crónica

Así son las expediciones para grabar los sonidos de la biodiversidad colombiana

Por: Orlando Acevedo-Charry*

La Colección de Sonidos Ambientales del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt cuenta con 22.127 archivos digitales. Su curador nos invita a través de este texto a una de sus expediciones para grabar el paisaje sonoro de Colombia.


Me despierta la alarma del celular. Son las 4:30 de la mañana y todavía está oscuro en el cuarto que amablemente prepararon mis anfitriones. Hace dos días llegué a San Agustín, en las estribaciones norteñas del Macizo Colombiano, después de un viaje de tres horas por carretera remontando la cuenca del río Magdalena. Ayer, finalmente, pude iniciar un pequeño taller de grabación de sonidos con los jóvenes de Quinchana que aspiran recibir turistas para revelarles la biodiversidad que rodea el nacimiento del río más importante de Colombia, aún cristalino y cobijado a esta altura por bosques a ambos lados.

Durante la subida a la cabaña en la que me hospedo emanan del bosque andino señales acústicas de varios animales; algunos los conozco bien, a otros me toca seguirlos entre la maraña para intentar descifrar su identidad. Me levanto con la torpeza que genera la ausencia de café en mi cuerpo, pero afortunadamente doña Edilma ya tenía prendido el fogón. Tres sorbos grandes me dan la fuerza que necesito para caminar hacia el bosque antes de que amanezca.

Esta mañana haré el recorrido junto con René, uno de los jóvenes del grupo Respira Macizo. Mientras caminamos juntos para adentrarnos en el bosque siento la presencia de muchos otros sonidistas que previamente han instalado sus micrófonos en distintos lugares para garantizar que se escuche la voz de la naturaleza. Gracias a ellos puedo contrastar mis dudas de cantos con repositorios de sonidos o con algunos audios que conservo en mi celular.

Debo llegar antes del amanecer al lugar donde tengo previsto grabar para registrar el ulular de un búho o de otra ave nocturna; algunas solo cantan antes de que salga el sol y luego permanecen calladas durante todo el día.

EN PRIMERA FILA

Me siento afortunado de haber llegado al sitio seleccionado, prendo la grabadora y me detengo a escuchar la sinfonía del coro de amanecer. Los sonidos empiezan a aparecer gradualmente, así que intento apuntar mi micrófono a las diferentes fuentes. En este punto hay que ser muy cuidadoso, los equipos deben manipularse con movimientos suaves para no afectar la percepción de las señales.

Llega la hora y nosotros en primera fila. El bosque se va llenando de los sonidos de esa sinfonía matutina a cargo de las aves. La adrenalina se apodera de mi cuerpo y me siento feliz y pleno, lleno de vida por ser junto con René el público de este magnífico concierto.

Es todo un ritual ponerme el equipo para caminar entre el bosque. Una grabadora en una mochila cruza mi dorso, de ella sale un primer cable hasta la parábola que parece un platón de ropa, estorboso pero potente para amplificar los sonidos que enfoco. Otro cable sale de la grabadora hasta mis audífonos, que me ayudan a monitorear los sonidos que registro. Así luce la ciencia fuera de los laboratorios. En otra mochila llevo mi libro guía de aves para contrastar identidades en campo, y colgando del cuello, obviamente, los binoculares. En la espalda cargo una maleta con algo de comer, agua, la cámara y otras cosas más.

Aunque mi principal objetivo son las aves, otros organismos también componen esta sinfonía de biodiversidad. Así que también cargo frascos plásticos y bolsas herméticas, en caso de que tenga que obtener especímenes físicos asociados a los sonidos que grabo de insectos o ranas.

No es fácil ubicar la fuente del sonido y captarlo, pero si lo logro aumenta nuestro entendimiento sobre el paisaje sonoro. Llegamos a un claro y René señala con su mano la copa de un árbol a unos 100 metros de distancia. “Allí es donde anida el águila, por eso a este sendero le llamamos Nido del águila”. El cañón sigue ambientado por muchas aves a lo lejos: perdices, gallinetas, quetzales, gallitos de roca, cucaracheros, tucanes, entre muchos otros. No dan espera que termine un corte para iniciar el otro. Una mirla nos deleita entre algunas lloviznas cantando desde el dosel del bosque. Para cuidar el equipo buscamos refugio en una cabaña no habitada. Allí nos alcanzan los otros muchachos del grupo.

Grabar todos los sonidos que sean posibles no es el único objetivo de esta expedición. La salida tiene también fines pedagógicos. A lo largo del día interactúo con René y el resto del grupo, aprendo de ellos y comparto lo que sé. Los sonidos y las aves me permiten entablar profundos lazos de amistad, en tan solo horas. Es importante fortalecer las herramientas de su propia experiencia para el servicio que prestan como intérpretes de la biodiversidad. Su labor, con apoyo, será cada vez mejor.

No me sorprende que, en medio de la burbuja de la cotidianidad de una ciudad, las personas busquen sonidos de relajación que los transporten a la naturaleza. Pero si afinan el sentido del oído, alcanzarán a percibir a los intérpretes de ese coro biodiverso en medio del cemento.

EL COLECCIONISTA

En julio de 2020, se registró en Risaralda una nueva especie de ave. Este pajarillo de color marrón rojizo recibió dos nombres. El común -Chamí- en homenaje a la comunidad indígena, y el científico -Grallaria alvarezi- en honor al ornitólogo Mauricio Álvarez Rebolledo: el pionero de la bioacústica en Colombia. Álvarez realizó el registro de aves para el inventario de la biodiversidad de Colombia del Instituto Humboldt. “El bosque no deja ver las aves, la única forma de saber qué pájaros viven allí es aprendiendo sus sonidos. Si no podíamos identificar alguno, grabábamos su canto y lo reproducíamos para que el animal se acercara”. Los registros obtenidos a lo largo de 14 años recorriendo el país nutren la Colección de Sonidos Ambientales del Humboldt.

*Curador de la colección de Sonidos Ambientales del Instituto Humboldt IAvH-CSA.

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