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| 5/20/2019 12:00:00 AM

Un man con alas: el ojo detrás del nacimiento de la fotografía aérea en Colombia

Rudolf Schrimpff comparte su nombre con la empresa de fotografía comercial y aérea que fundó para poder hacer las dos cosas que más le gustaban en el mundo: volar y capturar imágenes con una cámara.

Historia del fotógrafo aéreo Rudolf Schrimpff La empresa Foto Rudolf sigue volando con Sebastián, su hijo, a la cabeza. Sus servicios en www.rudolf.com Foto: Foto Rudolf

‘R Schrimpff’ se lee en el mango de la navaja. Es una victoriknox sin la que su dueño, Rudolf, nunca salía de la casa. Tampoco olvidaba un maletín de cuero desgastado. Esos objetos estaban cuando un narcotraficante lo amenazó con una pistola para obligarlo a transportar drogas en Capurganá, Chocó. “Un piloto no le sirve de nada muerto”, respondió Rudolf y siguió su rumbo. También los llevaba puestos cuando dos helicópteros artillados le salieron al paso para perseguir su Cessna 180 durante una misión de búsqueda y rescate en el Amazonas. Ese día lo acompañó su segundo hijo, entonces con 10 años. “Hoy yo cargo con esa navaja y sigo volando con su maletín de vuelo”, confiesa Sebastián, el hijo.

Aunque su apellido despiste Rudolf Schrimpff era colombiano. También era fotógrafo y aviador. No piloto, como aclara Sebastián, porque “aviador es el que se aventura, que vuela como puede y, si lo coge la noche, se guía por las estrellas”. También se guiaba con brújula, así no la tuviera, como hizo cuando voló uno de dos Boeing P-18 que un amigo suyo vendería en Estados Unidos. Rudolf, quien tenía el único salvavidas, debía seguirlo y comunicarse con él por radio durante los más de ocho días que recorrieron el Caribe hasta llegar a Fort Lauderdale, en Estados Unidos. El pacto era: si el primero se caía, Rudolf pasaría y arrojaría el bote y “si yo caigo, miro a ver qué hago”.

Estos escenarios no eran extraños para Rudolf Schrimpff. Por ejemplo, como instructor de planeadores y aviones acostumbraba a exigirles a sus estudiantes la máxima capacidad de reacción. “Uno iba volando y de repente desconectaba los cables al avión o abría la puerta para ver cómo reaccionaba”, confiesa con los ojos encharcados Juan Carlos Lenz, presidente de la Patrulla Aérea Civil. Lenz volaba el avión remolque que sostenía el planeador de Rudolf el 30 de marzo de 2005. Justo antes de aterrizar en El Dorado Lenz perdió la comunicación con Rudolf y decidió regresar. Después de unos minutos reconoció la nave destruida en la tierra. Una falla estructural en la cola hizo que se estrellara antes de que Schrimpff pudiera saltar con su paracaídas.

Es de aquí, no de allá

“Mi papá era la combinación perfecta entre un alemán que ejecuta, con valores a blanco y negro –impecables–, y con una actitud ‘gocetas’ a lo colombiano”, explica Sebastián. Y añade que esas fueron las razones por las que su papá dedicó su vida a volar y a retratar Colombia. Rudolf fue pionero de la fotografía aérea y comercial, de la aviación deportiva y los planeadores en el país. “Bailaba con toda la energía del mundo y hasta las seis de la mañana, pero con ritmo de alemán, desastroso”, confiesa Sebastián mientras suelta una carcajada.

Rudolf Schrimpff viajó a Europa a hacer su bachillerato en Alemania, pero no lo terminó luego de enterarse de la muerte de su padre, a los 16 años. Regresó a Colombia y sus días consistían en ir a Corabastos, en Bogotá, desde las cuatro de la mañana a conseguir lo que hiciera falta para la finca Pomona de su madre. Todos los días. En esa época también atendía un negocio de venta de cámaras, desde las ocho de la mañana, en la carrera Séptima con calle 73.

En 1964, con 21 años, su mamá le regaló unos tiquetes para que recorriera Europa, de nuevo; ella no quería que su vida se fuera atendiendo un pequeño negocio. Allí duró un año, durante el cual aprendió de fotografía y a volar planeadores. En ese periodo nunca se afeitó la barba: “Lo vi y era un alemán flaco, alto y barbudo”, dice Marianne Cardale, recordando el momento que lo conoció en un barco de vuelta hacia Colombia desde Europa: más parecía un náufrago que no dominaba ni el alemán ni el inglés.

A pesar del baile, o quizá gracias a este, Rudolf cultivó una sana relación con Marianne, reconocida antropóloga y arqueóloga inglesa. Comenzaron a verse entre las largas expediciones de ella y los vuelos de él hasta que, por 1967, el aviador se atrevió: “Me gustaría casarme contigo”, recuerda Cardale que le dijo emocionado: “pero todavía no”, complementó. Se casaron dos años después, en Inglaterra.

El bucle

Sebastián regresó a Colombia en 2005 tras la muerte de Rudolf –tal como lo había hecho él con la muerte de su padre–. Se había ido a Inglaterra para estudiar física y química y, pronto, estableció su vida allá. Abandonó su trabajo como banquero para tomar las riendas de Foto Rudolf, la empresa de fotografía comercial y aérea que su padre había creado hacia finales de los sesenta.

A los 16 años Sebastián ya volaba planeadores porque su vida había estado en el aire desde antes de caminar. “Creo que mis primeros pasos los dí en el Aeroclub y tomé el volante de un avión cuando aún no tenía el concepto de memoria”, bromea, pero es en serio.

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“Rudolf era estricto con sus hijos”, asegura Marianne Cardale y lo confirma Lenz, “Él era duro con ellos. Tanto que muchas veces sentía que conmigo era más laxo”, afirma. Así, pues, aunque Sebastián se muriera de ganas por volar todos los fines de semana su papá le soltaba el avión un poco, lo necesario para dejarlo con ganas de volar más.

Si algo le faltó a Rudolf fue dedicarle más tiempo a una tercera pasión: la carpintería. También le gustaba ir a cine, almorzar con sus amigos, escuchar jazz y comer queso suizo. Aunque, la verdad, lo que “a él más le importaba era tomar la foto espectacular, dar una buena instrucción o darse al vuelo y aventurar”, aclara Sebastián.

Buscando hacer esto Rudolf solía explotar al encontrarse con la burocracia que lo ponía “entre capa y espada”, como decía con su carácter despreocupado. “Se moría cuando la Aerocivil le decía que no podía hacer algo”, confirma Lenz. Y como hablaba duro y decía lo que pensaba sin rodeos, podía intimidar a la gente. Pero era de risa fácil, incluso con quienes había discutido diez minutos antes. “A mi papá le importaba cinco el qué dirán. Él tenía claro quién era”, apunta Sebastián.

Por eso su barba larga y los sacos que no combinaban con el resto de su ropa. Por eso hablar fuerte y claro. Por eso el maletín de cuero gastado con un millón de pesos en efectivo para emergencias. Por eso contagiar a todos con su ímpetu; fuerza de voluntad que educó a cientos de pilotos en Colombia, incluídos Marianne, Sebastián y Lenz. Por eso la generosidad, la curiosidad y la inquietud desbordadas. Por eso conocer cada hendidura de geografía nacional, que perdura en su amor por Colombia. Por eso, también, darlo todo por volar y fotografiar… Eso lo heredó Sebastián, “yo hago esto porque me encanta, no porque quiera ser rico”. Así que cuatro palabras pueden resumir quién era: un man con alas.

*Periodista Especiales Regionales de Revista Semana

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