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| 5/7/2001 12:00:00 AM

Observados diariamente

Muy acertado el artículo publicado en su edición #986, titulado ‘El desmadre de los paras’,

Observados diariamente Observados diariamente
Muy acertado el artículo publicado en su edición #986, titulado ‘El desmadre de los paras’, porque nos pone a pensar tantas cosas y nos muestra la otra arista de la situación nacional que de seguro muchos colombianos ignoran. Si a un ciudadano del común le preguntan por quién votar en las próximas elecciones, de seguro, de sus labios emana mecánicamente el nombre del candidato de turno de su partido político. Si a un colombiano que viva en la zona de distensión o en Córdoba le preguntan por quién votar, de seguro lo pensará dos veces antes de responder, pues son observados diariamente por un pulpo invisible que no es el Estado.

Colombia es hoy el circo romano, el cuadrilátero donde la rebatiña es más encarnizada que en otros rincones de la América Latina que Bolívar intentó construir, en donde las aberraciones de los que se creen de derecha y de izquierda alcanzan niveles jamás pensados, pues se valen de leyes que no están escritas (como en nuestra pomposa y extensa Constitución donde hay mucho y no se aplica nada); caos originado por el sistema democrático tan deplorable que empleamos: las órdenes se dan al dedo y el poder está en manos —como siempre— de unos pocos. En estos espacios como Córdoba y la zona de despeje, los sitios de expresión son mínimos y quedan reducidos al ostracismo, el exterminio o a la censura y los tentáculos de estos organismos al margen de la ley han llegado a las universidades.

De nada le sirve al colombiano levantado a punta de esfuerzo decir que el gobierno es digno o indigno o que los guerrilleros son bandoleros o los paramilitares tiránicos si su vida queda en entredicho. Ahí los sitios de la cultura quedan hechos cenizas. Si se lee la prensa, en primera página, siempre estará una noticia de uno de los bandos: no existe la objetividad. Si se escucha la radio, las arengas a favor de cada comandante insurrecto apabullan incluso la publicidad politiquera. Ahí los héroes son lúgubres personajes de camuflado que creen dirigir los destinos de los demás porque así se los dictó la conciencia sin más piedad y sostén que saquear lo poco que queda a través de las masacres, el secuestro, la extorsión y la represión. Ahí ser colombiano es más que una odisea, porque o se es paraco o se es guerrillero.

El poder juega con sus mejores cartas en las zonas dominadas por estos ejércitos paganos. Sólo queda esperar que de la noche a la mañana no surja otro grupo al margen de la ley que en su despotricada carrera por ostentar el poder, argumente que se alza en armas para combatir tanto a guerrilla como a paramilitares al mismo tiempo, so pretexto de estar aburridos de tanta matanza y de tanta guerra. De todas formas, del lado que se juegue, o si se es neutral, y mientras la voz sea callada a punta de amenazas y muertes, el camino sólo conducirá a la derrota.

EDICIÓN 1888

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