10 años de política pública lgbti en bogotá

El encuentro

Por: Luz Adriana Páez Méndez

"Pasé por su lado sin saber qué hacer, casi rozándola, y no sé de dónde saqué la valentía para tocar su hombro y decirle: 'Magdalena'". Un relato.


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Cuando vi a Magdalena en el ventanal de la oficina de contratos que quedaba en el sexto piso del edificio, me dije emocionada: “Es ella”. Llevaba meses buscándola, presintiéndola, deseando verla, y ahí estaba para mí, pero a lo lejos. Desde mi lugar pude ver que se sentó a esperar a que el dependiente la atendiera. Tuve la fantasía de que ella iba a bajar a buscarme; era lo justo, si las dos queríamos vernos. Pero no lo hizo nunca. Antes bien, en el instante en que me entretuve saludando a alguien, la perdí de vista. Subí a buscarla con el pretexto de hacer, yo también, una diligencia en la oficina de contratos.

La busqué con la mirada, pero no estaba, miré hacia adentro, hacia los lados; nada, se había ido. ¡Pero si yo tenía que verla, decirle que soñaba con que fuéramos amantes, que la amaba, que había soñado muchas noches con ella! Había desaparecido. Decidí, entonces, salir a buscarla. Tenía dos posibilidades: que hubiera salido del edificio, y eso me llenaba de desconsuelo porque la habría perdido después de buscarla tanto; o que hubiera entrado a otra dependencia, lo que me llenaba de esperanza, pero ¿a dónde? Llamé el ascensor sin saber a qué piso ir. Cuando la puerta se abrió, entré vigorosamente. Ahí estaba Merceditas, como siempre tan locuaz, preguntando por todo; por mi gato, por mi marido, y yo con esas ganas de que se callara y desapareciera para siempre. Llegamos a la recepción y Merceditas nada que se quitaba de mi vista. En cambio, ni muestras de Magdalena. Salí del edificio. Afuera unos funcionarios fumaban solitarios. Eran las diez de la mañana, debía ser su segundo cigarrillo.

Eché a andar hacia la plaza, mirando desesperada al interior de las cafeterías donde otros tomaban café. Nada, no estaba por ningún lado. Un habitante de calle se atravesó en mi camino. Llegué al final de la calle con la esperanza de encontrarla ya bastante menguada. Doblé la esquina y, como un milagro, ahí estaba ella, dándome la espalda, tal vez esperando un taxi. Pasé por su lado sin saber qué hacer, casi rozándola, y no sé de dónde saqué la valentía para tocar su hombro y decirle: “Magdalena”. Se sobresaltó y me miró asombrada, aunque me saludó amablemente, tanto que me dio vértigo su inmensa cordialidad; como siempre había sido en los mejores y peores momentos cuando compartimos las mismas afugias en esos días de trabajo duro. Entonces, comprendí que ese beso familiar, pero lejano, no apasionado ni quedito, como lo había imaginado en mi cabeza febril, era el último, y yo –“¿cómo estás?”– esperando que me dijera –“pensándote mucho, extrañándote”–. Pero no. Me preguntó por unos documentos extraviados, cosas del trabajo, luego por mi salud, y yo –“muy bien”– ya sin fuerzas, sintiendo que su gran amabilidad era infinitamente contraria a mis pobres sueños. Ya para entonces yo era un caso de típica emoción.