El primer milagro
Relojes, gatos y rompecabezas. La entrada a los consultorios de los Hakim no pasa desapercibida. Difícilmente se ve un espacio médico lleno de rompecabezas armados expuestos dentro de un cuadro, como si se tratara de un trofeo exhibido tras haber logrado colocar la última ficha. Muchos de estos cuadros terminan mostrando las imágenes de gatos y de otros animales, además de paisajes exhibidos en dichos rompecabezas colgados en la pared.
También se divisan relojes con péndulos y recortes de periódico dando cuenta de diversos momentos de los Hakim registrados por la prensa nacional e internacional. Y otros más que ellos quieren compartir con sus pacientes. Estar en estos consultorios es como entrar en un museo. Despierta bastante admiración y escapa del esquema de los tradicionales espacios de los galenos. Al fondo, un letrero moderno va mostrando un rostro y su firma: “Doctor Fernando Hakim”.
Por aquellos días de julio, acceder a él no era fácil. Contaba con un esquema de seguridad, presente a donde fuera. Además, la Fundación Santa Fe de Bogotá estaba llena de uniformados de la Fuerza Pública. Todo ello porque allí estaba, bajo el cuidado del doctor Hakim y su equipo, el senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay, víctima del atentado del 7 de junio de 2025 y posteriormente fallecido, el 11 de agosto de ese mismo año. Llegar a él parecía imposible, pero debíamos intentarlo. Hakim es reconocido como la eminencia en la disciplina sobre la cual requeríamos ayuda urgente.
“Sigan, por favor”, atendió su asistente, mientras conversaba con un policía custodio sobre el asedio de la prensa hacia su jefe, al punto que habían ingresado en alguna oportunidad cerca de su consultorio. Al entrar, nos saludó con total amabilidad. Lucía su bata normal y fue evidente para nosotros ver por doquier a san Chárbel, el santo de su devoción que, por ese entonces, causó la inquietud de miles de personas a raíz de los perfiles que se publicaban de él con motivo de su atención a Uribe Turbay.
Lo primero que hice fue decirle que llegaba en calidad de padre de un bebé y no en calidad de periodista, sentí la necesidad ética de informarle que yo trabajaba para la revista SEMANA. No quería que se sintiera engañado, teniendo en cuenta que las afueras de la clínica estaba abarrotada de colegas míos de cuanto medio de comunicación y asumiendo que lo buscaban de todas las formas para entrevistarlo. No quería que pensara que me iba a aprovechar de la situación de Lucas para que hablara conmigo en calidad de entrevistado.
Yo sabía que estaba ante una eminencia, ante el doctor Fernando Hakim Daccach, el hijo del también doctor Salomón Hakim Dow, el inventor de la denominada válvula de Hakim.
Con san Chárbel en uno de los muebles que adornan su consultorio, con una luz artificial que hace las veces de una vela natural y con el mismo santo en el estuche de su celular, el doctor Hakim agradeció que se lo hubiera dicho. Y rápidamente me dejó claro que no hablaría nada conmigo respecto al estado de salud de Miguel Uribe Turbay, no sin antes, de manera informal, decirme que sí le parecía inédito y condenable el manejo que se le estaba dando en ese momento a la información sobre el senador. Lamentó, por ejemplo, tener que leer o escuchar teorías de conspiración, o tesis según las cuales el precandidato presidencial ya hasta caminaba por la unidad de cuidados intensivos, o señalamientos indicando que todo lo que ocurría era un montaje. Lo sentí como un desahogo y llamado de atención hacia el colegaje y recayó en mí, una vez hecha mi claridad ante él de mi rol profesional.
Llegamos al doctor Hakim, mi esposa y yo, en busca de una segunda opinión, con la angustia a cuestas. En marzo de 2025 nos habían dicho que mi bebé, nacido prematuro en noviembre de 2024 junto a su hermano gemelo, tenía una condición médica en la cabeza que implicaba una cirugía de alto calibre. El otro pequeño estaba bien. Desde EPS Sanitas, un galeno nos dio tal sentencia y señaló que pronto se volvería a comunicar con nosotros. Nunca lo hizo. De nada valió insistir en la vía telefónica, ir personalmente al hospital donde nos había atendido, hacer firmar documentos, constancias de no atención. Nadie respondía por nada y no nos daban razón concreta respecto al anunciado paso a seguir. Todo quedó en veremos. Públicamente, varios informes periodísticos mostraban lo accidentado que estaba siendo para muchos pacientes el hecho que el gobierno del presidente Gustavo Petro hubiera intervenido a la EPS. Quedamos en un limbo de señalamientos, afectados por las pujas jurídicas, y si se quiere políticas, mientras requeríamos la atención para saber cómo proceder.
Hakim nos atendió y nos instó a hacerle toda una serie de exámenes médicos a Lucas. Uno tras otro los fuimos haciendo y él nos seguía citando a su consultorio, sin que mediara dinero por esta gestión. Rápidamente, con mi esposa notamos que él estaba muy comprometido con el bebé. No se limitó a confirmar o desestimar ese concepto médico que nos dieron, sino que poco a poco se fue involucrando más. Cada vez con más frecuencia asistíamos a sus citas y él seguía adelantando todos los análisis de rigor.
Y fue así que llegamos al también doctor José Rolando Prada Madrid. El doctor Hakim, jefe del Departamento de Neurocirugía en la Fundación Santa Fe, nos relacionó con Prada, a quien llamamos ‘el mexicano’, dado su marcado acento. Cirujano plástico con más de 30 años de experiencia, especialista en cirugía craneofacial, nos confirmó que era boliviano de nacimiento, mexicano por su formación académica y colombiano desde hace muchos años. Instalado en Bogotá hace bastante tiempo, nunca nos ocultó lo retadora que resultaría una eventual intervención a nuestro hijo. Al igual que el doctor Hakim, él hizo sus estudios de rigor, analizó cada examen, cada imagen, todo. Y nunca pidió dinero a cambio. Lo hizo de una manera genuina, de vocación por la profesión. Siempre con una actitud positiva ante lo que vivíamos, insistía en que todo saldría bien.
Luego de muchos ires y venires, de entrar y salir de la Fundación Santa Fe mientras veía a mis colegas al otro lado del vidrio, y a decenas de transeúntes orando en un altar improvisado, llegó el día. Los médicos confirmaron que mi bebé requería la cirugía, admitieron que implicaba un cuidado riguroso, emplear todo lo disponible para que saliera lo mejor posible y designar al mejor equipo humano para sí. Había riesgos, siempre lo dijeron sin ocultar nada. Aparte, nos sugerían hacerla antes de noviembre de 2025, cuando los gemelos cumplirían un año, dado lo complejo de realizar una intervención de estas características tras el primer año de vida.
Vino el llanto, se multiplicó la angustia, los dolores del cuerpo, desazón total. Ya teníamos el segundo concepto médico que tanto habíamos esperado por parte de los mejores, pero no teníamos ni idea de cómo íbamos a hacer. Sin embargo, Dios y los doctores nos habían diseñado un plan.
El segundo milagro
¿Qué vamos a hacer?, era la pregunta natural que surgía. Volvimos a tocar las puertas de la EPS, como cualquier ciudadano de a pie, pero no conseguíamos nada. Sin embargo, tanto el doctor Hakim como el doctor Prada nos señalaron que ellos estaban dispuestos a intervenir al bebé, junto a su equipo médico, pero necesitaban que lográramos firmar la autorización requerida.
Parecía imposible que alguien me firmara desde Sanitas una autorización de tal magnitud. Máximo, cuando la misma llevaba adjunta una cantidad de ceros a la derecha con los gastos obligatorios de instrumentos, medicinas, salas de cirugía, honorarios de todos los implicados y otros gastos suntuosos que alejaban la posibilidad real de sacar adelante el procedimiento con los reconocidos médicos.
Un día, ya entrada la noche, me entró una llamada. Una colega que conocía nuestra situación, aprovechando su conocimiento de la fuente, como se dice en el argot periodístico, le comentó este caso a un directivo de Sanitas. Él, para sorpresa mía, se comunicó conmigo y lamentó que todo esto sucediera en el marco de tales azares administrativos.
Fue muy humano, preguntó por el estado de salud de Lucas, quiso saber todo en cuanto más podía. Me prometió ayuda y lo cumplió. Entramos, junto con mi esposa, en contacto con otro ángel —así la llamó yo—, una mujer que nos asistió de todas las maneras en que debería ser asistido cualquier colombiano que requiera algún tipo de atención relacionada con su salud, sin importar su edad o condición socioeconómica.
Intentó destrabar como fuera los asuntos administrativos. Finalmente, le comenté que el doctor Hakim y el doctor Prada estaban prestos a operar, junto a los demás profesionales de la Fundación Santa Fe, siempre y cuando yo lograra una firma que implicaba cumplir con múltiples requisitos. Ella entró en contacto directo con la Fundación Santa Fe y luego de un tiempo de sus gestiones llegó al acuerdo que dio vía libre al procedimiento médico. Cuando nuestras fuerzas se agotaban por el desgaste, una llamada inesperada dio lugar a que milagrosamente, por cuenta de la ‘diosidencia’ que un directivo conociera nuestra historia, el proceso continuara su curso.
El tercer milagro
El tiempo corría y la intervención tenía que ocurrir, sí o sí, antes del primer año de vida. Y llegó aquel momento, nuestro pequeño entraba a una sala de cirugía a una intervención de ocho horas continuas.
El doctor Hakim, el doctor Prada, todo un equipo médico adelantó el procedimiento con mi hijo. “Nos fue muy bien, es un roble”, dijo Hakim una vez culminó la cirugía. “El cuate está bien, es muy fuerte”, agregó, a su turno, el mexicano Prada.
En adelante, en la unidad de cuidados intensivos para menores de edad nos topamos con médicos y enfermeras de calidades humanas sin igual. Lo incentivaron con música, tocando guitarra, regalándole juguetes, recurriendo a todas las tácticas que lograran su pronta mejoría. Y fue mejorando a pasos gigantes, dada su edad y el cuidado a su alrededor, hasta que ordenaron enviarlo a una cuna de colores presente en las habitaciones de recuperación.
Y así, tras muchos meses desde que empezó este camino, recién ingresó el doctor Prada a la habitación. Lo hizo en compañía de estudiantes de medicina, atentos a lo que dijera su profesor. Lo alzó, lo examinó, lo hizo reír, le habló. En un momento dado, uno de los jóvenes en formación le preguntó: “¿Cómo está el paciente, doctor?”, listo para anotar la respuesta en su registro. Y él, con una sonrisa profunda, exclamó: “Con exceso de salud”.
Horas después, el doctor Hakim llegó a la misma habitación. Pidió los resultados de los exámenes posteriores a la cirugía, los miró con detenimiento. “Fue algo grande”, nos decía a mi esposa y a mí, mientras insistía en que la intervención tuvo su magnitud, su complejidad.
“¿Qué sigue, doctor?”, le preguntamos. “Ir a casa con Lucas”, respondió, una frase tan sencilla como significativa para nosotros. Le pedí su aval, también a Prada, de contar esta historia públicamente. Esto, dada su aclaración cuando me presenté ante él meses atrás y como señal de agradecimiento con ellos, con todos los involucrados y como posible esperanza para aquellas personas con anhelos de salud, personales y profesionales, y que ahora mismo sienten que no lo lograrán.
Tras el sí de ambos, el doctor Fernando Hakim, con la sencillez y tranquilidad que siempre lo caracteriza, exclamó, mientras se tomaba una foto con Lucas: “Me alegra haberlos ayudado”.
aricot@semana.com