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ESPECIAL. SEGUNDA ENTREGA: ¿Cómo fue el loteo en el humedal La Vaca?

Por: Jhon Barros

Los Carvajal Villalobos consiguieron un lugar para vivir sin luz ni agua y rodeados por una laguna prácticamente muerta, olorosa, llena de basura y escombros. Allí comenzó la lucha social y ambiental de Dora por ese sector, una labor a la que le dedicaría toda su vida.


* Este es un contenido periodístico de la Alianza Grupo Río Bogotá: un proyecto social y ambiental de la Fundación Coca-Cola, el Banco de Bogotá del Grupo Aval, el consorcio PTAR Salitre y la Fundación SEMANA para posicionar en la agenda nacional la importancia y potencial de la cuenca del río Bogotá y  sensibilizar a los ciudadanos en torno a la recuperación y cuidado del río más importante de la sabana.

En 1992, Dora y Tito se enteraron que estaban vendiendo lotes cerca de Corabastos. Como contaban con algunos ahorros del trabajo del esposo con el M-19, que abandonó cuando le dijeron que tenía que coger un fusil, la pareja se llenó de ilusión por tener de nuevo una casa propia para criar a sus seis hijos.

“La venta de los lotes era muy jocosa. Los loteros se hacían en el parque Cayetano Cañizares, donde mostraban planos y mapas de las futuras viviendas. Hasta por las emisoras anunciaban la venta de lotes, por lo cual parecía que era un negocio legal. Recorrimos la zona y vimos una laguna con aguas contaminadas y llena de escombros descargados por las volquetas del Distrito. Yo no tenía ni idea que eso era un humedal, estaba lleno de ladrillos, cables y basuras”.

14 barrios fueron construidos sobre el humedal La Vaca, un antiguo terreno muisca. Foto: Fundación Humedales Bogotá.   

Los lotes, que oscilaban entre los 250.000 y el millón de pesos, estaban encima de la laguna repleta de escombros. Para obtener alguno, debían hacer un depósito, entonces Dora y Tito separaron un esquinero que costaba 700.000 pesos. “El loteo era como tirar una piedra y escoger el predio, así no lo mostraron”.

Dora y Tito separaron el lote por 50.000 pesos. Su hermano no quiso participar en el negocio porque la laguna olía a feo y estaba llena de zancudos. “Firmamos una promesa de compraventa en una oficina del barrio Pastranita, donde estaban los urbanizadores ocultos como Miguel Caro, Antonio Nieves y Pedro Díaz, que rara vez daban la cara. Nunca conocí al que firmó dicha promesa”.

El reverdecer de La Vaca fue liderado por 12 mujeres del barrio, todas lideradas por Dora. Foto: Fundación Humedales Bogotá.

En 1993 recibieron un lote cercado y cimentado con escombros. El paso a seguir era construir la casa, pero ya no había plata. “Pagamos las cuotas con lo que daba la panadería. A Tito le salió un trabajo para hacer suelas de zapatos y ganaba como 75.000 pesos mensuales. Un vecino nos sirvió de fiador y un banco nos prestó 500.000 pesos, dinero con el que empezamos a subir paredes, construir una plancha y darle forma al primer piso, donde hicimos un apartamento y queríamos poner la panadería”.

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Pero el nuevo hogar no tenía luz ni agua. “Los urbanizadores piratas sacaban el líquido con mangueras de sitios como el parque Cayetano Cañizales, y lo depositaban en unas pilas. Allá nos tocaba ir en la madrugada para hacer largas filas y sacar el agua. Para la luz nos daban cables para que nos conectáramos a los postes de la luz. Como no teníamos servicios, poner la panadería era imposible”.

Ni la cuarentena ha evitado que Dora y Tito sigan su lucha por el humedal La Vaca. Foto: archivo Dora Villalobos.

Nueva líder

La familia Carvajal Villalobos tomó posesión del predio. La plata no alcanzó para las ventanas, por lo cual pusieron cartones para que no se metieran los zancudos de la laguna olorosa. “Pusimos una tienda y seguimos con la antigua panadería. Nos iba bien porque la zona estaba llena de obreros para los nuevos lotes. En las idas a recoger el agua, conocí a la otra gente que le vendieron sobre el humedal y empecé a hacer amistades. Les llevaba pan a los niños”.

Un día, dos señoras armaron una pelea por el agua de las pilas. Dora recuerda que vio puños, mechoneadas, insultos y hasta calzones, por lo cual reflexionó sentada en el parque Cayetano Cañizares. “¿Por qué tiene que ocurrir esto?, pensé. Debe haber una solución para que nuestras casas tengan agua. Empecé a averiguar y me enteré que había una Empresa de Acueducto y Alcantarillado, pero no nos iban a ayudar porque éramos ilegales”.

Pero Dora no se desmotivó y convocó a su vecinos para buscar el agua. Se metieron por una tubería ubicada debajo de la avenida Dagoberto Mejía y fueron conectando mangueras para llevar el líquido vital a las viviendas. “El Acueducto se dio cuenta y llegamos a una negociación: nos dieron una flauta o tubo a donde pegamos las mangueras. Mi esposo se encargó del alcantarillado, es decir conectar de forma artesanal las aguas que salían de las casas”.

Con el servicio de la luz pasó lo mismo. La boyacense, de estatura más bien pequeña y en esa época bastante delgada, conectó los cables al alumbrado del parque Cayetano. “No le tengo miedo a la electricidad y por eso llevé luz a mi casa, que parecía un árbol de Navidad alumbrado por todo lado. Los vecinos se dieron cuenta y me copiaron la idea. Pero eran pañitos de agua tibia: luego de hablar con los loteros, compramos postes y transformadores”.

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La Villalobos, como le dicen sus vecinos, se convirtió en la voz de la comunidad asentada al lado del barrio Amparo, cerca de Corabastos, una estampa que le hizo ganar enemigos. “Aún no teníamos junta de acción popular, pero me metí de lleno para buscar mejores soluciones en la cuadra. Gilderanio Méndez mandaba en el Amparo y tenía a sus matones, que les decían los mechudos. A la nueva gente que compraba lotes no les daba luz ni agua, por lo cual les recomendé que le reclamaran al señor, algo que casi me cuesta la vida”.

Un día, mientras Dora atendía la tienda y lavaba la ropa, Méndez, presidente de la junta del Amparo, tocó a su puerta. “Me dijo una mano de groserías y que iba a hacer hasta lo imposible para no dividiera a la comunidad del barrio. Empezó a preguntar por mi esposo, porque él no se metía con mujeres. Me salí a la calle y se me salió el boyacense”. 

Antes de empezar a salvar al humedal La Vaca, Dora luchó por los derechos de la comunidad del barrio Amparo Cañizares. Foto: SDA.

Los vecinos trataron de calmarla, pero como dice Dora, a ella la hicieron con gusto y no con susto. Gilderanio le dio una orden con la mirada a los mechudos para que sacaran de sus gabanes unas pistolas. “Eso me dio más piedra. Le dije que si me iba a matar lo hiciera con sus manos. El señor, que era enorme, se me acercó. Con un barrigazo me empujó y me gritó con groserías que él no se metía con culicagadas”.

Llena de valentía, Dora cogió un chamizo e hizo una cruz en el suelo. Luego le gritó a su verdugo un juramento. “Le juro por esta cruz ante Dios que voy a independizar a la gente de su barrio, a lo que respondió con osadía que regresaría a matarme. Cuando se fue casi me desmayo y todo el cuerpo me temblaba como una gelatina”. 

Luego de tomarse un trago de aguardiente que le dio uno de los vecinos, Dora tomó un largo respiro y se hizo la promesa de seguir trabajando por la comunidad. “Y así lo hice, luego de muchas luchas pude constituir el barrio Amparo Cañizares con personería jurídica y una junta de acción comunal propia”.

Espere mañana la tercera entrega:  La Vaca, un humedal bajo escombros

La Vaca renació por el trabajo comunitarios y las obras del Distrito. Foto: Jorge Escogar - Fundación Humedales Bogotá.