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| 2/7/2000 12:00:00 AM

El colegio del cuerpo

Antes que nada quiero agradecer el interés y el despliegue que le concedieron a nuestro naciente proyecto de El Colegio del Cuerpo

El colegio del cuerpo El colegio del cuerpo
Antes que nada quiero agradecer el interés y el despliegue que le concedieron a nuestro naciente proyecto de El Colegio del Cuerpo, aunque sinceramente no considero que sea un acto de heroísmo lo que estamos haciendo, a pesar de las enormes dificultades por las que atraviesa no sólo nuestro proyecto sino el país en general. Quisiera, sin embargo, hacer unas precisiones al artículo en mención pues creo que aunque se escribió con la mejor voluntad, en él se distorsionan aspectos de nuestro quehacer: En primer término no es del todo cierto que nos hayamos dedicado con mi compañera Marie France Delieuvin “a recorrer los barrios más pobres de la ciudad en busca de alumnos”. El proyecto desde sus inicios suscribió un convenio con el Colegio Inem de Cartagena para involucrar a niños de grado 6º en una experiencia de sensibilización y acercamiento al lenguaje de la danza contemporánea. Iniciamos el trabajo con 480 niños de este nivel y luego de un riguroso período de encuestas y de selección se conformó un grupo piloto experimental compuesto por 20 niños encogidos entre los más interesados y ‘talentosos’. Más adelante en la nota soy citado entre comillas afirmando que “... la realidad no se aprende en los textos. Sin embargo yo no puedo ayudar a cualquier niño. Sólo a los que tienen talento. Y lo que hago con esos pocos niños, a través de la danza, es convertir su resentimiento en felicidad”. La primera frase no es mía ni nunca la dije: primero porque le pertenece a García Márquez, amigo de nuestro proyecto, y segundo porque no es exacta. Nunca afirme que “no puedo ayudar a cualquier niño. Sólo a los que tienen talento”. Entre nuestros jóvenes hay algunos que no son particularmente dotados para la danza, pero que se mantienen como miembros del grupo por su interés y dedicación. Además, yo no transformo su resentimiento en felicidad simplemente porque nuestros niños no son resentidos. Por el contrario, son niños alegres y generosos que nos nutren con su fuerza y su belleza. Tampoco estoy de acuerdo en llamarlos “los hijos de la miseria”. Hijos de la miseria somos todos en este país, pero de la miseria moral y de la pérdida de los valores esenciales de la vida. Los niños no viven hacinados en casuchas, no son maltratados y tal vez sí estén destinados a la pobreza pero también a la dignidad. Hablar de la danza como “una fábrica para hacer mejores hombres” es excesivo. La danza en nuestro caso es una estrategia pedagógica, pero llamarla una fábrica es darle una connotación mecánica y de fórmula infalible lo cual tampoco es cierto.

EDICIÓN 1888

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