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Tiempo del Ruido: una experiencia audiovisual

ARCADIA presenta los resultados del proyecto 'Tiempo del Ruido: una experiencia audiovisual', realizada por el Colectivo la Paralela junto con la fotógrafa Susana Carrié, el cineasta Enrico Mandirola y la Ingeniera de Sonido Paula Peña de Árbol Naranja y que obtuvo la Beca de creación interdisciplinar IDARTES 2018.

TIEMPO DEL RUIDO, Una experiencia Audiovisual

La Paralela + Susana Carrié + Enrico Mandirola + Paula Peña (Árbol Naranja)

Propuesta ganadora de la beca de creación interdisciplinar Idartes 2018

En el primer video se relata y reinterpreta en clave contemporánea un extraño fenómeno sonoro que ocurrió a las 22:00 horas del 9 de marzo de 1687, en la entonces Villa de Santafé de Bogotá. Para ello se acude a la experimentación fotográfica y sonora y a la imbricación temporal entre la Bogotá contemporánea y del siglo XVII. El segundo video recorre lo que fuera la puesta en escena en vivo a las 17:00 del día 25 de octubre de 2018 en la Iglesia Museo de Santa Clara, construida a comienzos del siglo XVII y, por tanto, espacio testimonial del suceso. La dos piezas juntas suman los quince minutos que tardó el fenómeno auditivo original y pretenden en conjunto sensibilizar, recrear y promover la cohesión y la reflexión de la ciudadanía en torno a fenómenos de la memoria e historia local y que han contribuido a cimentar un imaginario urbano singular.

"Tiempo del Ruido" es el nombre dado a un fenómeno sonoro que ocurrió a las 22:00 horas del 9 de marzo de 1687, en la entonces Villa de Santafé de Bogotá del Virreinato de Nueva Granada. Se caracterizó por un misterioso, ensordecedor y poderoso ruido de origen aún hoy desconocido con una duración aproximada de 15 minutos. Un fenómeno acotado en el tiempo, no en el espacio, que cambiaría la arquitectura moral de una ciudad.

Juan Ribero y José Cassani, cronistas jesuitas que describieron el evento años más tarde, lo comparan con el día del juicio final que aparece en la Biblia. Dicen que no es fácil referirse a la confusión y el susto de esa noche de pánico en la que todas las personas salieron de sus casas por temor a su colapso. Algunos medio vestidos, otros completamente desnudos porque ya estaban en la cama y todos clamando misericordia, corrían sin dirección a través de las calles oscuras. Los habitantes clamaban al cielo, con el temor genuino de estar sufriendo un castigo de Dios. Esa noche, dicen los cronistas, reinó la confusión y el miedo. Después del evento la mayoría de los habitantes se refugiaron en los claustros religiosos, donde permanecieron orando y ayunando por varios días temiendo la llegada de una legión de demonios o el Juicio Final. Los lugares santos estaban llenos de habitantes aturdidos que querían confesar sus pecados. Las confesiones duraron más de ocho días: se reconstruyeron los matrimonios, se saldaron las deudas y se resolvieron conflictos. El Presidente de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá Gil de Cabrera y Dávalos, dirigió una expedición militar para recorrer los barrios y las afueras de la ciudad, donde parece que el ruido extraño se sentía con más fuerza, porque entre las primeras hipótesis se pensaba que se debía a la artillería de alguna invasión enemiga. El ruido ensordecedor terminó esa misma noche y nunca más apareció, mientras que un hedor sulfuroso permaneció por unos días más en la sabana de Bogotá, un hedor que en las creencias populares cristianas se asocia con la presencia de demonios y con el olor del infierno.

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Según los cronistas, el fenómeno generó una impresión tan profunda en los testigos del hecho que modificó las costumbres de los habitantes y por lo tanto cambió la fisonomía moral y arquitectónica de la ciudad. Según Germán Mejía, después del “Tiempo del Ruido” se terminó de edificar un círculo protector de ermitas e iglesias alrededor de la ciudad y se creó la tradición, válida por muchos años, de descubrir los Santos Sacramentos en las iglesias cada 9 de marzo y de tomar el día como día de fiesta religiosa. La expresión "tiempo de ruido" se forjó entre los habitantes del Virreinato de Nueva Granada, para referirse a una era de incertidumbre y oscuridad.

Este ejemplo de creencias apocalípticas para justificar hechos inexplicables no es único. Dos hechos, sin embargo, hacen que este caso sea particular. Por un lado, es notable que haya trascendido en el tiempo y la imaginación popular, mientras que otros eventos similares se perdieron por completo. El segundo hecho notorio es que nadie ha ofrecido una explicación satisfactoria sobre la verdadera causa del fenómeno. En las crónicas faltan detalles sobre las características del ruido. Aparentemente, era lo suficientemente intenso para parecerse al generado por los proyectiles de artillería. Sin embargo, debido a la falta de registro, se descarta un ataque bélico, un movimiento sísmico, un incendio, una inundación, un deslizamiento de tierra o una tormenta. El evento no produjo lesiones ni muertes y las explicaciones racionales sólo comenzaron a aparecer mucho más tarde, como, por ejemplo, la que asoció el ruido con el terrible terremoto que sacudió el Virreinato del Perú en octubre del mismo año. Siglos más tarde, el ruido se atribuyó a un fenómeno atmosférico, a la crecida de un río cercano y finalmente a un meteorito que ingresó a la atmósfera terrestre y que, debido a la resistencia de la atmósfera, generó intensas oleadas de shock.

La verdad es que estos dos hechos que hacen que el evento sea tanto memorable como misterioso están relacionados. Un fenómeno de sonido inexplicable es ciertamente capaz de causar gran terror. Que no podamos explicar su causa o que no podamos visualizar o percibir su origen lo hace aún más aterrador. La noche y el silencio anterior también magnifican su poder sugestivo. Ruidos de esta naturaleza, inexplicables y repentinos, son recurrentes en las películas de terror y si queremos disminuir el miedo que nos causan, basta con bajar el volumen para no escucharlos más. La incertidumbre que causa un ruido misterioso es un desencadenante de la imaginación y, a veces, los temores infundados son sólo causas suficientes para una reforma moral posterior.

El gran ruido de Bogotá es parte del mito colectivo. Cambió la ciudad de una manera imposible por cualquier medio físico o espacial. Fue el primero de tantos ruidos atronadores que, como el 9 de abril de 1948 o  las numerosas bombas colocadas por los capos de la droga y guerrillas desde la década de 1980 o la atronadora toma guerrillera del Palacio de Justicia en 1985, ensordeció durante el final del siglo XX y principios del siglo XXI a una ciudad hasta entonces pacífica y silenciosa. Pero a diferencia de estos dolorosos sonidos de origen humano, o incluso más celebratorios como las fiestas masivas de la víspera de cada año nuevo con excesos de fuegos artificiales y música, el "tiempo del ruido" nunca fue explicado o repetido y eso hace que este sonido resuene de manera singular en el tiempo.

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