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| 10/30/2000 12:00:00 AM

El fuero universitario

Leyendo su informe ‘Muerte en la Universidad’ de su edición #957, he sentido verdadero pavor al ver hasta dónde ha llegado ‘el fuero

El fuero universitario El fuero universitario
Leyendo su informe ‘Muerte en la Universidad’ de su edición #957, he sentido verdadero pavor al ver hasta dónde ha llegado ‘el fuero universitario’ iniciado cuando la Universidad se politizó y gentes de la izquierda tomaron su dirección, orientados por el cura guerrillero, muerto en Santander Camilo Torres. Ya para esa época y con ocasión de trastornos como los de ahora se presentaron serias controversias sobre la imposibilidad, sí, imposibilidad, de que la fuerza pública hiciera presencia en el campus.

Era, por esa época, secretario general de la Universidad Abraham Hernández de Soto (padre de nuestro eficaz Canciller) a quien culpaban los estudiantes de haber pedido la intervención de la fuerza pública. Llegó a tales extremos el asunto, que Fernández de Soto publicó un libro titulado Quién llamó a la policía y con el cual trató de sincerarse ante la izquierda, principalmente, “del grave cargo” de haber hecho intervenir a la Policía en el mantenimiento del orden. Pese a que sus argumentos eran valederos, las presiones de la izquierda sobre el gobierno liberal de entonces, hicieron que Fernández de Soto fuera reemplazado por otro más acorde con los revoltosos.

De entonces para acá todo ha sido un real y verdadero desastre. Es de público conocimiento que por los predios de la Universidad se pasean, orondos, agentes de la subversión; que detrás de las rejas se consiguen toda clase de drogas; que son muchas las armas y elementos de violencia que se ocultan en sus predios; que en las casas estudiantiles se practica la prostitución de ambos sexos; que de todo esto y mucho más están enterados los profesores de todos los colores y los superiores de todas las jerarquías. Y sin embargo, señor director, ¡la autoridad no puede entrar a al Universidad, sin provocar gravísimos disturbios!

Es hora de que el gobierno asuma un papel definido y corte por lo sano todos estos males. De lo contrario, seguiremos presenciando, impotentes, hechos vandálicos como los que dieron origen al asesinato del patrullero Soto Londoño.

EDICIÓN 1879

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