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| 9/8/2006 12:00:00 AM

Qué oso

Estos son lo osos - peludos, polares, grizzly y demás - que enviaron nuestros lectores a la convocatoria de Zona Lector

Osos tiernos, osos amorosos, osos en la calle o en el colegio. Sabemos que recuerda perfectamente los peores osos de su vida. Envíenos sus historias y sus fotos.

Hay osos de osos. Están los amorosos, como andar detrás de alguien que no le para a uno ni cinco de bolas. O los osos de colegio, como que le bajen los pantalones de la sudadera, o las típicas representaciones de izada de bandera, que ante todo parecen diseñadas para hacer quedar en ridículo a los adolescentes. O la clásica chiflada al primíparo que se agacha en la plazoleta central de la universidad a recoger la monedita de 500 que está pegada en el piso a propósito. O que lo coja la suegra en el cuarto de la novia...

¿Qué vergüenzas ha tenido que pasar usted? Semana.com lo invita a que nos envíe sus historias y fotos de los osos más peludos de su vida.

Escríbalas al e-mail zonalector@semana.com, con el asunto: oso

La misa
Después de mucho tiempo de estar ahorrando y ensayando para conformar el grupo coral de la parroquia a la que pertenecía, logramos que nos dieran la oportunidad de cantar la primera misa. Lo extraño fue que nos la asignaron para un jueves a las dos de la tarde, una hora bastante rara, aunque no nos extrañaba ya que sabíamos que no le caíamos muy bien al padrecito. Llegamos pues con nuestros instrumentos y las conexiones y empezamos a ensayar y a animar a la poca gente que había en la iglesia. Los pusimos a alzar las manos y a alabar mientras el padre comenzaba; cuando llegó la hora vimos al padre entrar por la puerta principal de la iglesia y ahí nos tiramos al charco: con toda la fuerza empezamos nuestra rumba carismática con un potpurrí, lastimosamente lo que venía detrás del padre era un ataúd con su cortejo fúnebre. La misa era de entierro. ¿Se imaginan cómo nos quedamos? Unos mudos de la pena y otros secos de la risa y el padre haciendo una cara como para no volverlo a ver jamás.
Juan Manuel

Desayuno continental
Nunca se me va a olvidar... 1993, recién egresado de la universidad como Administrador de Empresas, mi primer trabajo como analista de crédito en un banco y mi jefe me invita a un "desayuno de trabajo" en un hotel muy importante con unos clientes que solicitaban un préstamo grande. Fuimos al desayuno con mi jefe, el presidente del banco, los dos dueños de la empresa que solicitaba el préstamo y su gerente financiero. Todos muy encorbatados y unos cuantos escoltas en el restaurante porque eran personas como importantes. El mesero cometió el error de preguntarme a mí primero que quería desayunar y yo ni corto ni perezoso pedí un desayuno continental o algo así, con huevos, chocolate, panes y no sé qué más cosas... Hizo la ronda completa y resultó que el más arriesgado pidió café. Los demás apenas ordenaron agua. Se podrán imaginar la mesa llena de comida... Y toda para mí! Fue la reunión mas larga de mi vida...
Marcelo H.

Una tarjeta electrónica
Estaba recién llegado a Estados Unidos, iniciando mis estudios de doctorado. Era el año 1994 e Internet se estaba empezando a tomar el mundo. Entre mis amigos colombianos, yo me sentía el duro en manejo de esa nueva tecnología. Pero en realidad no lo era y me di cuenta de la peor manera. Un día me llegó un mensaje a mi correo electrónico que decía: Acaba de recibir una tarjeta electrónica. La puede reclamar en la dirección: www.media.mit.edu... y seguían un montón de números y letras. Yo, creyéndome muy avispado, imprimí el mensaje y me fui a reclamar mi tarjeta al MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts), uno de los centros tecnológicos más avanzados del mundo!!! Todavía recuerdo la risa de los jóvenes investigadores que me atendieron y que me explicaron que no me podían entregar la tarjeta, porque no existía físicamente sino que tenía que bajarla por Internet.
Enrique Chaux

La presentación
Esto pasó en 1995. Yo era monitora en una clase para los estudiantes de Ingeniería General en la Universidad de Los Andes. Habían programado un ciclo de conferencias con diferentes profesores de cada departamento, y me correspondía hacer la presentación de cada uno de ellos. Como tenía miedo a equivocarme, me encontré con cada uno de los conferencistas días antes de sus charlas, y les pregunté detalles sobre sus carreras y sus vidas, para hacer una presentación más sólida. Llegó el día de la conferencia de un profesor muy importante del departamento de Ingeniería Civil; y yo me lucí en cinco minutos de presentación de su vida y obra, sin escatimar detalles sobre sus logros, publicaciones, clases que dictaba, y su charla sobre la profesión de Ingeniero Civil. Quise que me tragara la tierra cuando el profesor en su primera frase se presentó con un nombre totalmente diferente, y además dijo pertenecer a la facultad de Ingeniería Industrial.... ¡qué oso!
Liliana Dávila

Osos miópicos
En Manizales se presentaba nuestro queridísimo cantante Andrés Cepeda en un sitio nocturno, no recuerdo hace cuánto... Solo el Oso. Como ha sido uno de los cantantes colombianos favoritos de mi mejor amiga y mío, ella logró que un pretendiente suyo no solo la invitara a ella sino a mí también. Llegamos al sitio, iluminado a medias como todo sitio nocturno que se respete, cuando veo llegar a nuestro cantante que se sienta solitaria y sospechosamente dos mesas más atrás de la nuestra... Acto seguido les pido permiso a mis acompañantes para hacer algo... Fui a saludarlo con la sorpresa (llena de peluche como un gran OSO) de que no era tal... Después de estar allí con la mitad de los glúteos en la silla frente a la suya, me tocó decirle que lo había confundido, él sonrió y me dijo que también se llamaba Andrés, me presenté y después de un buen y decente disimulo a lo paisa, regresé a la mesa original donde estaban mis acompañantes muertos de la risa, sumándole las otras personas que se la "pillaron". El resto de la noche me el tipo me cortejó... Lástima que no hubiera sido el original
S. Gonzáles

El profe
Yo era un estudiante que en la universidad me gustaba hacer bromas a los primíparos. Una noche llegue tarde a clase y me di cuenta que había una alumna nueva. Me dije: “vamos” a mí mismo, “llegó una victima más”. Bueno, como yo era de los mayores del salón me encantaba hacerme pasar por profesor. Así fue que saludando con seriedad y haciéndome pasar por el profesor de humanidades, empecé a conversar con la "alumna nueva", diciéndole que yo les iba a dictar humanidades y la carreta del caso, como el tema que íbamos a ver. Ella muy interesada me preguntaba bastante, y a su lado había una compañera de clase que se reía y yo no entendía por que. Después de un buen rato de estar echando carreta se paró la "alumna nueva" y se presentó: "Bueno, yo soy la profesora que vengo a dictarles humanidades…" ¡Me quería desaparecer!

¡Buenos días!
Una vez fuimos de paseo a una finca mi familia y unos amigos de mis papás, que eran los dueños de la finca. Para desayunar se reunían todos en la mesa, y como mi novia y yo nos levantamos un poco tarde nos estaban esperando en la mesa. De paso por el baño entré a orinar, y cuando llegué a desayunar todos se reían a carcajadas. Yo me tocaba la cara y me miraba las manos, todos empezaron a mirar más fijamente hacia mi cintura. Me di cuenta que mi pene estaba al aire y ¡upps! qué oso, me encerré en el cuarto y no salí de él sino después de 8 horas
Peter Victoria

Como un zapato
Si se estuviera disputando aquí un premio de acuerdo con la magnitud del "oso", el mío -para mi infortunio- bien merecería entrar en el "cuadro de honor" (si es que no obtiene el título!):
Cuando terminaba el bachillerato me invitó un amigo del colegio al matrimonio de su hermana mayor. Como si hubiese entonces una "conjunción de astros", todas las condiciones se dieron para "tan particular circunstancia" de la que no me queda hoy más remedio que reírme (y hasta pensar hacerle con ella la competencia a Andrés López y su Pelota de letras).
Para empezar, era la época en la que lo último que pensaba yo en ponerme era un vestido de paño y corbata, y por eso el único que tenía para ocasiones como esa era uno "heredado" de mi papá, quien se acababa de pensionar anticipadamente. La diferencia de estatura entre él y yo y los centímetros de más a mi favor me hacían ya de por sí lucir el pantalón como Michael Jackson, léase más arriba de los tobillos... Pero ese no es el oso sino la antesala, pues -para completar el ajuar- los zapatos (estos sí míos) que tenía también para ocasiones como esa. Pese a lo "exclusivo" de su uso ya acusaban varias posturas, que aunque no eran delatadas por la parte visible, sí lo eran por el gran hueco en su suela.
La otra fatalidad de la conjunción de los astros me llevó a hacerme "amigo" de los meseros, quienes por eso me atendieron mejor que al promedio de los asistentes en lo que a whisky se refiere. "Encopetado" como estaba se me olvidó el dichoso hueco en los zapatos y sin ningún pudor salí a la pista con el resto de los solteros deseosos de ganarnos la liga... El método escogido por el maestro de ceremonia no pudo ser mejor: TENÍAMOS QUE QUITARNOS UN ZAPATO! Sí, un "ZAPATO", y como un zapato quedé yo luego de que de toda una montonera preciso saliera el mío a relucir.
Y para redondear lo "salado" que estaba esa noche ni siquiera me gané la liga pues ese honor se lo llevaba el tercero. El mío, pese a ser el segundo, fue el deleite de la fiesta. Se robó el show con todo y filmación en primer plano, que creo llegó hasta Alemania pues de ese país era el novio (por cierto, que me perdone mi patria por contribuir a su mala imagen internacional!). En ese trance -que se me hizo eterno- además de pasárseme la "fuma" en paro, casi ni me animo a volver por mi calzado después del escarnio.
En fin, no se olviden de pensar en un premio si a magnitud de "osos" se refiere, para reconocer de una buena vez ese grislie o Polar que me tocó a mí.
Mario

¿Ovina o bovina?
En mi época de práctica como periodista rondaba el rumor de que las hamburguesas de El Corral estaban hechas con carne de lombriz. Yo había leído en una de las sucursales una certificación de un laboratorio que decía que era carne 100% bovina. Corrí donde mi jefe a decirle que ya había descubierto el secreto: ¡que la carne era de oveja! Mi jefe me dijo que publicáramos la cosa, pero cuando comenzó a revisar lo que había escrito se dio cuenta de mi ignorancia...
Azury Chamah Furman

Vuelo equivocado
Se acabaron las dos semanas de vacaciones y llegó la hora de regresar de España a Londres con mis tres hijas adolescentes. Se nos había hecho un poco tarde y todas seguimos a las carreras a nuestra hija mayor, que se veía que sabia a cuál sala debíamos ir. Llegamos a la sala y como soy registrada minusválida me presenté con mis hijas al ayudante de vuelo, que recogió nuestros tiquetes y nos dejo pasar sin hacer la fila. Desafortunadamente, como habíamos llegado con retraso todos nuestros asientos quedaban en partes separadas. Yo me senté, me quité mis zapatos y me preparé para dormirme hasta que llegásemos al aeropuerto de Stantead. Después de un buen rato en que los pasajeros entraron y llenaron el avión yo oí entre mis sueños a la azafata diciendo: "Por favor, los pasajeros que van a Stantead levanten la mano". Yo creí que estaba soñando, pero de nuevo escuché el mensaje, ahora con más insistencia. Abrí los ojos y le pregunté sonriéndole a la de mi lado: “¿Por qué está la azafata preguntando por los pasajeros que van a Stantead, luego no va este avión a Stantead? Y ella dijo: “No, vamos a Luton”.
Entonces oí a una de mis hijas desde atrás del avión diciendo MAMAAA!. Entendiendo el error me puse los zapatos, me paré, llamé a mis hijas y todas las cuatro con mucha dignidad salimos del avión. Pero el oso no quedo ahí. Nos tocó ir al avión que realmente iba a Stantead y que estaba retrasado esperando por nosotras. Cuando entramos, todos los pasajeros nos dieron un aplauso de irónica bienvenida y mi hija segunda decidió dar un venia, seguida por sus hermanas y yo con mi bastón. Apenas oímos unos ufff! callados. QUE oso!.
Ana Davies

La peluquería
Bueno, ésta no me pasó a mí, pero nunca quisiera que me pasara. Un amigo tiene una peluquería en una plaza de mercado, por lo que la gente que atiende no es que sea de estrato 4 siquiera. Tiene otro peluquero en la silla de al lado. A este peluquero le gusta "codearse" con gente humilde pero a mi amigo poco le gustan esas amistades, y menos por su aspecto. Un día el otro peluquero estaba cortándole el cabello a un señor y mi amigo, muy ofendido y ofuscado viendo a una señora de mal aspecto sentada en la sala de espera, le incriminó que si no dejaba esas amistades mejor no volviera a trabajar. A lo que el señor que estaban peluqueando contestó: “No se afane que es mi señora, pero ya casi nos vamos!”... Mi amigo salió de la peluquería y no volvió hasta las dos semanas. UUUUffff.
Leonardo Rendón

La compañía
Esto me sucedió en los Estados Unidos, me tocó ir a una compañía a entregar un paquete al dueño. Este señor era muy altanero, y cuando llegué con el paquete se enojó porque lo habían enviado tarde y me insultó, diciéndome varias cosas de grueso calibre. Yo le devolví sus insultos. Cuando regresé a la companía, me despaché a insultar al viejo ese por su patanería. La madre de mi jefe me miró y abrió los ojos como diciéndome algo. Cuando me preguntaron si sabía quién era el señor que estaba con nosotros en ese momento ahí en la oficina dije que no. Era el socio de la compañía donde yo trabajaba y el hijo del viejo de Nueva York. Salí de ahí como perro que lleva el diablo.
PaisaRestaurante chino
Estos son un par de osos que viví con mi ex esposa, buena amiga mía hoy en día. Estando de novios íbamos a ir a su natal Pereira, en donde un tío nos esperaba para cenar. Nos iba a llevar a un restaurante de comida china. Mi novia, en ese momento, insistía en que el restaurante chino se llamaba "El Naranjal". Me parecía un nombre extraño para un restaurante de comida china, pero ya había oído hablar del caso de un restaurante chino en Bogotá llamado "Mi cafetal" y caracterizado por la ausencia total de salubridad en sus platos. La cita era a las nueve de la noche y yo le pedía que rectificara el nombre del restaurante. No me sonaba. Ella insistía en que el restaurante se llamaba "El Naranjal" y que era el más conocido de Pereira. Me dio la dirección en un papelito y nos fuimos a buscar el dichoso restaurante. Esperaba encontrar un local no muy decente y una disculpa para evadirme. Cuando íbamos llegando, unas lindas columnas estilo oriental y la escultura de unos dragones a la entrada daban paso a un gran aviso luminoso que decía: Restaurante Chino "EL MANDARÍN".
El otro oso es breve. Estando ya casados pasamos por el cementerio de Cota y entre dientes le oí decir: "Este cementerio es un moridero".
Andrés Felipe Giraldo López

El jefe
Pues bien, ahí les va mi historia. Tenia yo apenas 17 años y estaba pasando por la época en que tenía que tomar la decisión de qué iba a hacer con mi vida. Una periodista amiga de mi mamá me dijo que como me veía interesado en esa profesión me invitaba a hacer una práctica a la empresa en la que trabajaba para que yo conociera el medio y confrontara mi vocación. Así lo hice. La amiga habló con su jefe y el señor muy amable accedió. Llevaba ya 15 días trabajando y llegó el momento de conocerlo. Me dijeron que me esperaba en su oficina, y cuando entré vi a dos hombres: uno muy mal vestido, con cara de pocos amigos y algo sucio, y el otro mejor arreglado. En un micro segundo pensé: "mi jefe, millonario, bondadoso, debe ser el mejor vestido". Me lancé y lo saludé, pero cuál seria mi sorpresa al decirme que él era el embolador y que el verdadero jefe era el señor que estaba al lado.. Ayyyyyyyy, quería que la tierra me comiera, no sabía qué decir, si bajar la cabeza o pedir excusas. Salí rápidamente de la oficina y opté por otra profesión.
Carlos Andrés Bonilla Sabogal

¡Pillaos!
Bueno, este es uno de esos momentos para borrar de los anales de la memoria...
Tenía yo unos 18 cuando andaba de novio con la que después fue mi esposa por varios anos. Acabábamos de llegar de una fiesta de su universidad y teníamos uno que otro traguito en la cabeza. Ella llevaba una de esas faldas hindúes que se usaron por allá al principio de los 90, lo que hacía más fácil cualquier intento por tocar sus piernas... Bueno, la vaina es que una cosa llevó a la otra y ¡zaz!, ahí estábamos en la sala de su casa, yo tendido en el piso y ella sobre mi cubriendo todo con su larga falda hindú, cuando mi suegra bajó las escaleras... Aún no se me borra la cara de la señora cuando vio semejante cuadro enfrente. Pero lo mejor fue cuando mi novia se levantó de un brinco y corrió a la pared diciendo: "mami, no es lo que estás pensando". ¡Nooo, que va!, ahí estaba yo con los calzones en los tobillos y exhibiendo mi vergüenza frente a una suegra que no sabía qué decir ni qué hacer. Me vestí en tres segundos y me fui corriendo de esa casa. Me demoré varios días antes de ser capaz de dar la cara por allá, pero como siempre fui un sinverguenza, allá volví y miren lo que son las cosas: terminé casado con mi novia. No duró mucho, pero se supero el percance. Claro que nunca faltó el indirectazo hiriente de la suegra en las reuniones familiares.
Kike

Pinta de pastor
Unos años atrás, en Cali me reunía con un grupo de amigos a hablar de política y cosas sociales. Cierto día me citaron en el Hotel Intercontinental. Me puse mi mejor traje, una bonita corbata y mis zapatos bien lustrados. Salí y el calor era bestial, pero tenía que aguantarme porque el sitio era exclusivo. Cuando llegué, pregunté por mis amigos y me dirigieron que estaban al lado de la piscina... Valla sorpresa: todos estaban en pantaloneta y bermudas, y uno me saludó: "Hola pastor, ¿a qué horas comenzamos el culto?" Fue horrible.
Orlando Garzón

Dos mujeres y una caca de perro
Sucedió en Manizales. Yo me había matriculado en una academia para aprender inglés, propósito en el que fracasé rotundamente, pero en cambio me fue muy bien en relacionarme con mis compañeras. Comencé a salir con una que me gustaba mucho, pero dejó de asistir por tres días. Como ella tenía problemas familiares pensé que se había retirado. El jueves siguiente aproveché la oportunidad para invitar a tomar gaseosa a otra niña me gustaba, que estaba sola y que además me echaba los perros. Le conté que estaba muy solo, por lo cual quedamos de salir el fin de semana. Pero resulta que el viernes volvió a aparecer la que creí retirada, y me tuve que inventar que hasta que no terminara un ejercicio práctico no me podía ir, para evitar que las dos me pidieran al tiempo que las acompañara a tomar el bus. Sin embargo, la que había vuelto me esperó porque me quería contar el motivo de su ausencia. La otra se despidió coquetamente y se fue. Calculando que ya hubiera tomado el bus, le dije a la que se quedó que nos fuéramos y mientras caminábamos ella me tomó de la mano y se recostó en mi hombro. Cuando íbamos llegando a un paradero alcancé a ver que la otra estaba allí sola esperando el bus. No sé si me alcanzó a ver, pero rápidamente le solté la mano a la otra y para disimular abrí un libro y comencé a hacerle preguntas sobre lo que habíamos visto en clase, mirando siempre a su cara y al libro para poder pasar dándole la espalda al paradero. Lo malo es que por llevar siempre la mirada hacia un lado y no hacia el frente, justo frente al paradero pisé una enorme caca de perro. Todos los muchachos que acababan de salir de un colegio se dieron cuenta y comenzaron a reírse y a gritarme en coro que me limpiara. Yo quise hacerme el loco y seguir caminando, pero la que me acompañaba me haló hacia el pasto y me hizo limpiar el zapato. Miré de reojo y la muchacha del paradero estaba que se moría de la risa. Claro, nunca me volvió a hablar.
Camilo Reyes

La otra cara del jefe
Jamas he podido superarlo. Ocurrió hace más de dos décadas. En aquel entonces yo era el administrador de una empresa de parientes y tenía a mi cargo varios empleados. Una de mis funciones era la de abrir y cerrar el negocio todos los días. Sucedió un viernes a la hora de cerrar: caminé por todo el local, revisando que todo estuviera en orden, y cuando me despedí de todos los empleados entré a una de las oficinas y llamé a mi amigo Guillermo. Conversamos durante unos 20 minutos de varios temas, sin escatimar en groserías y vulgaridades. Lo peor de todo es que yo, el gerente, estaba flatulento, y la oficina era pequeña y no tenía buena ventilación. Después de haber expulsado cualquier cantidad de ventosidades y carcajadas, observé que habían dejado la luz del baño encendida. Cuando intenté abrir la puerta para apagarla, me percaté de que no estaba solo. Dora, mi secretaria, estaba ahí descubriendo la otra personalidad de su jefe. Nunca tuve el valor de mirarla otra vez a la cara, ella renuncio dos semanas después de los hechos. Sé que fue un oso enorme, han pasado veinte años y no puedo evitar la vergüenza.
Martín

La suegra en vestido de baño
Llegó a la ciudad la madre de la chica de origen campesino con la que recién comenzaba una bonita relación. Aunque me sorprendió la juventud de mi 'suegra', su forma de vestir confirmaba a una también tradicional mujer campesina.
Para celebrar este reencuentro entre madre e hija y otros familiares, no quedó más remedio que irnos en la noche a unas aguas termales cercanas a la ciudad. Mientras conducía mi carro cargado de 'parientes políticos', no veía el momento de ver por primera vez a mi chica en traje de baño, pues parecía tener atributos exuberantes y en pocos minutos averiguaría qué tanto.
Sin embargo, cuando ya nos encontrábamos listos para entrar al agua tibia en medio de una noche fresca, me 'desinflé' un poco al ver que mi reciente novia no era tan exuberante como aparentaba. La confianza me dejó decirle que sus cualidades superiores eran "un paquete chileno", a lo que ella respondió con una sonrisa pícara; pero continué la broma señalándole disimuladamente que una esbelta mujer que venía hacia nosotros contoneándose, sí tenía las medidas que esperaba hasta hace poco de ella.
-¿Cuál mujer? -Me preguntó.
Le reiteré que la de traje de baño amarillo que se aproximaba.
¿Ella? -dijo extrañada- ¡Esa es mi mamá!
Pues sí que lo era. Quise tirarme al agua y no volver a salir. Pero no. Lo único que se me ocurrió decir fue: "No, cómo se te ocurre que tu mamá. La de más atrás...". Por supuesto, "más atrás" no había nadie.
Igual, el daño no se podía tapar. A pesar de eso tuvimos una bonita y larga relación en la que nunca se tocó el tema de las medidas de mi suegra, quien escondía bajo su blusa, trenzas y faldón campesinos, un cuerpo soñado.
Alberto

La falda hindú
Un día, trabajando en ventas especializadas, tenía puesta una falda hindú muy vaporosa y larga. El cliente me hizo subir a un mezzanine para mostrarme el espacio para las oficinas. Solo se llegaba a el a través de una complicada escalera de caracol. Me preocupé tanto por conservar el equilibrio que no me di cuenta que había llegado abajo solo en calzones y camiseta: la falda se había enganchado en una puntilla en la pared!!!! Que osos tan teso!!!
El otro es que yo cuando joven era muy tímida y decir lo siento mucho en un velorio era muy difìcil para mí. Una vez acudí a uno, pasamos todas las compañeras de colegio dando el pésame, pero yo le dije a la familia FELICITACIONES; sin pensarlo!!!! Quería que la tierra me tragara.
Angela María Pérez

El disfraz de robot
El peor oso de mi vida fue cuando mi papá me disfrazó de robot. Tendría yo 10 u 11 años. Mi personalidad apenas estaba formándose y era especialmente vulnerable. Como dos meses antes del halloween mi papá empezó a preparar el disfraz. Y ojo al disfraz: tomó una caja de televisor de 14 pulgadas y le hizo dos huecos laterales para los brazos y uno arriba para la cabeza. Luego lo forró en papel dorado. Pero además, como él siempre ha tenido una inclinación por los aparatos electrónicos, elaboró para el traje un completo sistema de luces, que consistía en una cantidad de cables que recorrían todo mi cuerpo y que llegaba mis manos con las dos puntas de cobre peladas. Al hacer contacto, prendía un bombillo cubierto con papel celofán rojo, de modo que yo controlaba la luz a voluntad, pero a riesgo de electrocutarme. La cabeza del robot era un casco de béisbol que, claro, estaba forrado con el mismo papel dorado. Como en mi barrio no había ascensor tuve que bajar los 4 pisos de mi edificio como un equilibrista extremo, con mi papá afanándome detrás. Pero eso no fue lo peor. Lo más humillante es que el vestido se complementaba con una trusa negra, cual torero, y con “las pilas” al aire.
Adivinen quién ganó el concurso de disfraces del conjunto... Sí señores: el robot. Por supuesto, todas las niñas del conjunto me vieron las pilas...
Andrés Gutiérrez

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