Las revolucionarias de las FARC

En el campamento de las Farc donde ese grupo espera hacer su tránsito a la vida civil, cinco guerrilleras contaron a SEMANA qué las llevó a aceptar ese cambio y qué esperan del futuro. 

*Por María López Castaño 

Es apenas normal que tras 52 años de violencia los colombianos veamos a las Farc como el enemigo. Un enemigo que algunos han conocido pero que muchos otros solo lo han visto en las pantallas de sus televisores o en las primeras páginas de periódicos y revistas.

Hoy, a una semana de votar por el acuerdo de paz, vale la pena alejarse de las generalizaciones y entender que estamos ante una situación que no es negra ni blanca y en la que tal vez exista una faceta de la guerrilla que no hemos visto. Vale la pena escuchar para conocer quién es hoy la contraparte de esta larga guerra, que a partir del 2 de octubre estará presente en nuestra historia con una voz y, seguramente, con un voto.

Es por esto que por primera vez decidí recorrer la realidad de un campamento guerrillero para conocer la cara del conflicto desde la voz de las mujeres que participaron en él. Ellas llegaron a las filas por decisión propia, no han dejado atrás sus ideales, pero reconocen el contexto histórico en que se encuentran y creen en la posibilidad de construir un país diferente. Esta es la historia de Liliana, Luisa, Isabela, Natalia y Sol.

A estas cinco mujeres la guerra les dio razones, justificó su lucha y las empoderó: encuentran en las Farc una igualdad a la que no tendrían acceso en sus vidas cotidianas. Ahí, en medio de las montañas, se sienten seguras, cuidadas y parte de una familia. Sienten que su voz y sus opiniones importan y estan convencidas de que en la insurgencia hacen parte de un propósito superior. Todas reflejan un dogmatismo ideológico producto de un adoctrinamiento estricto desarrollado por años, que hace que, para ellas, todo sacrificio en esta guerra haya sido justificado por lo que perciben como el bien de Colombia.

El grueso de las Farc es hoy un movimiento juvenil en armas, integrado en buena parte por hijos o hijas de combatientes veteranos. Esa generación está muy lejos de las míticas figuras de este grupo guerrillero y se está preparando para hacer el tránsito para participar en política.

Las cinco mujeres entrevistadas afirman que el mito de las guerrilleras esclavizadas sexualmente, que muchos colombianos tenemos en el imaginario, no corresponde con la realidad. En el monte las mujeres comparten las tareas con los hombres por igual. Cargan bultos de arena, hacen trincheras, se entrenan para el combate, llevan el mismo peso en el morral y hacen el amor en condiciones de igualdad. Todas tienen en el brazo una cicatriz de un anticonceptivo subcutáneo que les permite tener la misma libertad de escogencia que los hombres.

Si algo impresiona es que todas han estudiado a profundidad las 297 páginas del acuerdo de La Habana. Eso probablemente no se puede decir ni siquiera de todos nuestros congresistas. Al hablar con ellas, reflejan fortaleza y dignidad, pero también vanidad. Son atractivas, tienen alrededor de 30 años y ninguna tiene hijos. Algo que sería muy diferente si vivieran en su lugar de origen.

No todo es blanco y negro

Si bien es cierto que hay un sinnúmero de percepciones desacertadas sobre la vida de las mujeres en las Farc, otras son muy ciertas. Esa organización ha coartado históricamente muchas libertades a las mujeres que han pertenecido a ella. No es un secreto que si alguna quedaba embarazada, debía abortar o abandonar a su hijo. Muchas entregaron a sus recién nacidos para que otros los cuidaran mientras ellas permanecían en las filas.

Sin duda alguna, en materia de derechos de la mujer, la organización política que reemplace a las Farc debe recorrer un largo camino. Prueba de ello es que hay muy pocas mujeres en sus altas estructuras y que nunca, en 52 años de lucha, alguna de ellas ha pertenecido al secretariado y muy pocas al estado mayor central. En eso hay que decir que se parecen al resto del país. El techo de cristal es evidente en ambos bandos de la negociación. Sin embargo, es interesante ver esta realidad con otras caras y otras ideas. Estas historias no son la única verdad, pero nos muestran una mirada que muchos desconocemos.

Liliana, 24 años

Liliana ingresó a las filas a los 14 años. Cuenta con lágrimas en sus ojos que nunca supo qué era ser una niña. Asumió la crianza de sus hermanos y el cuidado de su hogar desde muy pequeña. Siendo la mayor de seis, era la única manera para que sus padres pudieran salir a trabajar para sostener la humilde vida que llevaban. Liliana nunca pudo terminar sus estudios. De hecho, ninguno de sus hermanos pudo pasar más allá de la primaria, pues ir a la escuela se había convertido en una travesía de dos horas entre la selva. En la mitad de la charla, baja la mirada: “Imagínese usted, puros niños entre una selva peligrosa tratando de ir a estudiar”.

 Liliana quiere que las nuevas generaciones no sufran lo que ella ha vivido. “Los jóvenes tenemos una enorme responsabilidad de lograr el sueño de un país diferente. Un país en donde todos podamos tener todo”. Ella sueña con la paz; dice que finalmente estamos dando un paso hacia el sueño que tanto hemos anhelado. Quiere volver a estar con su familia. Quiere estudiar. Le gustaría hacer trabajo social en los pueblos en donde no llega la ayuda. “La paz es un momento muy bello que nos va a dar oportunidades a muchos. Vamos a reconciliarnos con los que antes eran nuestros enemigos. Si volviera a ver a mis amigos, les preguntaría si ellos están dispuestos a perdonar el daño que les han hecho los demás”, concluye.

Luisa, 22 años

Luisa entró a la guerrilla cuando tenía 17 años, no como una campesina reclutada a la fuerza, sino por ser hija de dos veteranos de la guerrilla. Quería seguir los pasos de su padre y de su madre. “Este –cuenta– es un país lleno de injusticias y eso justificó el contenido de nuestra lucha por tantos años. Era nuestra única opción de vida. Pero las circunstancias han cambiado y llegó el momento de dejar las armas y empezar a movernos en un espacio político. Después de 52 años de guerra entre hermanos, hay una oportunidad de un nuevo renacer”.

A Luisa se le nota la convicción. “Considero que las propuestas que le vamos a presentar al país son bastante incluyentes y van a contar con el apoyo del pueblo. Nuestra agenda tiene tres ideas: la primera es la participación política; los acuerdos firmados nos permiten salir del ostracismo. La segunda es el tema agrario; Colombia es un país en donde la concentración de la tierra está en pocas manos. Y el acuerdo llama al progreso en este tema, para que los campesinos puedan tener acceso a ella. El tercer punto es el de las víctimas; nosotros, como pueblo en armas, también hemos sido víctimas. Tras cada uno de nosotros hay una historia que contar, hay una vida de desplazamiento, de pobreza, de miseria”.

Ella sabe que lo que está haciendo no es solo por ella, sino por todo un pueblo. En su vida de guerrillera aprende todos los días. La llena ser revolucionaria. Quiere seguir trabajando en el movimiento político. Quiere ser abogada, le produce una enorme curiosidad preguntarles a sus amigos de la universidad qué opinan de la paz y si están de acuerdo. Cuando le pregunto por qué, afirma que tal vez las personas en las ciudades no viven la guerra. Los campesinos, en cambio, sí que la han padecido. Está convencida de que este es el momento de generar una nueva visión de país por medio de las ideas.

Natalia, 25 años

Lleva 13 años en las filas y también es hija de guerrilleros. Tuvo la oportunidad de estudiar en la ciudad, terminar su bachillerato y hacer otros estudios, pero apenas cumplió 18 años regresó a las filas. Lo que más la identifica de pertenecer al movimiento es luchar por el pueblo. Dice que lo hace por la igualdad y el bienestar de todos. A pesar de su mirada firme, varias veces pensó en irse, pues cuenta que los primeros dos años son lo más difícil. Habla con orgullo de la representación femenina en las filas. Considera que de todas las organizaciones de izquierda, la guerrilla cuenta con el mayor número de mujeres. Y sostiene que hoy las mujeres han recibido un lugar mucho más importante que el que tenían antes.

Cuenta que en la guerrilla no hay matrimonios pero sí muchas relaciones entre compañeros, que son abiertamente permitidas en la organización. Y que les hacen un estudio médico previo a las mujeres para saber cuál es el mejor método de anticoncepción para cada una. Cuando empezamos a hablar de amor y desamor, por unos instantes la conversación no tiene barreras. Solo somos dos mujeres hablando de las cosas cotidianas de la vida.

Un camión interrumpe la conversación y nos regresa abruptamente a esa dura realidad que nos rodea: una sensación de conflicto e incertidumbre que subraya mi sorpresa por las historias que se encuentran en las montañas de Colombia. Por estos días el bloque Oriental de la guerrilla está organizando la décima conferencia. Parece surrealista ver camiones con baños portátiles y sillas Rimax por la difícil carretera destapada hacia El Diamante, una casona rosada donde opera la principal cocina del bloque. Hace unos días instalaron por primera vez un punto de internet. “Ver a un guerrillero usando Facebook para contactar a sus amigos de infancia es algo que nunca pensamos que veríamos”, afirma Natalia.

Isabela, 32 años

Isabela conoció en la universidad a varios militantes del partido clandestino en Bogotá. Iba por la mitad de su carrera: una Licenciatura en Educación Básica con énfasis en Ciencias Sociales. Quería ser profesora, pero sus amigos la invitaron hace 12 años a conocer un campamento. “Opté por venir unos meses y decidí quedarme. Sentí un ambiente de mucha fraternidad y me motivó la posibilidad de desarrollarme como revolucionaria”. Ahora entre sus aspiraciones está prepararse para trabajar en el movimiento político. 

Sabe que ante el país tienen una imagen de monstruos terroristas, narcotraficantes y de ser una gente sin principios. “Es una obligación moral contarles la otra verdad”. Le pregunto sorprendida cuál es esa otra verdad. Y contesta: “Pues contaría que surgimos porque hay muchas necesidades en este país, y la gente vive situaciones muy duras para sobrevivir en los territorios donde el Estado no ha hecho presencia y donde se ha vivido el conflicto. Hay unas situaciones muy difíciles que hay que cambiar. Pero sobre todo, les diría que a partir de esa historia estamos viviendo un momento nuevo que hay que aprovechar y es necesario reconstruir este país, es necesario reconciliarnos. Yo creo que es el momento de que los jóvenes y toda la sociedad se pongan a la altura del momento”.

A ella le gusta del acuerdo, sobre todo, que a partir de las realidades del país se están dando alternativas y posibilidades incluyentes. Reconoce que no solucionan todos los problemas de Colombia, pero que sin duda son un punto de partida.

Sol, 18 años

Sol viene de Boyacá y llegó hace algo más de dos años. Cuenta que le surgieron sus inquietudes desde el colegio. “Primero uno ve las problemáticas propias y después se da cuenta de que todos los colombianos estamos en pésimas condiciones. Así fui llegando hasta acá. Aquí uno se encuentra con una nueva sociedad. Uno obviamente llega con ese miedo que nos muestran los medios de comunicación y se encuentra con una realidad diferente. Allá nos tratan como unos vándalos y aquí te das cuenta de que se trabaja por el colectivo y para el colectivo. Aquí hay unas normas y, por supuesto, unos derechos”. Sol decidió integrarse a la guerrilla a los 16 años. Sus papás nunca supieron que se fue a conocerla. Le gustó y se quedó. Decidió escribirles una carta y, desde entonces, no ha hablado con ellos. Sueña con un país “en donde no te maten por expresarte diferente. Un país donde no haya hambre, donde no haya desigualdad, en donde tú salgas a la calle y no te violenten, en donde la gente no tenga que robar para comer. Sueño con un país en donde primen la paz y la armonía, donde haya ese amor por el prójimo realmente. Un país en donde se instauren los verdaderos valores que debe tener una sociedad”.

Fecha de publicación: 9/24/2016
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