no siempre es así para todos los hombres desairados, también hay para quienes la melancolía se hace tan abrumadora que exige tratamiento para la depresión, y hasta llegan al suicidio, el uxoricidio y otros crímenes pasionales, todo depende de la estructura básica de la personalidad, de su experiencia con duelos anteriores, así como del contexto de la pérdida.

De regreso a nuestra historia sobre el pobre hombre desairado involuntariamente, resulta que ella en cambio manifestó su luto con exuberancia y despliegue público. Ayes y crujir de dientes acompañaron la enumeración lacrimosa, y la descripción detallada de las afrentas que el pobre tipo le causó. Además inició una campaña de desprestigio masiva en contra del pobre muchacho, perorando con familiares, amigos, colegas y jefes sobre el réprobo que la abandonó, por supuesto respaldada por el extenso listado de los defectos de él. Sin embargo, mientras tanto, lo acechó, lo persiguió mediante el empleo de la tecnología del celular, el Facebook y demás recursos que la vida moderna ofrece, con la finalidad de preguntarle por qué no quería regresar a sus brazos resentidos, por qué rehuía a sus invitaciones para explicarle una vez más el abandono, a la vez que le hacía promesas vanas de cambio y aclaraciones repetidas sobre por qué las cosas llegaron a ser así. Ella no trató de matarlo físicamente, como lo haría un hombre, tan solo fue un homicidio simbólico, creándole un nueva imagen de desalmado. Es comprensible lo detestable que era explicar en esas circunstancias aciagas, así que romper una relación amorosa también es una decisión valerosa que exige disciplina, porque además de la culpa, la seducción también tiene su lugar como estrategia para estas situaciones, y las debilidades humanas de él eran ampliamente conocidas por ella.

Y me siento capacitado para redactar un extenso tratado sobre la inacabable ira femenina, pero no es el objetivo de este blog, pues solo pretende explorar la conjetura de que los duelos difieren entre hombres y mujeres por la manera en que cada uno ama, una consecuencia del trayecto que cada cual recorre durante su proceso de maduración.

Sigmund Freud planteó que el amor masculino era mercenario –pero no como un defecto, solo quiso decir que era directo, claro, concreto, sincero, en busca de gratificación tangible, al igual que de afecto-, en cambio el femenino era entregado –tampoco quiso alabarlo, se refería a lo sacrificado, absoluto, tremendo, devoto, con innumerables matices y pliegues–; entonces podríamos resumir estas ideas en que ellos quieren vivir en paz, mientras ellas buscan confirmación constante de que son indispensables. El complejo de edipo, paso obligado en el desarrollo psicológico para la adquisición de la madurez y la identidad sexual, así como la construcción de los sistemas de valores e ideales, es diferente en ambos sexos. Para los niños es más sencillo, pues nacen aliados con sus madres y en la medida en que crecen, descubren al padre, identificándose con él, entonces se le acercan conservando la imagen materna en el ideal de mujer que marcará su derrotero amoroso para el resto de la vida. En cambio para las niñas es más complejo el complejo de edipo: igualmente nacen cerca de la madre y luego se alejan en pos de explorar la relación con el papá, pero a diferencia de ellos, de nuevo regresan a la identidad con la madre conservando para siempre al padre como ideal de masculinidad, sin embargo, para alcanzar la madurez, ellas deben independizarse nuevamente de la mamá. Desde esta perspectiva pueden explicarse las diferencias de género en lógica y la manera de experimentar emociones, y estas vicisitudes del desarrollo psicosexual se apoyan en la experiencia de vivir con la anatomía de cada uno, incluyendo sus cerebros, en especial, el gran desarrollo que ellas tienen en regiones relacionadas con las habilidades lingüísticas, el apego y las que controlan el funcionamiento periódico de las hormonas características de la feminidad.

Entonces se me ocurrió la hipótesis temeraria de que si había diferencia en la manera en que hombres y mujeres amaban, sin ser menos ni más, tampoco mejor ni peor, tan solo distinto, entonces los duelos también debían tener diferencias. Después de todo, se construyen diversas maneras de vincularse y de concebir el mundo desde el nacimiento, así que romper nexos también debe ser distinto, aun cuando la pérdida sea un asunto universal.

Es posible, y hasta probable, que el duelo se dé en cuatro etapas –y lo digo con dudas porque de todas maneras los lutos, como cualquier otro asunto mental, es personal, así que habría tantas formas de superarlos, como gente-. En la fase inicial, habría intenso dolor ante la sombra del objeto perdido al notar la ausencia, con tristeza, angustia y, en ocasiones, con incredulidad frente a los hechos cumplidos. Luego aparecería la segunda etapa, con rabia, búsqueda del culpable, una época de pelea contra la tozudez de los acontecimientos. Después seguiría una de reconocimiento, de aceptación y resignación, todavía con tristeza frente a la carencia. Por último, el proceso se completaría con la resolución, -digamos la cicatrización psicológica se completa, aun cuando quedan rastros de la herida-, donde se recordaría la pérdida con sentimiento, sin que llegara a ser devastador, ni regresar a la etapa inicial del luto, en todo caso, abriendo la posibilidad de invertir de nuevo esa energía psíquica, ese afecto, con la potencialidad de crear un nuevo vínculo donde antes estaba el ausente, abriendo la posibilidad de invertir otra vez recursos emocionales en nexos novedosos. Se trata de la posibilidad, la motivación, la disposición para nuevas alternativas, proyectos y relaciones, en suma, es cuando surgen  oportunidades, así como progreso, aprendizaje a partir de la experiencia y mejoría.

La pérdida del ser amado es dolorosa para todo el mundo: para la pareja, los amigos, la familia y los hijos. Así él no anduviera por ahí vociferando sus pesares, mientras ella, sí. Tal vez lo que hace complementarios a los hombres y las mujeres son precisamente sus diferencias, por ello de pronto lo más prudente es amar al otro sin tratar de transformarlo. Pero en ocasiones no queda otra alternativa más que alejarse, así haya quienes lamenten que ya casi nadie padece por su pareja.


Por Santiago Barrios
Publicado 11/23/2009

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