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| 7/15/2019 12:00:00 AM

Viajar, enseñar y hacer música en Sumapaz

La periodista Alejandra de Vengoechea acompañó a Ruby, una maestra formadora de la Filarmónica de Bogotá; ella dicta sus clases en Sumapaz. Esta es su historia.

Ruby, maestra de la Filarmónica dicta clases en Sumapaz En la localidad de Sumapaz la música sirve como instrumento para restaurar el tejido social. Foto: David Amado.

Nos conocimos a las cinco de la mañana y a las 5:52 minutos del 20 de junio de 2019 ella, Ruby Patricia Rodríguez Caviedes, licenciada en pedagogía musical, lloraba en esa camioneta blanca que nos llevaría a La Unión, el punto más lejano de Sumapaz, una de las 20 localidades que tiene Bogotá. ¿Acaso Sumapaz tan ventosa, tan llena de vida, es Bogotá? Es. Y también es el páramo más grande del mundo y una de las mayores reservas hídricas del planeta. Pero en el “país de niebla”, como lo llamaron los españoles, no hay acueducto.

A ella, sin embargo, enfermarse por falta de agua potable la tiene sin cuidado.

Cada domingo, desde hace tres años y medio, se sube al único bus que sale a diario hasta allá. Enseña música lunes y martes a los niños de la escuela Juan de la Cruz Varela. Regresa el miércoles. A veces trae quesos y miel para los suyos. Y no se cansa, y no se queja de tanto trasegar.

¿Por qué lo hace?

–Por una promesa –dice.

Pero, para llorarse, el alma humana toma más tiempo. Así que hablemos de su infancia. A fin de cuentas, pasaremos juntas el día para intentar entender qué cambió en La Unión la llegada de 40 instrumentos que trajo la Alcaldía bajo un programa que se llama ‘Proyecto Educativo Orquesta Filarmónica de Bogotá’ y que, de alguna manera, emuló lo que se hizo en Venezuela con el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles, el cual logró que miles de niños de las zonas más pobres tuvieran acceso a clases gratuitas de música.

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Quien lo armó fue el exalcalde Gustavo Petro (2012-2015) y quien lo continuó fue su sucesor Enrique Peñalosa. La perseverancia logra resultados: el Distrito es hoy día el mayor empleador de músicos: un total de 700, de los cuales la mitad son como Ruby; artistas formadores que han instruido 20.000 niños en 32 colegios.

¿De qué tanto sirve pagar impuestos –mantener este programa al año cuesta 14.000 millones de pesos–, desplazarse tanto, enseñar?

Llegar a La Unión toma cinco horas. Parece un pueblo de cuento infantil: abutilones rojos –y colibríes a toda hora–, el crepitar meditabundo del río San Juan y, en una esquina, sin pompa y anuncio, una biblioteca pública con sillas cómodas, café humeante. “¿El libro que más se alquila? La Constitución Política de Colombia. ¿Cuántos tenemos rentados? 1.200, entre 108 habitantes. ¡Aquí se lee mucho!”, explicaría Nirza Díaz, la bibliotecaria. Los niños ordeñan, cultivan la tierra, ayudan a sus padres, juegan fútbol, montan bicicleta. ¿Para qué un instrumento si aquí todo es dorado y dichoso?

–Para lo mismo que me sirvió a mí. Para ser –dice Ruby.

Nació en La Mesa, Cundinamarca, hace 43 años. Padre contador, madre tesorera. Iba a un colegio público. Y había un maestro de música.

–¿Quiénes quieren estar en la banda? –pregunto.

–Me metí porque mis amigos estaban ahí –explica ella.

La determinó. Ruby hizo parte de la banda municipal de La Mesa. “Llevábamos música por todo Colombia. Y éramos felices”, recuerda. Durante unas ferias en Úmbita, Boyacá, el alcalde le preguntó: “¿Me dirige la banda?”. Dirigió esa y la de Mesitas del Colegio y muchas más, entre ellas las del colegio Pío XIII, donde aprendió un secreto para lidiar con almas sin oportunidades: “La palabra al oído”.

Fue entonces cuando pasó lo que pasó.

–¿Qué pasó?

El 22 de noviembre de 2001, Ruby iba a un seminario de bandas de Medellín. De la montaña salieron unos guerrilleros. Fue una de las secuestradas en las llamadas pescas milagrosas de la época. El 31 de noviembre la cuidaban unos adolescentes de 13 años. “¿Cómo es posible que la infancia colombiana esté en estas?”, se dijo. Y entonces prometió que, si salía de tan absurda situación, se dedicaría a hacer algo por los niños que estudiaban en colegios públicos. “Soy lo que soy por mi maestro de la escuela”, advierte.

Por eso está aquí. “Siempre venían con programas que no tenían continuidad. Pero ella no ha dejado de venir una semana y los resultados se ven”, cuentan los vecinos. ¿Qué se ve? Lo intangible. “Antes de la llegada de la banda, los muchachos estaban muy cómodos. ¡El campo nos da todo! Pero, como han hecho en varias partes de Colombia, van viendo futuro. Ahora quieren estudiar carreras como zootecnia y volver a aplicar conocimiento al Sumapaz”, diría la bibliotecaria. O, para ponerlos en términos directos. “Antes quería ser miliciano. Ahora quiero ser músico”, le dijo un joven a Ruby un día. ¿Entonces por qué llora?, le pregunto. “Porque me da rabia que a los bogotanos no les duelan los demás”.

*Periodista. Autora del libro ‘Mujeres que dicen verdades‘. 

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