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| 3/27/2019 12:00:00 AM

Martín Cerro, un reparador de navíos que nació en un pueblo sin mar

Esta es la historia de un ingeniero mecánico sucreño que aprendió el “arte” de construir y arreglar embarcaciones de manera empírica. El progreso del sector astillero se debe a muchos trabajadores como él.

Historia de Martín Cerro, reparador de navíos en Colombia Martín Cerro, director de operaciones del astillero Astivik. Foto: Focus Studio

“Nací en Buenavista, un pueblo del centro de Sucre donde no hay río y mucho menos, mar”, dice Martín Carlos Cerro, un ingeniero mecánico de 61 años, que habla con un perfecto acento caribeño y quien ha participado en la reparación de más de 5.400 embarcaciones, en la construcción de 25 más –entre las que se cuentan remolcadores y barcazas– y trabaja desde hace tres décadas en la compañía Astivik, donde se desempeña como director de operaciones del astillero.

Él, un hombre costeño de tierra firme, le temía a las aguas del río cuando era niño. A sus 7 años navegó el Magdalena por primera vez y tuvo una experiencia ingrata: “Viajé de Magangué a Barrancabermeja en un remolcador. Me monté obligado y todo el camino estuve asustado y llorando”, recuerda. Ahora no le teme ni al oleaje más bravío. Ama la costa, adora bucear y nadar y eso fue lo primero que les enseñó a sus hijos. “Yo estaba destinado para el mar”.

Cuando su madre, Estilita Rodríguez, dio a luz en aquella población sucreña, estaba sola. El padre de Martín había muerto antes de su nacimiento. Ella no tenía dinero y tiempo después tuvo que migrar y dejar al chico –quien tenía 9 años– bajo el cuidado de sus familiares en Cartagena. Allí construyó su vida: estudió duro, se graduó como ingeniero mecánico en la Universidad Tecnológica de Bolívar y trabajó en una empresa que apoyaba el transporte terrestre de la mina de Cerro Matoso.

Fue también en la ciudad amurallada donde conoció a Óscar García, su gran amigo, compañero de tesis de grado y compadre. Él sería quien en 1988 le recomendaría trabajar para una empresa pesquera en la construcción de 20 embarcaciones en la Unión Industrial y Astilleros Barranquilla, una de las primeras empresas de este tipo en el país. Y aunque en ese momento Martín no sabía siquiera la diferencia entre la proa y la popa de una embarcación, deseaba con tanta fuerza trabajar, que obtuvo el empleo. “Mis conocimientos sobre el tema eran muy pobres. Pero el fin de semana, antes de mi entrevista laboral, me aprendí todas las partes del barco”.

Dos meses después lo despidieron. Le dijeron que el astillero, que estaba ubicado en Barranquilla, prefería contratar personal que viviera en la ciudad, no en Cartagena. Pero la fortuna estaba de su lado, su buen desempeño llamó la atención de un interventor naval que le ayudó a emplearse casi inmediatamente en la compañía Astivik, uno de los astilleros más importantes del Caribe, donde hoy trabaja, cobijado por la sombra de buques, ferris y barcos pesqueros.

Precisión quirúrgica

“Desde que me contrataron –recuerda Martín– me hice muy amigo de los trabajadores de patio. Casi todos aprendieron este arte aquí, de manera empírica. Y aunque en la universidad había estudiado materias como propulsión naval y de embarcaciones, fueron ellos quienes me enseñaron la reparación de embarcaciones”.

Durante estos más de 30 años de aprendizaje, este ingeniero mecánico ha visto pasar todo tipo de empleados, ha sido testigo del crecimiento y de los cambios tecnológicos de la industria. También ha participado en reparaciones exitosas y la consecuente alegría del cliente. Pero, como todos, ha cometido errores. Y ha presenciado desde leves accidentes hasta una explosión que dejó una víctima mortal en 2017.

Todo esto le ha enseñado que el mundo marítimo es distinto cada día y que requiere siempre de entereza, entrega y gran cuidado. Por eso se dedica casi que con fervor al astillero: coordina maniobras en la mañana, mientras conduce camino al trabajo. Está disponible hasta en la noche por si se presenta alguna eventualidad. Y lo más importante, calcula milimétricamente, casi con precisión de cirujano, el momento clave de toda reparación y construcción, que es cuando se pone la embarcación en el agua.

Para eso emplea una fórmula que realiza siempre que se inicia un levantamiento: “El peso de un barco –dice Martín– es igual al volumen que este desplaza en el agua”. Aunque quizás a la mayoría de los mortales esto les suene a chino, mandarín o a ruso avanzado, de esta forma identifica el peso exacto del barco vacío y determina si la plataforma o dique que se emplea para el proceso soportará la carga.

Toda esta dedicación se debe a que Martín es consciente de la importancia de su trabajo, no solo para la empresa, sino para la humanidad. “¿Te imaginas que el fondo del barco se rompa, que la línea de propulsión falle y lo deje a la deriva en alta mar? De nosotros dependen las vidas de muchas personas que navegan en los mares y en los ríos. Nosotros somos su seguridad en las aguas”, concluye.

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